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El único jurado que disiente del veredicto de culpabilidad que puede llevar a un hombre a la muerte trata de convencer a los otros doce de que el caso no es tan obvio como podría parecer
12 trozos de papel. 12 oportunidades de matar
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Doce hombres sin piedad
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| Título original | | 12 angry men |
| Nacionalidad | | Estadounidense |
| Año | | 1957 |
| Género | | Drama |
| Formato | | Blanco_y_Negro |
| Director | | Sydney Lumet |
| Guión | | Reginald Rose |
| Fotografía | | Boris Kaufman |
| Música | | Kenyon Hopkins |
| Reparto | | Henry Fonda (nº8), Lee J. Cobb (nº3), Ed Begley (nº10), Jac Warden (nº7), E.G. Marshall (nº1), Martin Balsam (nº1), Johm Fiedler (nº2), Jack Klugman (nº5), Ed Binns (nº6), Joseph Sweeny (nº9), George Voskovec (nº11), Robert Webber (nº 12) |
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| Sinopsis | Un jurado compuesto por doce hombres trata de determinar si un joven asesinó a su padre y merece la muerte como castigo, durante varias tensas horas del día más caluroso del año. Cada cual se enfrenta durante esas pocas horas a lo mejor y lo peor de la condición humana y de su propia persona.
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| Crítica |  Puntuación del crítico: 10 | No hay disparos; ni una música altisonante; ni mujeres desnudas (ni siquiera vestidas); tampoco persecuciones, efectos especiales por ordenador ni un reparto lleno de estrellas. Sólo una habitación en gloriosos tonos de gris con once buenos actores y un pedazo de historia de Hollywood llamado Henry Fonda. La historia se desarrolla dentro de un sólo escenario, pero el manejo de la cámara que hace Sydney Lumet es tan ágil que parece como si cambiara para reflejar el paso del tiempo, casi ajustado al tiempo real. Los personajes, con todo, son lo mejor con diferencia. En ningún momento hasta el final llegamos a saber sus nombres, sólo los números que les han sido asignados, pero la caracterización que cada actor realiza de su personaje es magistral, profunda y llena de matices, de tal forma que enseguida comprendemos que cada uno representa una forma diferente de ver la vida que abarca todos los aspectos de aquella época, y muchos de los de ésta. Tenemos al WASP, white anglo-saxon people, ejemplo de buen ciudadano y pilar de la comunidad que encarna Lee J. Cobb, que bajo su superficie esconde al hombre medio, lleno de prejuicios e ideas preconcebidas que no puede soportar contemplar su propia identidad. Después está el hombre abierto, tolerante y al que muchos tachan de "liberal" en tono despectivo, el intachable Henry Fonda, que trata por todos los medios racionales de hacer comprender a los restantes miembros del jurado que las cosas no son lo que parecen ser. El hombre salido del arrabal, que debe enfrentar los prejuicios de los demás. El ejemplo de hombre culto e ilustrado cuya aparente superioridad moral e intelectual se derrumba ante su propia complacencia. El tímido pero cabal hijo de mamá. El viejo que demuestra más sentido común que cualquier otro hombre de la sala. El aficionado a los deportes que sólo quiere acabar el trámite cuanto antes para ver a su equipo... Y así una galería tan compacta y bien retratada que los diálogos magistralmente concebidos por Reginald Rose no parecer ser recitados, sino responder a una realidad personal interna de cada actor. Una obra maestra que habla de los prejuicios del hombre y de su incansable afán por encontrar la verdad a través de la razón frente al instinto. Un ensayo teatral sobre la condición humana, con sus luces y sus sombras. Una crónica de la vida y la justicia humana, llena de grises.
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Ficha de Película enviada por daperdepa el 1 de Abril de 2004 |
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