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¡Ah bien! Veo que al final ha venido a escuchar mi historia. Hacía tiempo
que quería relatársela entera, pero no ha sido hasta hace poco, que la
verdad sobre mi pasado ha florecido. Después de todo, mis Antiguos tendrían
alguna buena razón para ocultar ese fatídico episodio de mi vida. Creo que
pensaban que volvería a caer en la desesperación al recordarlo. Puede que
tuvieran razón, pero trastear en mi mente es una opción que debería haber
escogido yo y no ellos. Después de todo, según parece, antes me aterraba
quedarme solo, pues en mi mente rondaba el suicidio, y sin nadie a mi
alrededor, lo cometería. Pero ahora, las visiones de antaño, me reconfortan…
y desasosiegan por igual. Las pistas están reunidas, y la trágica muñeca, en
mi poder. Mas no nos adelantemos a lo sucedido. Después de todo, una buena
historia debe relatar una vida, y esa vida debe tener un principio.
He aquí ese inicio…
Ser el segundo hijo de una familia burguesa altamente acomodada de la
Inglaterra de la Revolución Industrial ayudó a que llegase a dónde he
llegado. Como mi familia poseía vastas fábricas de producción en serie, los
problemas económicos eran inexistentes. Viví en la mansión familiar, hasta
que ingresé en la Universidad. Como era el segundo hijo, no fui criado para
llevar el negocio, tal y cómo lo hacían con Roderick, mi hermano mayor por
cinco años. Es por ello que recibí una educación por parte de institutrices
y profesores privados centrada en el saber milenario, y en las nuevas
ciencias, que en la economía y el resto de enseñanzas útiles para conservar
y expandir la industria familiar.
Quizá fuera genético y mis padres ya fueran excepcionales, pero gracias a un
alto cociente de inteligencia desde temprana edad, y a una curiosidad innata
por mi parte, es bien cierto que a la temprana edad de dieciséis años ya
había empezado a cursar en la universidad. El saber me atraía cómo una
polilla la luz… pero necesitaba más.
Pronto empecé a investigar de noche la biblioteca de la universidad. Lo
primero que encontré más que interesante, fueron los libros de lógica
deductiva, a la par que los de filosofía oriental. Aun con pocas amistades,
solía tener un grupo de amigos que nos reuníamos en secreto en la biblioteca
o en el gimnasio, ya fuera para saquear un poco el saber allí encerrado, o
ejercitarnos, tanto en destreza manual con las armas afiladas de aquel
entonces, o practicando en un descampado como un campo de tiro improvisado.
Todavía recuerdo aquellas noches con “Los señores de las letras”. Habíamos
desarrollado un código entre nosotros, para poder cartearnos de forma
segura, cuando estuviéramos de viaje, o nos separemos al finalizar la
estancia en la universidad.
Pero el verdadero secreto que fue desvelado por nuestra pequeña cofradía
sería el desencadenante del cambio rotundo de mi vida.
Tras que la biblioteca se adjudicase toda la colección privada de un viejo
barón de la Inglaterra profunda, nos introdujimos en el interior del
edificio de la universidad para ser los primeros en observar y admirar
aquellos antiguos escritos, algunos de los cuales se remontaban a 1600.
Lo que descubrimos aquella noche, con algo de whisky en la sangre, sería un
hito para nosotros. Entre pilas de papel viejo y desgastado, kilos de basura
que debería arder, una gran decepción nos apoderó. Ni un solo primera
edición, ni un inédito, ni un triste facsímil.
Si no hubiera sido porque decidimos abrir un libro de cuentas para ver la
cuestión financiera del cadáver, idea que se le ocurrió a Patrick, abríamos
perdido toda la noche. Porque lo que se escondía tras la carátula de cuero
desgastada, no eran precisamente números, sino un auténtico grimorio de
magia negra.
Vale, nosotros éramos demasiado escépticos para creer que fuera de verdad,
además de que con el tiempo, he comprobado que un grimorio no habría estado
traducido a inglés tradicional, ni haber expuesto los detalles con tanta
facilidad. Pero aunque el libro que encontráramos no fuera más que una
falacia, fue el detonante de nuestro cambio de actitud. Jóvenes inconformes
con su tiempo, con mucho tiempo y buenos contactos. Fue entonces cuándo
decidimos convertir nuestra cofradía en algo verdaderamente místico. Bajo
ese libro juramos no desvelar los secretos que descubriéramos en vida, y
pasamos a llamarnos “Buscadores Arcanos”. Aunque tardamos bastante tiempo en
encontrar material de calidad, nuestra ansia de aprender era enorme, y los
consumíamos tan rápido cómo llegaban a nosotros.
Pero quizá jugar con el ocultismo no fuera tan buena idea. En el último año
de estudios, nos habíamos gastado más tiempo y dinero en lo esotérico que en
cualquier otro año, en estudios formales. Aunque el grupo de cinco inicial
había perdido un integrante, por el fallecimiento de Patrick en un accidente
del que nunca se encontró el cadáver, no podíamos estar más impresionados
por nuestro descubrimiento.
En el refugio de la universidad, un ático roñoso y quejumbroso por el
tiempo, nos llegó una misiva, cerrada con un sello extraño, con la forma de
un símbolo parecido al de la virilidad y un cuadro en su interior.
Intrigados, usamos el cortaplumas para abrir la carta, y la leímos
atentamente.
Estaba escrita con una tinta negra, de trazo fino e inclinado, con gran
pomposidad. A grandes rasgos, nos comunicaba que un grupo ocultista,
autodenominado “Cazadores de Recuerdos”, nos invitaba formalmente a todos
nosotros, ya que había un listado de todos, a una pequeña reunión que se
celebraría en la próxima noche, a apenas 10 km de la universidad. Según el
escrito, se habían fijado en nosotros, por nuestros movimientos en el arcano
arte por el cual nos movíamos. No obstante, era fácil suponer que nos
querían por nuestro dinero y posible influencia. Pero lo más asombroso, era
que la rúbrica del firmante, aparecía la firma de Patrick.
Era imposible, pero su firma era exacta a la que recordábamos. Sin duda,
algo escabroso se había formado en nuestras mentes, pero nuestra ansiosa
curiosidad, la que nos matará en su día, nos llevó a tomarnos el día
siguiente libre de clases, y tomar un carruaje alquilado para llegar a
aquella mansión.
Llegamos pasadas las 10 a aquel lugar. El edificio, estaba situado en lo
alto de una colina pelada, sin nada de árboles. Seguimos el camino de tierra
para llegar a una verja de metal negro enrevesado y oxidado. Estaba abierta,
así que hicimos caso omiso de nuestro sentido común de alejarnos de allí lo
más rápido que pudiéramos, entramos. El camino estaba adoquinado y conducía
directamente a media docena de escalones marmóreos, rematados por una tosca
puerta de algo parecido a ébano. La mansión había sido de un color salmón en
su tiempo, pero ahora estaba cruzado de manchas de corrosión, de humedad, y
desconchabada. Las ventanas estaban cerradas con maderos y clavos, y el
ambiente era más que lóbrego. Titubeamos, pero algo teníamos que hacer. No
podíamos perder la oportunidad de pertenecer a algo grande. Así que Rusell
golpeó la puerta con el picaporte en forma de boca de león, que aunque fuera
de bronce, ya había perdido todo su lustre. Empezamos a angustiarnos porque
el lugar parecía abandonado. Pero tras girarnos, oímos perfectamente el
crujido de los goznes, quejándose al girar sobre sí mismos. Con los pelos de
la nuca erizados, dimos la vuelta sobre nuestros talones.
Si alguien dijera que no se sorprendió por lo que vio, mentiría. Delante de
nosotros, teníamos un joven hombre, bien vestido, aunque tremendamente
ojeroso y pálido. Además, olía a algo que en su momento no pude identificar.
Pero lo más asombroso, era que su rostro era una copia exacta de nuestro
amigo Patrick. Sin embargo, nuestra sospecha de que hubiese regresado al más
allá para vengarse de nosotros se desvaneció tan rápidamente, cuándo nos
echamos todos a saludarle y preguntarle qué es lo que había pasado
exactamente.
Sin embargo, aunque Patrick contestó a todos y cada uno de nuestros saludos,
evadió tajantemente el resto de preguntas. Lo que era aún más preocupante,
era el hecho de que tardó varios momentos en darse cuenta de quiénes éramos
realmente, y más aún extraño, después de fijarse en nosotros, no sonrió ni
realizó ningún gesto de amistad. Sólo se quedó allí de pie, hasta que se le
ocurrió hacernos pasar, con la frase de, mi maestro les está esperando.
Realmente escalofriante.
La mansión se abría paso a través de nosotros, en vez de cruzarla nuestro
cuerpo. Tal era la vastedad, la oscuridad, y la sensación de olvido y
desengaño del escenario, que a duras penas podíamos seguir a Patrick, que
caminaba estoicamente, sólo acompañado de un candelabro de hierro para
romper la negrura de la que hacía gala el pasillo. Decenas de cuadros
adornaban una pared por la que asomaban tiras de madera, en otras partes,
papel de flores pintado, y en otras, moho verdoso que desprendía un olor a
metano. Se estaba comiendo la pared, literalmente. Los cuadros colgados,
hacía tiempo que habían sido retirados, y se notaba el cerco de humedad
dónde antes debieron de estar colgados. Las puertas por las que pasábamos
estaban cerradas a cal y canto, ya fueran con tablas de madera cruzadas, o
hubiesen tapiado el hueco con ladrillos. Al parecer, la casa sí que estaba
deshabitada. Tras caminar largo rato, que se nos antojó excesivo, llegamos
ante una doble puerta de aspecto nuevo. Patrick se paró, apoyó el candelabro
en el suelo, y sacó una pequeña llave desgastada por el uso. Fue la primera
vez que sonrió desde que habíamos entrado y la segunda vez que hablara, sólo
para decirnos, ya hemos llegado.
Quizá con demasiado melodramatismo, abrió de golpe las dos puertas,
empujándolas hacia el fondo. Golpearon la pared estrepitosamente. Aquella
casa no terminaba de asombrarnos. Nos encontrábamos en lo que parecía un
salón de baile, debido a su tamaño, pero que había sido reconvertido en una
biblioteca improvisada, con montones de libros, estanterías hasta el techo,
con escaleras para llegar a los volúmenes de más arriba. Aunque la luz
seguía siendo deficiente, había 4 mesas pequeña con luz situadas al lado de
lo que parecían cómodos sillones de lectura.
La chimenea seguía resaltando todo el conjunto, pues estaba encendida y
caldeaba el ambiente, que de otro modo hubiera sido excesivamente frío y
húmedo. Avanzamos un par de metros, hasta descubrir lo que en principio nos
pareció una sombra producida por la chimenea, era realmente un hombre alto,
de pelo canoso y capa hasta los pies de color púrpura, mirándonos fijamente,
con ojos que se asemejaban a los de un gato. No tenía un atisbo de sonrisa.
En ese preciso momento, oímos cerrarse la puerta tras nosotros. Aquel hombre
abrió la boca, sólo para ofrecernos un sillón, mientras hablaba siseante con
Patrick para que trajera vino. Él bajó la cabeza sumiso, y se perdió por un
hueco lateral. Una vez nos pusimos cómodos y hubiéramos bebido un vaso de
vino, empezaron las presentaciones. Aquel hombre, por calificarlo lo más
humanamente posible, se hacía llamar Gilles. Y en efecto, pertenecía a la
cofradía “Cazadores de Recuerdos”, fundada a principios del siglo XVII para
buscar conocimientos perdidos de la antigüedad. Había conocido de nuestra
existencia, por tener varios distribuidores en común, y cómo la cofradía
andaba escasa de miembros, habían decidido venir a entrevistarnos, y
hacernos las pruebas pertinentes de acceso. Solamente deberíamos pasar el
resto de la noche buscando la salida del lugar, según unas pistas de lógica
espaciotemporal repartidas por la laberíntica casa. Pero antes de nada,
explicó que nuestro amigo Patrick realmente sí había sufrido un accidente, y
que para salvarle la vida, tuvieron que usar una novedosa técnica psíquica
para restaurar ciertas conexiones mentales. Lamentablemente, se perdió
información en el proceso, dejándole aletargado y sin motivación. Intentó
convencernos, en mayor o menor grado, sobre lo acertado de sus palabras.
Después de todo, no teníamos pruebas para desmentirlo, y según lo oído, su
sociedad estaba basada en antiguas técnicas mentales, tales cómo vaciados de
memoria, regresiones mentales, e incluso la tan de moda hipnosis.
Tras esa pequeña charla, Gilles se acercó a Patrick y lo miró de forma
mordaz. Ambos asintieron y sacaron de sus respectivos bolsillos algo
asemejado a un trozo de metal. Parecía que estuvieran mirando la hora.
Fueron hasta una pared de libros, y se colocaron detrás de la estantería.
Tres minutos más tarde, no habían salido. Curiosos, nos acercamos, y para
nuestra sorpresa, detrás de la estantería no había nada, salvo una nota que
rezaba: “Ya ha empezado”.
Los cuatro amigos nos miramos encogiéndonos de hombros. Quedaba mucha noche
por delante, y no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Antes, por estar
lejos de la chimenea, habíamos pasado por alto una pequeña portezuela pegada
a ésta, pero como ahora estábamos justo al lado, se nos hizo obvio por dónde
deberíamos ir. La abrimos, y cruzamos el umbral.
Tras recorrer un pasillo oscuro de menos de dos metros, llegamos a una
habitación bastante grande, de forma dodecagonal. Parecía que había un
espejo en cada lado de la habitación. Y en medio de la sala, una mesa con
doce palancas, orientadas a cada espejo. Nos acercamos, y tras atravesar una
invisible línea, la luz iluminó los espejos, y vimos reflejados a un maniquí
vestido cómo un soldado de las tropas de Napoleón, con su rifle
apuntándonos. Una nota en la mesa, escrita a mano, solamente ponía, “los
reflejos del verdadero asesino”. El reloj de arena se quedaba lentamente sin
granos. Intrigados por el asunto, caímos en la cuenta del viejo acertijo. La
casa de las apariencias reflejadas. Sólo había que encontrar al soldado
original, el que fuera distinto de todos los demás, y apretar su palanca
correspondiente. El problema, sólo teníamos menos de un minuto de tiempo
para revisarlos todos. Quizá cuatro mentes trabajen mejor y más rápido que
una, y que por eso nos dimos cuenta que la pluma del casco siempre apuntaba
hacia la derecha… excepto la del soldado número 7, que estaba hacia la
izquierda. Miradas de suspicacia. Todos pusimos la mano en la palanca 7, y
la giramos hacia nosotros. Cerré los ojos, temiendo habernos equivocado y
esperar el disparo fatal.
Abrí los ojos, y vi la cara de sorpresa de mis compañeros. La estatua 7
había desaparecido, y ahora en vez de ella, había un pasillo. Nos adentramos
en un corredor oscuro, muy similar al primero, que volvía a desembocar en
otro pasillo de piedra. Parecía una catacumba. Las paredes, el techo y el
suelo eran de sólidos bloques de piedra. Y ya tan habitual, una nota
encriptada con la oración “no te fíes de los animales que te indican el
camino”. Empecé a pensar que esta prueba tendría animales desagradables,
pero esperaba equivocarme. Si se trataba de un laberinto, solamente había
que recorrerlo pegado a la pared de la derecha, y al final se encontraría la
solución. Pero el factor muerte entraba dentro de la ecuación y no podíamos
arriesgarnos a saltarnos el truco del acertijo. Decidimos investigar más a
fondo el lugar. Los bloques de piedra, no eran homogéneos, como pensábamos,
sino que estaban atravesados por líneas negras, como flechas. La mayoría de
ellas señalaban hacia la bifurcación de la izquierda. Algunas menos, hacia
dónde estábamos nosotros. Incomprensiblemente, había una flecha en forma de
espiral, que no apuntaba a ningún sitio. Cómo ya desde el principio había
dos corredores, y el de la derecha no estaba señalado de ninguna forma,
decidimos ir por ahí. El truco del laberinto era sencillo. O eso pensábamos.
Seguimos caminando por el trazado predispuesto, dando giros de 90º cada
pocos metros, siempre hacia la izquierda. Pronto, el corredor se fue
haciendo más y más estrecho, hasta que apenas cabía una persona de lado.
Tras girar el último recodo, nos encontramos con una pared sólida de granito
con una flecha que incomprensiblemente, miraba hacia la pared. Las pruebas
empezaban a ser demasiado retorcidas para encontrarle algún sentido lógico,
así que apelamos a la nota preliminar, y no haciendo caso a la señal, dimos
la vuelta, girando hacia la derecha. El clic fue imperceptible para los
oídos. Cuando giramos la última esquina que nos llevaba al inicio del
laberinto, algo nos llamó la atención. Pues ya no había túnel de entrada ni
cualquier otra entrada visible a simple vista.
Charles, angustiado en parte a su inicio de claustrofobia y el temor que
desprendía aquella casa, volvió sobre sus pasos hacia la espiral. Intentamos
apaciguarle, pero él sólo corría más y más rápido. Un ruido seco llegó a
nuestros oídos, y supimos que a Charles no le había pasado nada bueno. Pero
no podíamos ir a buscarlo. Seguiríamos.
Empezamos a inspeccionar la sala, y si el suelo del inicio tenía flechas,
aquí las paredes, el techo y el suelo estaban llenas de ellas. Sin orden ni
concierto, unas flechas señalaban al norte, otras al suroeste, hacia la
pared del sur, hacia arriba. Incluso, en las paredes y techo, las había en
forma de cruces y espirales. Cada piedra parecía distinta de las demás.
Creaba un efecto óptico mareante, pues tantas direcciones distintas
distraían los ojos. Sin embargo, habíamos estudiado diversos acertijos,
juegos y trampas cómo para pensar que esto era casual. Todo debía tener una
relación. Nos sentamos en el suelo, a pensar. Me eché tendido, puesto a
reposar mi mente. Cerré los ojos, y sólo veía oscuridad. Y al volver a
abrirlos, vi el techo blanquecino, como en un tablero de ajedrez.
¡Cómo un tablero de ajedrez! Ahí estaba la respuesta. Me levanté para
confirmar mis sospechas. Tras contar el número de baldosas de un lado y
otro, las multipliqué para saber cuántas había en total. Sesenta y cuatro,
como el tablero de ajedrez. Además, las baldosas seguían el orden lógico de
blanquecino-negruzco, asemejándose todavía más a un tablero. Muy
posiblemente las flechas de la pared y el techo no tuvieran nada que ver con
la resolución, y estuviesen simplemente para ocultar el secreto. Quizá fuese
algún tipo de jugada, representada por flechas. Pero, ¿por dónde empezar?
Cada baldosa podría ser tan buena como cualquier otra… si no hubiera sido
porque Wesley dio un grito de alegría al descubrir la figura de un caballo y
una flecha en una baldosa blanca de un extremo de la sala. El joven, se
creía un verdadero francmasón en cuestión de numenorología y ajedrez, aunque
por lo menos conocía el llamado “pase del caballo”. Entre balbuceos ignotos
y risas, nos contó que consistía en coger el caballo, y mediante sus
movimientos entre casillas, llegar a otro extremo, pasando por todas las
casillas una sola vez. Encerraba poderosos secretos, ya que se trataba de
una fórmula alquímica, que aunque no única, solamente habían descubierto un
puñado de personas.
Bueno, teníamos un razonamiento lógico ante un problema, un punto de inicio
y unas directrices. Ahora deberíamos llevarlo a cabo correctamente. Nos
colocamos en la piedra de inicio, y vimos consternados cómo la flecha
señalaba hacia la pared. No podíamos iniciar el movimiento de caballo hacia
allí. Pero como estaba escrito en la nota, no debíamos hacer caso de las
señales. Así que decidimos hacerlo hacia el lado contrario.
Avanzamos las casillas hacia la derecha, y una hacia arriba, ya que era el
único movimiento permitido. Esta vez había dos flechas. Una hacia el sur, y
otra al suroeste de la baldosa. Ahí estaba la traducción de cómo realizar
correctamente el movimiento de caballo. El movimiento largo fue hacia el
norte, y el corto hacia el este. Nos animamos, tras ver que las siguientes
flechas parecían concordar correctamente. Seguimos caminando, retrocediendo
y avanzando. Nos pasamos más de media hora andando y desandando el camino
por las baldosas. La verdad que tantas flechas levantaban dolor de cabeza.
Pero al final, cuando realizamos el último movimiento, o eso supusimos,
vimos la más rara de las baldosas. Tenía flechas hacia los ocho puntos
cardinales.
Presentimos que éste era el final de la jugada. Pero nada pasó. Ni el
movimiento de una pared, ni nada.
Wesley, demasiado volátil, se enfureció y empezó a saltar encima de la
baldosa, gruñendo y maldiciendo. Fue entonces cuando oímos un clic, y la
baldosa bajó perceptiblemente ante la presión ejercida. Echamos el aire
contenido de los pulmones, al ver delante de nosotros cómo la pared se abría
por la mitad, para dejar paso a otra habitación.
Tras entrar Wesley, Tarod y yo en el habitáculo de no más de veinte metros
cuadrados, iluminado fuertemente por una docena de antorchas refulgentes, se
cerró la pared detrás de nosotros. Ya empezábamos a acostumbrarnos, así que
ni parpadeamos tras escuchar el rugido al cerrarse.
En medio justo del lugar, había un yunque de metal incrustado en el suelo.
Parecía que pesara una tonelada, y ya había perdido el brillo metálico por
años de continuo uso. En un rincón, había una pila de chatarra. Nos
acercamos para observarla con más detenimiento, y descubrimos que se trataba
de unas tres docenas de martillos más o menos nuevos, de distintos tamaños y
formas. Demasiado exasperados para pensar, nos acercamos hasta el yunque, y
cogimos la nota escrita a mano.
“Ocho campanas desafinadas de pereza, siete campanas discordantes de
codicia. Seis campanadas por la lujuria y cinco campanazos en honor a la
gula. Cuatro veces la cacofonía de la envidia y tres para la ira. Dos siseos
del orgullo, y una sola para salvarnos.”
El alma se nos cayó a los pies. ¿Qué tipo de prueba era ésta? Encima, el
tiempo apremiaba y no sabíamos cuántas nos quedaban. Ya habíamos perdido a
un compañero, y la desesperación empezó a acogernos. Lo mejor sería pensar
en la prueba para olvidarnos de la sombra de la duda de la desaparición de
Charles. Al sumar el número de campanas, sumaba treinta y seis. Contamos
los martillos, y eran treinta y seis. ¿Coincidencia? Lo dudo, gracias. Había
una conexión. Y si se supone que había que dar campanas, ¿qué mejor que
estrellar un martillo contra un yunque? Ése fue el primer razonamiento que
nos vino a todos a la mente. Debíamos encontrar el orden lógico a los
martillos y golpearlos siguiendo la nota encriptada.
Así que dividimos los martillos en grupos de cinco, y empezamos a
golpearlos, para intentar encontrar sonidos iguales. Algunos martillos
generaban sonidos muy agudos, otros profundos y graves, unos pocos ruidos
muy secos, y un único un sonido agradable. Sin duda, habíamos encontrado el
último martillo, el de la salvación.
Tras casi dos horas golpeando el yunque con aquellos martillos, y un dolor
de cabeza enorme, los teníamos divididos en los ocho grupos. Yo tenía mis
dudas acerca del penúltimo martillo, pues sonaba prácticamente igual que los
del tercer grupo. Sin embargo, dejé el orden de Tarod, pues había estudiado
muchos años música y debía saber lo que se hacía.
Impacientes por salir de aquel lóbrego recinto, empezamos a golpear el
yunque con los martillos. Ocho impactos por el pecado de la pereza. Siete
para la codicia, seis para la gula… Entonces sonó el martillo que tenía una
posible confusión, y al verlo con el conjunto, supimos que habíamos errado.
Intercambiamos el martillo que no sonaba como tal, y volvimos a empezar.
Ocho campanas para la pereza y siete a la codicia…
Nos quedaba un último martillo, el de la salvación. Lo cogimos entre los
tres y propinamos un buen golpe al yunque, que aguantó estoicamente. Reímos
y nos abrazamos en cuánto vimos cómo la pared del fondo se abría con un
crujido y dejaba entrever un pasillo. Nos pusimos rápidamente en camino,
ansiosos de salir de aquel laberinto estancado y respirar aire limpio.
Caminamos unos metros y nos abrimos paso a una especie de recibidor, dónde
se intuía la vetusta pared pintada de colores comidos por los hongos, restos
de sillas carcomidos y deshechas. Marcas de dónde antes hubiera habido
cuadros, y un desorden y suciedad general. El único mobiliario que destacaba
era una abertura de la pared, dónde debería haber ido una puerta, con un
pequeño letrero encima, con caracteres extraños e incomprensibles. Un espejo
aún más grande que aquel hueco estaba situado enfrente, contra una pared. En
el suelo, una flecha que señalaba hacia el espejo, y una nota clavada en la
pared con un puñal. No tuve tiempo de desclavar el puñal, cuando Wesley echó
a correr hacia lo que se intuía salida, gritando a pulmón tendido que era la
salida, puesto que estaba en sentido contrario al de la flecha. Intenté
advertirle de que era mejor leer la nota primero, pero él ya había cruzado
la negrura de la posible salida. Momentos más tarde, se oyeron gruñidos
guturales, y un desgarrador grito humano.
Tarod y yo nos miramos, y decidimos buscar otra salida. Cogí la nota, y la
abrí. Un escalofrío me recorrió la espalda. En medio de la hoja, solo había
una pequeña frase, escrita en algo que parecía sangre. “Vivir es aprender”.
Pero en aquel lugar solamente había un marco de puerta, una señal mirando
hacia el espejo, y una escritura incomprensible encima del marco. Fue al
mirar al espejo, y lo que reflejaba, cuando me di cuenta del sentido del
juego. En el primer acertijo, había espejos y reflejos. En el segundo,
flechas que no seguir, y la flecha reflejada en el espejo no miraba hacia el
espejo, sino al hueco, y en el tercero… no había conexión. Salvo que al
mirar los caracteres reflejados, vi una palabra escrita en latín, que
traducida, significaba literalmente salvación. Ahí estaba la conexión con la
tercera prueba. Cogí una silla descompuesta por el tiempo y golpeé el
espejo. No pasó nada. Lo volví a intentar. El espejo ni se inmutó. Entonces
Tarod desapareció de mi vista, y apareció con el martillo que hacía el
sonido de la salvación, y golpeó violentamente el espejo. Éste partió en
miles de trozos, revelando un pasillo iluminado. Tarod dejó caer el pesado
martillo y corrimos por los corredores, como si cuánto más rápido fuéramos,
antes pudiéramos olvidar todo esto.
Pero nuestro asombro no acabaría aquí. Pues al llegar a la luz del final del
túnel, cómo si estuviéramos muertos y fuéramos al cielo, entramos de lleno,
jadeando en la biblioteca dónde nos encontramos con Gilles y Patrick. Allí
estaban sentados esa extraña pareja, pero también se encontraba Charles y
Wesley, bastante calmados.
Gilles se levantó para saludarnos. Parecía bastante contento por la
resolución. Empezó a hablar y contarnos, que para ser un grupo de cuatro,
que dos hubieran llegado al final colmaba todas sus expectativas, ya que
todavía quedaban un par de horas para que amaneciese. Tanto Tarod como yo
habíamos pasado la prueba de iniciación, por lo que podíamos considerarnos
acólitos principiantes de los Cazadores de Recuerdos.
Después de invitarnos a sentarnos, siguió hablando al grupo en general, pero
con un tono de desaprobación. Dijo que tanto Charles como Wesley habían
fallado y que por ello no podrían ingresar. Debería borrarles el encuentro
de esta noche para silenciar sus labios ante oídos curiosos. Era una pena,
continuó, porque el grupo parecía una unidad sólida, pero apeló a la frase
de que toda cadena es tan resistente como su eslabón más débil, y que por
ello debía eliminar a los débiles. Sus palabras sonaban demasiado duras,
pero mis dos amigos ni se inmutaron. Parecían auténticos autómatas. Seguían
moviéndose, pero no respondían ante ningún sentimiento.
Gilles se despidió de Tarod y de mí, alegando que tenía que reconduccionar a
mis dos amigos. Yo me despedí muy intranquilo, y Tarod se durmió de camino a
nuestro hogar en el carruaje que Gilles había contratado para nosotros.
Esa noche fue la última que vi a Charles, Wesley y Patrick en mucho tiempo.
A la mañana del día siguiente, tras dormir casi un día entero, ya
completamente recuperado, me encontré con una nota en la puerta de mi
habitación de la residencia universitaria. Era una carta de Tarod, en la que
me comunicaba que ayer habían encontrado nuestro refugio particular y había
sufrido un incendio. Aunque la universidad había descubierto las andanzas
particulares de un grupo de estudiantes, no habíamos sido acusados de nada,
ya que no sospechaban de nosotros. Sin embargo, incomprensiblemente, las
familias de Charles Wirewood y Wesley Knight habían marchado a sus
respectivos pueblos de nacimiento, debido a unos problemas en los negocios
familiares.
Alguien quería borrar nuestro pasado en común, y lo estaba consiguiendo.
Tras dos semanas de los sucesos en el antiguo caserón, tanto Tarod como yo
no habíamos recibido noticia de aquel grupo que se llamaban a sí mismos
Cazadores de Recuerdos. Quizá fuera la calma que precedía a la tempestad.
Porque exactamente dos semanas después de aquella noche fatídica, fuimos
asaltados por varios encapuchados en medio de la noche, cuándo nos
dirigíamos a nuestro hogar desde la universidad. Nos tomaron por sorpresa, y
apresaron con esclavas las manos. Tras vendarnos los ojos y trastabillar
unas cuántas veces, subir escaleras, abrir puertas y escuchar cerrarlas, nos
quitaron las vendas, y la luz inundó mi campo de visión. Estábamos en lo que
parecía ser el sótano de una taberna. Aunque había bidones de lo que parecía
vino y cientos de botellas descorchadas, el resto de la habitación
desentonaba. Estaba alfombrada, con unos colores púrpuras, y había sillones
de lectura, además que varios candelabros que daban la suficiente luz. Una
mesa central con varias sillas, y varios manuscritos repartidos caóticamente
por toda la estancia.
Delante de nosotros se encontraba Gilles, y otros cuatro hombres de distinto
aspecto, con largas túnicas granate y un intrincado diseño en el pecho, que
era exactamente el mismo que había en la carta escrita por Patrick. Todos
ellos sonreían, en mayor o menos grado. Tras presentarse cómo la facción
representante en Londres de los cazadores de recuerdos, nos convidaron a
comer y beber. Tras estar bien servidos, tanto en comida como bebida,
pasaron a explicarnos las reglas de la organización. Muchas eran de sentido
común, cómo no hablar con nadie del mundo exterior de la orden, investigar
en pro de la orden, compartir los descubrimientos… Premisas básicas que
asentíamos con la cabeza. Tras habernos explicado los lugares de reunión,
saludos secretos y demás enseñanzas básicas, pasamos a convertirnos en
miembros de pleno derecho. Recitamos el contrato santo, o discurso de
ingreso, y firmamos en un escrito con nuestra sangre nuestra vinculación
absoluta hacia la orden. Por raro que parezca, no parecía que quisieran los
bienes de nuestra familia ni ningún tipo de pago.
Gilles se acercó a la chimenea, y sacó un atizador del fuego, que debería
llevar varias horas al rojo vivo. Dijo que debería marcarnos el antebrazo
izquierdo, cómo último símbolo de reconocimiento. Tarod y yo nos miramos
confusos. Todos ellos se desmangaron, y enseñaron su tatuaje corporal. Se
trataba de un triángulo, con un ojo reptiliano en su interior, a burla del
símbolo divino, con dos lanzas cruzándolo. El ojo de iris afilado encerrado
en un triángulo, por Íxil, el reptil guardián de los secretos sumerio, y las
dos lanzas, una por Artemis, la Diosa Cazadora griega, y otra por Orión el
Cazador, sumamente orgulloso.
El primero en poner el brazo fue Tarod. Gilles le clavó el atizador, y el
joven cayó de rodillas gritando. Rápidamente los dos hombres lo cogieron y
le practicaron emplastes sobre la herida. El siguiente era yo. Cogí un rollo
de papel y lo metí en la boca. Tras colocar el atizador en la parte del
antebrazo interno, mordí tanto el rollo que sentí cómo las esquirlas se me
clavaban en la encía. Caí también de rodillas, y con una hoja medicinal y un
emplaste, me hicieron una cura.
Gilles parecía agraciado por el desarrollo de los hechos. A partir de ahora,
seríamos sus pupilos. Lo que quedaba de curso, Tarod y yo nos lo
disputábamos entre los estudios formales, y las reuniones nocturnas de la
sociedad. En ellas, descubríamos tanto las costumbres de la orden, que
estaba asociada a otra mayor, que a su vez estaba enlazada a otra mayor, que
a su vez… Pero también éramos instruidos en el arte de la meditación, la
superación personal a través de la mente, la concentración astral, toda una
serie de técnicas que nos servirían, según Gilles, para cuando ascendiéramos
al siguiente nivel de formación. El año había acabado, y nuestros estudios
universitarios con él. Sin embargo, algo había empezado, y no era
especialmente buena, la Gran Guerra. Por suerte, Gran Bretaña mandaba sus
tropas fuera del país, por lo que no tuve que alistarme obligatoriamente, ya
fuera por el peso económico familiar, o mi nueva familia, la Orden. Por
ello, pasó inadvertido para mí, a excepción de las caras llorosas de los
proletarios, ante los estragos bélicos.
La orden secreta, mediante sus contactos en distintas cúpulas sociales, nos
había conseguido un trabajo de bibliotecarios en una colección privada de un
burgués sedentario, con mucho dinero y ganas de gastarlo, que había comprado
la mayor parte de la biblioteca de otro noble arruinado.
Nuestro trabajo, catalogar el vasto surtido de escritos y libros. Aunque no
fuera un trabajo tremendo, era perfecto para empezar a desarrollar las dotes
de investigación, y sí además encontrábamos algún tomo interesante,
podríamos sacarlo de allí sin mucho problema.
Llevábamos una semana trabajando, de día, catalogando viejas reliquias, y de
noche, informando a nuestros superiores. Pero qué sorpresa para nosotros,
cuándo en una tarde lluviosa de miércoles, Harle O’connor, nuestro mecenas
burgués, se presenta sonriente en nuestro lugar de trabajo. Traía dos notas
muy elaboradas para nosotros. Tras abrirla, leímos que eran invitaciones
para la fiesta nocturna del sábado, que se celebraría en el salón de baile
de su mansión de las afueras. Bueno, ser invitado a una fiesta de sociedad,
en que los máximos exponentes de todo Londres, ya fueran cultos o no, se
debatieran, era todo un espectáculo que querríamos haber vivido. Así que
aceptamos de inmediato, y seguimos trabajando más felices que nunca.
Aquella noche, Tarod y yo nos vestimos con nuestros trajes más finos e
intrincados y alquilamos un carruaje. Llegamos a la mansión a la hora
acordada. Tras enseñar nuestras flamantes invitaciones al sirviente, éste
nos acompañó por los laberínticos pasillos bien iluminados y con multitud de
cuadros de familiares fenecidos. Se parecía a horrores a la mansión de
reclutamiento de los cazadores, y no pude evitar un largo escalofrío que me
recorrió toda la espalda. Esperaba oír los gritos ahogados de los cuadros,
pero por fortuna, nada pasó.
Ante nosotros se abrió una puerta, que nos desveló la enorme estancia que
era el salón de baile. Debía tener aforo para unas mil personas o más.
Varias mesas con entremeses y bebida selecta, sirvientes con canapés y
botellas caras, y multitud de nobles o burgueses. Los primeros, arruinados y
buscando dinero, los segundos, con dinero y buscando sangre azul. Había
muchos padres con sus hijos jóvenes, lo que nos hizo sospechar
automáticamente a Tarod y a mí de los aires de aquella “fiesta”. Sí, había
miembros destacables de las letras y sociedad, pero eran los menos y estaban
repartidos esporádicamente en grupos de tertulias, pero el resto de
personas, eran familias con hijos e hijas en época casamentera. Se trataba,
por supuesto, de una fiesta de caza. El bueno de O’connor debió de pensar
que nuestras familias agradecerían el detalle por su parte, de poner en
bandeja de plata, nuestras bodas futuras. Todas aquellas personas estaban
ahí para conocerse, y buscar pareja, que aunque no emocional, sí económica.
Menuda encerrona. Tarod se encogió de hombros, y bajamos con porte noble por
las escaleras. Nos paró un sirviente, que nos preguntó nombre y familia,
para presentarlos al resto de los reunidos. Se oyó un Tarod, de la familia
Arsk. Yo sencillamente miré al criado y le dije que me presentase solamente
como Pendergast. Él accedió a regañadientes, y exclamó un, vástago de la
familia Pendergast. Nunca me había gustado cómo pronunciaba la gente mi
nombre.
Todas las miradas, por suerte, se centraron en Tarod, por tener un encanto
natural hacia las mujeres. Tras llegar a un grupo de la alta sociedad, el
señor O’connor nos presentó, y acto seguido se marchó para atender al resto
de invitados. Los padres, tanto nobles como burgueses, charlaban entre
ellos, mientras sus hijos, presentes o no, conversaban entre ellos. A veces
había mirada cómplices entre padres, y entonces, ambas familias se apartaban
hacia unos reservados, dónde debían ponerse de acuerdo sobre la dote y
demás.
Tanta gente hablando, la orquesta, con sus agudos violines, y la caída de
una bandeja con finas copas de cristal, me había levantado dolor de cabeza.
Rescaté a Tarod de los brazos de dos mujeres jóvenes, pertenecientes a la
decadente nobleza de las colinas del Norte, para tomarnos una copa juntos.
Me empezó a contar que aquellas arpías querían llevárselo de paseo nocturno
en barca, y quizá, más tarde, ir al castillo familiar. Al parecer, eran
hermanas. Nos reímos un buen rato a su costa, hasta que un nombre recitado
por el sirviente, caló en mi subconsciente y me hizo girar la cabeza, y la
vista, hacia las escaleras. Tragué saliva, y por primera vez en mi vida, el
corazón se me aceleró.
La joven que había aparecido, refulgía entre aquella chusma informe. Su piel
era blanca mármol, cómo el marfil ansiado de las colonias. Sus ojos grises,
y su eterna mirada de inocencia, me atravesaron desde la lejanía. Tan
rápidamente apartó los ojos y giró su cabeza, que su pelo, negro azabache,
brilló, dejando a un lado la magnificencia de lo estrellado. Su corte nunca
lo había visto, puesto que aunque le tapaba parte de las orejas, no era tan
largo cómo para trenzarlo, según el precepto de la época. Se intuía menuda y
de la altura precisada, prisionera de aquel vestido negro, con una cola
primorosa, y una serie de encajes de seda perfectamente equilibrados. Un más
que generoso escote, rematado por un corsé. Su cuello tenía porte
distinguido, y una sencilla joya, que debía ser platino, rematada por una
piedra preciosa. Seguramente, reliquia familiar.
No desperté del ensimismamiento hasta que no recibí un codazo en las
costillas por parte de Tarod. Entonces respondí con un, qué, a lo que él me
replicó con el consabido, no me estabas escuchando.
Pero mi amigo siempre había sido muy suspicaz, y en seguida supo en quién me
había fijado. Sonrió, y me contó que se trataba de Katherine Neourville,
hija de los condes, en decadencia, de Neourville. Sus padres trataban con
los condes porque les suministraba carbón y madera para las fábricas.
Estaban bastante arruinados, y buscaban el mejor trato para conseguir
dinero.
No sé si el amor existe, si es una metáfora, o si realmente me enamoré de
ella ipso-facto, pero lo cierto es que tenía que conocerla. Hablé con Tarod
para que nos presentase, alegando que necesitaba un mediador, por educación.
Nos acercamos taimados hacia la joven, que debía rondar los cinco lustros.
Se encontró primero con la mirada de Tarod, el cual la saludó cogiendo su
sombrero, y haciendo una ligera inclinación. Le preguntó si se acordaba de
su familia, puesto que hacía trato con la suya. La joven respondió con un
tono alegre y una voz dulce e inocente, para luego reír suavemente. Un
sonido que nunca olvidaría, o eso creí. Entonces, Tarod me presentó como su
mejor amigo. Ella me dio su mano, por lo que la cogí, hice una reverencia, y
acerqué mis labios a su dorso. Unas palabras, surcaron rápidamente el
ambiente. “Enchanté, ma petite fleur”. Tras terminar el saludo, añadí que
podía llamarme Pendergast. Ella asintió, y cruzó su mirada con la mía. Acto
seguido, se apartó de nosotros, con movimiento sinuante, y se fue hacia una
ventana. Sentí que me llamaba con esa mirada y ese porte, así que dejé a
Tarod con las hermanas de antes, para disgusto suyo, y me embarqué dispuesto
a conocer a Katherine.
La abordé en una ventana, mientras ella miraba al cielo plagado de
estrellas. Le susurré un cumplido en el oído, a modo de saludo. Ella me
sonrió y ahí empezó la charla informal. Primero, algo de temas banales y
casuales. Luego, una copa de champagne de la campiña francesa. Para
terminar, sentados en los reservados, hablando de su familia. Parecía
bastante apenada, puesto que era ella la única que podía ayudar a su familia
a salir de su precaria situación. Sabía manipular a las personas, aunque
aquella situación fuese verídica y muy próxima. Acabada la velada, habíamos
entablado una cierta relación de lo que podría empezar cómo una amistad. Era
inteligente, y anómalamente, había recibido una educación más completa que
la de las mujeres de la época, restringida a idiomas, y música, para agradar
a los hombres, puesto que en su familia, era la única hija, debido a la
muerte de su madre. Así que su padre, un hombre realmente enamorado de su
mujer, la educó con los mejores profesores disponibles para que un día
pudiera llevar el negocio familiar. Tenía un brillante intelecto, una lengua
mordaz y un fino sentido del humor. Incluso, cultivaba un saber literario.
Un verdadero rubí tallado.
Tras abandonar la fiesta, agradecer a O’connor el favor, y llevarme a Tarod,
para desilusión de las hermanas Wight, pudimos descansar en las habitaciones
colindantes con nuestro trabajo. Seguimos trabajando varios meses en aquella
biblioteca interminable, y continuábamos nuestras enseñanzas en la orden.
Pero en mis tardes libres, escasas, cabe añadir, intentaba quedar con
aquella joya engarzada que me había atrapado. Tras varios meses de charlas
informales, tardes en los cafés de moda, mientras escuchábamos a políticos y
músicos, viajes en barca a lo largo del Támesis, tardes en el bosque, en el
parque mirando a las aves, o en lo alto de una colina, admirando el
atardecer.
Pasaron seis meses en su dorada compañía. Aunque también pasaron, rodeado de
libros viejos y malolientes, y noches enteras meditando acerca de técnicas
de relajo mental, proyección psíquica, y montaje mental. Fijar conocimientos
en la mente, alterarlos, mientras se sigue plenamente consciente. O eliminar
sonidos del alrededor, eliminar formas, sustituirlas por otras. Todo eso era
lo que practicábamos, además de las enseñanzas sobre el más allá.
Espiritismo mental. Nuestros progresos sorprendían a la orden, acostumbrada
a tardar años en enseñar una técnica, cuándo nosotros en un año, ya la
estábamos perfeccionando.
Era una noche estrellada, en la que estábamos ambos echados sobre una manta,
en medio del monte, mirando las estrellas con un ingenio cristalino. Había
llevado una botella de champaña, y la habíamos acabado hacía meros
instantes. Aquella noche había elegido, para entregarle a mi amada
Katherine, el anillo de oro, engastado con rubíes y esmeraldas, que había
conseguido del mejor orfebre de Londres. Quería pedir su mano, pero por
supuesto, antes de aparecer ante su padre, se lo preguntaría a ella, y sólo
si aceptaba, daría el siguiente paso. Pues había prometido casarse sólo por
amor, y no por la dote. Cuando Katherine divisó una estrella fugaz, se quedó
prendada de ella, y la miró. Sin embargo, yo miraba su rostro. Ella no tardó
en darse cuenta, y me miró divertida. Entonces, le cogí las manos, y
arrodillados cómo estábamos, le saqué el anillo y se lo dejé en la palma de
la mano. Cerré sus manos con las mías, y pronuncié las mágicas palabras.
Ella quedó sombrada. Luego sonrió, las lágrimas resbalaban por su marmóreo
rostro, y se abrazó a mí. Una respuesta silenciosa, pero cargada de sentido
y sentimiento.
Me presenté en la mansión familiar, a primera hora del lunes. Suponía que lo
encontraría después del desayuno, revisando las notas de la exportación.
Llegué en un carruaje tirado por dos caballos negros. Al mirar por el
ventanuco, vi una valla negruzca y desvencijada. La casa, estaba todavía en
pie, y aunque no estuviera tan dañada cómo aquella que años antes había
visitado con sus cuatro amigos, poco le quedaba. Había algún cristal roto, y
el césped no estaba cuidado. En resumen, necesitaban dinero
desesperadamente.
Bajé del carruaje y me acerqué a la puerta. Vi a un cochero aburrido,
cuidando a los caballos. Llevaba una librea rosada, y claramente no
trabajaba ahí. Golpeé la puerta con el picador de plata, en forma de
herradura. Minutos más tarde, se abrió el portón. Por recuerdo, esperaba
encontrarme con Patrick, pero lo único que había era un criado bostezando,
cómo si lo hubiera despertado con los golpes. Me preguntó qué quién era. Me
presenté como de la familia Pendergast. El hombre reconoció el apellido y
preguntó si venía a por la hija del conde. Contesté con un seco, busco a su
padre para un negocio. Él asintió, y agachó la cabeza por su intromisión. Me
llevó adentro. El recibidor daba espacio a unas escaleras dobles que subían
al piso de arriba. Todo estaba enmoquetado, y los muebles, estaban en
bastante buen estado, si obviamos la polilla y el polvo acumulado. Me mandó
esperar en un sillón, a que avisara al amo, pues estaba reunido y no sabía
si ya había acabado.
Quince minutos más tarde, del piso de arriba, descendió un hombre enjuto, de
unos cincuenta años, afeitado y oliendo a arboleda. Vestido de marrón todo
él, y unas botas de caza. Debía de ser James Neourville. Le acompañaba un
hombre aún más viejo que él. Estaba casi calvo, un tono de piel ceniciento y
ojeroso. Vestido enteramente de negro, parecía un enterrador. Llevaba un
bombín, y un monóculo en el ojo izquierdo. El bastón, era de ébano, y muy
retorcido, que terminaba en una empuñadora de marfil.
Johan Keller. El maldito bastardo que intentó hundir las fábricas de mi
familia el verano pasado. Nuestros abogados habían apartado sus ladinos
brazos de nuestras posesiones, pero aquel anciano no le gustaba perder. Mi
padre había tenido un accidente con un carruaje, y aunque no murió, estuvo a
punto de ello. Se sospechaba que habían sido los esbirros de Keller, aunque
nunca se probó nada. Supongo que ahora andaba haciendo tratos con los
Neourville, para que les suministrase materias primas.
El criado de los Neourville salió detrás de ellos. El que debía de ser
James, le dijo algo. Éste asintió y se marchó por otra puerta. En cuanto
estaban por la mitad del recorrido de descenso, me levanté del sillón. Al
llegar a mi altura, divisé en lo alto al criado, acompañado de la
deslumbrante Katherine.
Johan Keller me miró con ojos odiosos y luego miró receloso a James.
Entonces, para asombro mío, la serpiente abrió la boca. “Éste, James, es el
señor Pendergast, el segundo hijo de Curler Pendergast”. Le di la mano al
señor Neourville, y pronuncié su nombre completo a modo de saludo. Tras el
apretón, Keller siguió hablando. “Su familia es dueña de varias fundiciones,
y poseen terrenos en las colonias.”
El señor Neourville sonrió escuetamente. Por último, Keller añadió. “Mas su
padre ha tenido un trágico accidente hace poco, y por suerte, no feneció”.
Las palabras, sonaron forzadas y sibilinas.
Cuando llegó el criado con Katherine, Kelles la saludó quitándose el
sombrero, y mirándola de forma lasciva descaradamente. Por mi parte, le
saludé cómo la primera vez.
Nos fuimos a sentar al salón de visitas, puesto que antes de que pudiera
hablar con el padre de Katherine, quería hacer un aviso a su hija, y cómo yo
era un amigo suyo, me dejaron quedarme.
James se levantó, cogió un puro y lo encendió. Dio un par de caladas. Empezó
a hablar distraídamente del futuro, el progreso… de cómo su familia había
encontrado una respuesta en Keller. Puesto que Johan había pedido la mano de
Katherine, para tener un vástago de sangre noble, unión de Keller y
Neourville. Un descendiente que heredara el vasto imperio Keller y el
apellido Neourville. A cambio de esto, James recibiría toda la fábrica del
suroeste, especializada en fundiciones y productos químicos. Una dote más
que generosa, que sacaría a flote su vida.
Ante esas palabras, Johan sonrió malévolamente, mirando a su trofeo. Las
facciones de Katherine se congelaron en una mueca de horror. A mí,
sencillamente, el corazón, por primera vez, aunque no última, se me paró de
golpe. El mundo bailaba alrededor de mí, mareándome. El dolor de cabeza era
insufrible. El mil veces maldito Johan Keller había vuelto a vengarse de mi
familia. Esta vez, arrebatándome a mi amada. Lo peor de todo, es que ya
habían firmado el contrato, por lo que era imposible retractarse de él, a no
ser que lo rompieran ambas partes. Pero aunque consiguiera una dote mejor
para darle a James Neourville, cosa que nunca sucedería, pues era a su
hermano mayor quién debería casarse con una noble, o con otra burguesa y no
yo, el bastardo de Johan Keller no dimitiría, aunque le diera todas mis
tierras.
Katherine se levantó bruscamente del sillón. Se fue sin mirar a nadie hacia
las escaleras de arriba. Primero despacio, luego corriendo. Parecía que
llorara. Sólo se oyó un portazo. Yo me levanté conmocionado. Me despedí
escuetamente de ambos hombres y cogí mi carruaje, dispuesto a pensar con
claridad en otro lugar. El señor Neourville se quedó pensativo preguntándose
a qué había venido exactamente. Pero Keller lo intuía, por reacción de
ambos, así que me acompañó hasta el carruaje, mientras James iba a hablar
con su hija. Me espetó que ya que no había conseguido matar a mi padre,
mataría toda esperanza de sus hijos. El principio del fin, me dijo. Con una
risa desagradable, se fue a dar la vuelta. Pero en un arrebato de furia, le
golpeé con todas mis fuerzas en la nariz. El golpe fue tan improvisto, que
le partí la nariz y cayó de espaldas.
O eso hubiera pasado, de no ser porque con una velocidad y unos reflejos
sobrehumanos, paró mi puño con su mano, y con su otro puño, me lo incrustó
en mi estómago. Me doblé de dolor. Él, se dio la vuelta en dirección al
hogar de los Neourville, y yo, humillado, monté en el carruaje y marché de
allí.
Pasé por tres estados emocionales. Negación de los fatídicos hechos que me
habían acontecido hacía apenas unas horas. Impotencia absoluta ante el hecho
de que no podía realizar ningún acto para acabar con la tortura.
El último de ellos, ira, cólera, furia, enfado… con todo aquello que aquel
anciano decrépito simbolizaba, conmigo mismo, y por no haber tenido un
estilete para clavárselo en la traquea a Keller. Parafraseando a mi antiguo
tutor, Anthony Calfor, “si el problema es demasiado complicado, simplemente
usa tu espada”, decidí reflexionar sobre aquello y llegar a una solución.
Aunque no fuera literalmente, tomaría mi espada y desharía aquel entuerto de
alguna u otra forma.
Si Johan Keller y mi amada Katherine, se iban a casar, con consentimiento
paterno, no podría hacer nada. Sin embargo, estaba seguro que fugarme con
Katherine a Francia, lejos de su familia y aquel vejestorio, era una
solución factible. Tenía dinero en metálico suficiente. Además, la sociedad
podría conseguirme un buen trabajo al otro lado del Canal. Una nueva vida me
esperaba. Y esta vez, sería junto a la única persona que amaba.
Debía darme prisa. La boda sería celebrada dentro de un mes. Tras levantarme
de la cama, se me ocurrió el mejor sistema para avisar a Katherine de que
teníamos que hablar, sin levantar sospechas sobre su padre. Fui a ver a
Tarod, para que me llevara a la casa familiar. Allí, fuimos a la azotea al
aviario. Estaba seguro de que aún mantendría alguna paloma entrenada para ir
a la villa Neourville, si seguía el contacto de comercio entre ambos
apellidos. En un críptico mensaje, solamente escribí Katherine, y lo
irraguié con gotas del manantial de la colina Rosmell. Allí habíamos
admirado las estrellas la noche que le pedí matrimonio. Estaba seguro de que
se acordaría de la característica fragancia del lugar. Por último, para
marcar la hora nocturna, me valí del viejo sistema de pintar una luna
oscurecida hasta la mitad. Medianoche. Até el mensaje a su pata izquierda, y
la echamos a volar.
Tarod me deseó suerte en mi empresa, y marché en carruaje hacia mi refugio.
Aún tenía que pensar en muchas cosas.
En junio anochecía tarde, por acercarse al solsticio de verano, así que tras
se pusiera el Sol por poniente, marché a caballo hacia el manantial. Según
mi reloj, quedaban sólo quince minutos para medianoche. Me senté en una roca
cerca, lamentando si el mensaje no hubiera sido excesivamente claro. Ya
pasaban de la medianoche.
Me despertaron de mi ensoñación, unos pasos ligeros entre las ramas caídas.
Me di la vuelta. Allí se encontraba su níveo rostro, recortado contra la
palidez de la Luna. Tenía los ojos enrojecidos, de haber estado llorando
durante largo tiempo, sin llegar a consolarse. Me levanté, y la estreché
entre mis brazos. Quería sentir su aroma, captarlo para siempre, por si éste
fuera el último momento juntos, como tal.
Ella estaba intrigada por la llamada, puesto que tanto Keller cómo su padre
le habían prohibido ver a nadie conocido antes de la boda, sobretodo a mí,
pues ella, en un acto de inconsciencia, había narrado cómo le había pedido
mano y el verdadero motivo de mi visita a su hogar. Tuvo que escaparse de
casa por la ventana, esquivando a los criados. Tenía algún que otro rasguño
en sus hombros desnudos.
Le conté los planes que tenía de coger un barco la semana siguiente en el
puerto oeste de Londres, que nos llevaría directamente al pueblo costero de
Nousvite. De allí, habríamos reservado un transporte hasta París, la gran
urbe. Con el dinero que lleváramos, podríamos instalarnos cómodamente los
primeros dos años. Para entonces, habría conseguido un trabajo. No iba a
pedir ayuda de mi familia. Había sido educado para considerar una debilidad
aquel gesto.
Lloraba silenciosamente. Repetía una y otra vez que era una locura, que no
lo conseguiríamos. Le pregunté que si realmente me amaba. Ella sólo
respondió con sus labios. Entonces, deberías confiar en mí, le dije. Me
abrazó fuertemente, y sellamos nuestro futuro en aquel momento.
Las cosas nunca salen como las planeamos.
Nos marchamos de aquel trágico paraje con un tiempo de diferencia, por si
alguien nos hubiera seguido. La paranoia de Johan Keller no conocía
parangón. Y su mezquindad, tampoco. Tenía una semana para organizar el
viaje. Debía empaquetar mis más valiosas pertenencias, conseguir los
billetes del barco, los carruajes pertinentes, y un hogar temporal. Además,
debía hablar con la Orden para el traslado.
Me pasé dos días eligiendo qué meter y qué dejar en los dos grandes arcones
de madera, reforzados con varas transversales de hierro. Conseguir aquellos
billetes de forma urgente, me costó más dinero del intuido, debido a la
presteza, y a la imperiosa necesidad de embarcar aquel viernes. Sin embargo,
los Cazadores de Recuerdos, y Tarod especialmente, me comunicaron que harían
todo lo posible para realizar mi traslado. Serían ellos quienes les dirían a
O’connor mi repentina marcha. Me despedí de Tarod y le entregué un sobre
sellado, dónde en su interior se encontraba la hoja del falso grimorio sobre
la cuál habíamos firmado todos sellando nuestra vida. Era un recuerdo por
los buenos tiempos, y los que vinieran.
Viernes. El día señalado. Katherine y yo habíamos preestablecido un código
de comunicación vía paloma mensajera, para ver los progresos de uno y otro.
Ya había mandado sus baúles a un pequeño depósito cerca del puerto, y los
embarcarían en distintos barcos que adónde fuéramos nosotros. Habíamos
acordado citarnos dos horas antes de embarcar delante del banco central de
Londres, para llegar juntos al embarque, y que a ninguno de los dos nos
diera momento de flaqueza.
Aquella tarde siempre la recordaré por cuanto llovía. Sentado en la parte
posterior de un carruaje, tenía la vista clavada en los escaparates de las
tiendas. Pasamos por delante de una juguetería y al verla en el cristal,
supe que tenía que comprarla. Mandé parar al cochero, y me bajé con
presteza, con capa hasta abajo, para repeler la abundante agua. Abrí la
puerta del establecimiento, y sonaron unas campanillas, que alertaron al
vendedor. Salió un menudo hombre, poblado de canas y una espesa barba
blanca. Me preguntó amablemente qué es lo que quería. Yo le contesté la
muñeca del escaparate. Entonces, él fue a buscarla. La cogió, vino hacia mí.
Sacó un pañuelo de un bolso, y le sacó brillo al rostro.
Era una muñeca de porcelana de unos treinta centímetros. El rostro níveo,
con unos profundos ojos grises. El cabello, según el vendedor, era
auténticamente humano, corto y brillante como la obsidiana. Aquel hecho me
turbó ligeramente. Llevaba un vestido de alta corte, blanco, con
abundantes refajos. Su expresión era de serenidad.
Tras pagar lo debido al comerciante, de que afirmara que estaba hecha a mano
y era el único modelo existente, me dio una caja de madera, forrada en piel
y ante, para guardarla delicadamente. Tras salir de la tienda, y seguir
mojándome, me dirigí a mi cita en el banco.
Me bajé del carruaje a escasos metros de la entrada principal del banco del
tesoro. Iba con un sombrero de copa y una capa para protegerme de la lluvia.
Lágrimas de ángel derramadas por los enamorados, decía mi profesor de
literatura. Nunca había sido tan cierto. Llevaba bajo el brazo la caja
forrada, y en el interior de mi chaqueta, los billetes hacia la nueva vida.
Paseé adelante y atrás, hasta que vi aparecer un carruaje cubierto. Paró
delante de mí. El cochero se bajó, aguantando estoicamente la llovizna, que
empezaba a amainar, y abrió la puerta del pasajero. Salió un paraguas
blanco, y bajó gracilmente Katherine, con un talante distinguido y una
sonrisa en su rostro. Nada más verme, me abrazó tiernamente.
Empezamos a caminar, para techarnos de la lluvia, hacia los arcos de la
plaza. El lugar era desierto, aunque faltara todavía una hora para que fuese
la cena en casi todos los hogares londinenses. Allí, bajo una bóveda,
alumbrado escasamente por las farolas, hice entrega de mi regalo a ella. Lo
abrió con avidez, y tras sacar la preciosa muñeca, la acunó cómo si fuese un
bebé. Me abrazó, y lo guardó de nuevo, temiendo que rompiese.
Nos cogimos de la mano, y nos dirigimos al carruaje que nos esperaba dos
calles más abajo. Pero al pasar por un callejón, la situación de un carruaje
cubierto, y negro como los mortuorios, hizo que me intranquilizara.
Las cosas nunca ocurren como planeamos.
Oí los aplausos cansinos de alguien tras de mí. Katherine y yo nos paramos y
dimos la vuelta para ver quién era el causante. Seguramente no fuera más que
un mendigo que intentara atracarnos. O una amenaza mayor en ciernes. Mi
sorpresa fue a medias. Se trataba de un Johan Keller con boca torcida, a
manera de sonrisa forzada y sarcástica. Sus ojos estaban vidriosos de la
ira. Sin embargo, su voz no temblaba para hablarme. Le había dado una
puñalada trapera. Ése era su futuro y se lo estaba arrebatando. Había
trabajado mucho para ganar este premio. Y ahora, yo, después de estropearle
el plan de arruinar a mi familia, se iba con su más que merecido trofeo. No
podía consentirlo.
Sus palabras sonaban duras, frías, carentes del verdadero sentimiento para
hacer de ellas una auténtica furia. Así, solamente eran enunciados
verdaderos carentes de emoción. Eran frases repetidas por un autómata. Como
si fuera un gramófono estropeado, repetía aquellos como si fuera un mantra
siniestro. Katherine se encolerizó de una forma inusitada. Decía que ella
había decidido casarse conmigo y no con un vejestorio.
Pendergast cuidaría de ella en caso de necesitar ayuda, y que nunca seguiría
los antiguos preceptos de su arcaico padre. Se acercó a Johan, y le cruzó la
cara con la palma de la mano. Tanto Johan como yo nos quedamos paralizados
de la impresión. Pero su rostro se tornó rojo, tanto, que parecía que iba a
explotar. Empezó a gritar que tendría que usar métodos más expeditivos y que
ella se vendría con él, quisiese o no.
La empujó hacia un lado. Katherine se golpeó la espalda contra la pared. Fui
a ver si estaba bien, y me giré para encarar a aquel maldito bastardo y
hacerle entender que ella no era de su propiedad y que nos iríamos a
Francia. Pero tras darme la vuelta, vi a un nuevo Johan Keller, uno
tranquilo, sin despeinarse, y completamente serio. Además, tenía una pistola
de percutor en la mano, apuntándome. Aquello cambiaba el matiz de la
situación. Con las palabras, hasta nunca bastardo malnacido, Keller fruncía
el rostro, a la par que accionaba la pistola.
El tiempo pareció detenerse. El martillo se acercó al accionador y saltó un
humo negro de la pistola. La expresión de complacencia de Keller, mi
parálisis momentánea. El sentir que no podría vengarme de aquel anciano que
me había arrebatado lo que más quería. La bala se acercaba a mis tripas a
una velocidad lentísima, pero yo no me podía mover. Algo me golpeó el
costado. Aquello rompió el ensimismamiento y caí de lado al suelo. Mis
costillas se resintieron.
Sabía que la bala no me había alcanzado. Aunque la caída dolía, me levanté a
duras penas. Keller tenía el rostro desencajado y farfullaba. Busqué a
Katherine con la mirada. Estaba tendida en el suelo. Su gesto no revelaba
temor alguno. Sonreía plácidamente. Con sus dos manos, cubría su estómago.
Ella había recibido aquella bala por mí. Me arrodillé y presioné la herida.
Tenía que avisar a un médico. Aún había esperanza de que sobreviviera a la
“muerte del soldado”. Ella quitó sus manos ensangrentadas y las entrelazó
conmigo. Me susurraba que para ella era el fin de todo esto. No le
preocupaba la muerte. Solamente quería pasar los últimos momentos conmigo.
Le besé en la frente y ella cerró los ojos, con lágrimas. Sus últimas
palabras fueron, siempre me tendrás cerca de ti. Parecía que había dejado de
respirar. Apreté aún más fuerte para taponar la hemorragia. Los dos golpes
que recibí en la cabeza me pillaron desprevenido. Antes de que pudiera
desmayarme, pude contemplar unos ojos verdes en un rostro anómalamente
blanquecino y cenizo. No eran ni de Keller, ni de Katherine.
La siguiente vez que abrí los ojos, tenía a Tarod delante de mí. El dolor de
cabeza era enorme, y el resto del cuerpo iba parejo. Tenía un aparatoso
vendaje en la cabeza, y un regusto amargo en la boca. Un desconocido me
agarró la cabeza, mientras me quejaba de dolores. Otro, colocó una luz al
lado de mis ojos para verme las pupilas. Los intenté espantar con la mano,
pero al levantar el brazo, el entumecimiento era enorme.
Tarod me puso al corriente. Me había encontrado entre la basura de un
callejón cercano al banco, porque los del barco le habían llamado al no
haber embarcado. Suponía que me habían pegado una paliza los hombres de
Keller, ya que le conté el incidente que tuve con él. Recordé el trágico
momento con Katherine, y mi mente se nubló. Tenía que levantarme y recorrer
todos los hospitales de Londres.
Si aquel bastardo la hubiera llevado a alguno, todavía estarían allí. Tarod
dijo que no me preocupara, puesto que iba a interrogar a todos y cada uno de
los médicos privados de Londres. Si estaba en la ciudad, la encontraría. Me
dormí dolorido, pero feliz de tener tan buen amigo.
Tres días después ya estaba recuperado de los golpes propinados. Las
costillas todavía se resentían, pero la cabeza ya no me daba vueltas. Mi
cuerpo se recuperaba, pero mi mente se torturaba durante cada segundo del
día. Tarod había removido tierra y cielo en busca de alguna pista. Pero
todas llevaban al mismo sitio. La vieja morgue del número 43. Keller había
pagado mucho y bien al propietario, para entregar un cuerpo femenino y que
desapareciese en el gran horno.
Y Katherine seguía desaparecida. Era fácil sumar dos y dos. Aquel viejo me
había arrebatado al amor de mi vida, le había quitado la vida, y profanado
su cuerpo con las llamas de un crematorio.
La desesperación hacía mella en mí. Me repetía una y otra vez que todo había
sido culpa mía. Ya no importaba Keller. El verdadero causante de su muerte
había sido mi negativa a Keller. Si hubiera dejado que Keller se casase con
Katherine, ella seguiría viva. Pero tuve que empeñarme en conseguirla,
costase lo que costase. Pues el precio había sido demasiado.
Nada más levantarme cada día, pensaba en coger la navaja de afeitar y
cortarme las venas. Mi mente realmente pensaba que sólo así pagaría la deuda
que tenía con Katherine. Empecé por no comer regularmente. Las noches se me
hacían eternas, e insómnicas. Me obcequé en mi trabajo, a estar más de
dieciocho horas seguidas entre libros, para no pensar en ella. Pero todo
empeoraba cuándo cerraba los ojos. En la negrura de la soledad, veía una
forma blanquecina en el fondo. La cara, manchada de sangre de inocente, y el
pelo negro corto, con enredaderas marchitas. Sus ojos grises, desprovistos
de vida. Una mueca por cara, y el dedo señalador, con una cacofonía. Siempre
me tendrás cerca de ti. Ya no podía resguardarme en ningún sitio. La
desgracia era desbordante. Cada minuto era un suplicio. Muy posiblemente
enfermera. Tarod me veía morirme lentamente. Y él no podía hacer nada para
ayudarme.
Sólo yo podía salvarme.
Aquella noche me bañé durante una larga hora. Me perfumé completamente. Cogí
mi mejor traje de gala y me vestí. Me di una cena frugal y fui hacia mi
cuarto. Miré la noche estrellada, tal y cómo había sido la noche de la
pedida de mano. Aquella queda, sería la última que me atormentaría. Una
nueva vida empezaría. Cargué la pistola de percutor con una bala redonda de
plomo. Metí la pólvora, y la sellé con el bastón de carga. Comprobé que el
percutor no se encasquillase. El método sería fácil. Meterlo en la boca,
colocar el cañón en el paladar, y apretar el gatillo.
Era lo menos que podía hacer por salvaguardar el alma de Katherine. Keller,
en toda su “decencia”, había emigrado a Alemania durante un tiempo,
desvelando sus lazos al antiguo Imperio. Según había oído, le habían
requisado sus pertenencias en Inglaterra, y ahora iba a tierras germanas en
busca de ayuda. Esperaba que se muriese pobre y enfermo.
Pensé dónde colocarme para descansar. La cama sería un buen lugar. Me senté
en ella. Antes de ponerme la pistola en la boca, recordé todos aquellos
momentos que me habían alegrado la vida. Siempre había tenido amigos fieles.
Es por ello, que a Tarod le había dejado una carta con las instrucciones
para después de mi muerte. Suponía que encontrarían mi cuerpo la mañana
siguiente, a la hora del desayuno.
Cogí aire y lo solté lentamente. Basta de melodramatismos. Era la hora, el
momento. Cogí la pistola y me encañoné. Cerré los ojos. Una lágrima rodó por
mi rostro, como recuerdo a Katherine. Mi último pensamiento, iba dirigido a
ella.
La puerta se abrió de golpe. Sólo escuché el quejido de la madera al ser
forzada, y pasos irrumpiendo acercándose a mí. Abrí los ojos, pensando que
estaba muerto y había llegado a mi destino. Pero tras la luz, se encontraba
Tarod sudoroso por haber corrido, y dos personas que no conocía de nada. Uno
de ellos clavó los ojos en los míos, y me dijo fríamente que soltara el
arma. Como un auténtico autómata, solté el arma, que cayó al suelo. Tarod me
explicó que había encontrado mi carta antes de tiempo, y que no había
perdido tiempo pidiendo ayuda a la Orden. El hombre que me seguía mirando,
le preguntó a Tarod desde cuándo conocía a Katherine. Él contestó que desde
hace unos…
La dominación es un arte muy complejo pero que conlleva una gran
satisfacción. El poder de hacer olvidar a la gente su pasado y reinsertarle
uno nuevo es muy apetecible. Se tarda bastante tiempo en suplantar meses
enteros, pero para hacerlo con años, es necesaria una pericia nunca vista.
Puede llevar más de siete sesiones, de noches enteras, y que la probabilidad
de que el afectado nunca llegue a recuperar sus recuerdos, es bastante baja.
Basta un ligero cabo suelto para derrumbar el trabajo de semanas.
Conmigo estuvieron trabajando casi dos semanas. Según tengo entendido, me
desperté una semana más tarde, y me contaron que había sido golpeado por un
carruaje y que había caído en coma. Los anteriores años de mi vida, que
había pasado junto a Katherine, habían sido remodelados de tal manera que me
hiciesen olvidarla por completo. Ni un solo recuerdo de ella. Ni de haberla
conocido. Por lo que ellos concernían, yo había estado trabajando
diligentemente para O’connor y otros socios que habían aparecido después.
Según descubrí, me provocaron esta pérdida de memoria y replantación, para
que no me atormentara con los sucesos trágicos. Necesitaban un adepto en
buen estado, no un descarriado. Lógicamente, yo nunca pensé en que mis
propios recuerdos fueran falseados. Os preguntaréis por qué os cuento ahora
la parte de mi pasado que desconocía. Es sencillamente una forma cronológica
de no complicarnos literariamente. Después de todo, para conocer el
presente, hay que conocer el pasado.
Contaba con treinta años, estaba claro que no iba a casarme, y trabajaba
para una orden ocultista. Es por ello que fuimos seleccionados por la Orden
Superiora de los Cazadores de Recuerdos para intentar pasar al siguiente
círculo.
Esta vez la prueba fue corta y concisa. Una serie de preguntas acerca de la
orden y sus métodos, sus enseñanzas, y otras de otros ramajes. Debió durar
más de tres horas, aquel aparente interrogatorio. Contesté a todas las
preguntas satisfactoriamente, puesto que había pasado muchos años de
estudios arcanos, y al final uno aprende algunas cosas.
La única ventaja de subir un círculo, era la nueva remesa de libros que se
podían estudiar. Pero estos ya no hablaban sobre los recónditos de la mente,
sino de rituales olvidados, muy sencillos en su utilidad, pero de extrema
complicación a la hora de conjurarlos. Los escritos hablaban continuamente
de la magia de la sangre. El poder de la vitae. Viejas historias acerca de
órdenes cabalísticas. Arcanas casas de magia.
Demasiada ficción debía de haber allí. Sin embargo, había sido enseñado a
ver la veracidad en esos asuntos, y por eso me asusté. Ya no éramos una
orden basada en los misterios de la mente, sino un verdadero culto ocultista
de extrañas deidades.
Tres años me pasé estudiando esos libros diligentemente, para encontrarme
una referencia que no me sonaba de nada. Hablaba de cómo Tremere lo había
conseguido. El nombre no volvía a aparecer más. Solamente referencias a un
antiguo demonio cuyo nombre comenzaba por ese, y que Tremere había
esclavizado. Una casa de magos mortales que trascendieron sus poderes. Una
orden de espíritus malditos. El juego mortal entre dos bandos. Aquello no me
cuadraba para nada. ¿Por qué salían aquellos nombres en estos libros? No
tenía ninguna relación. Así que, decidí investigar por mi cuenta y riesgo.
Tardé más de año y medio en documentarme lo suficiente, como para enlazar
sucesos. Al parecer, existió un mago llamado Tremere que había esclavizado a
un demonio, y robado sus poderes. A su vez, su orden mágica, había ascendido
a un nivel superior, llegando a controlar el poder de la sangre. El resto de
pistas eran sobre arena.
Sabía que en la biblioteca del círculo superior encontraría las respuestas.
Pero mi curiosidad no podía refrenarla. Me quedé hasta tarde una noche
lluviosa en la biblioteca, estudiando un libro acerca de la alquimia en el
siglo XV. Tras asegurarme de ser el único en el entramado de documentos, me
dirigí hacia la puerta que llevaba a las catacumbas del quinto círculo. Fui
a tocar el picaporte… y una descarga eléctrica bastante fuerte me tumbó en
el suelo. Estaba sorprendido. Tenía que marcharme de allí. Pero no lo hice.
Cogí un pañuelo de mi bolsillo y arranqué una hoja de un libro cercano. La
enrollé, y toqué el picaporte. Saltó una chispa, pero no me electrocutó. Más
confiado, usé ese sistema para abrir la puerta. La descarga volvió a mis
dedos. Caí de bruces al suelo. Sabía que no aguantaría una tercera.
Pero la puerta ya estaba abierta. De la corriente y el chispazo final, el
picaporte había partido, y el pestillo se recogió. El portón estaba abierto
de par en par.
Armado con un candelabro de siete velas, me adentré en el oscuro corredor,
para combatir a las sombras. La suciedad y las telarañas reinaban entre las
escaleras, dando la impresión de bajar a unas catacumbas antiquísimas. Pero
si aquellas afiladas escaleras alteraban el ritmo cardíaco, el solar de
abajo paraba el riego.
En cuanto los escalones se acabaron, vislumbré una habitación pentagonal,
iluminada cada esquina con una antorcha. El suelo enlosado, parecía gastado
por el uso. Un subterráneo vacío, salvo por la piedra labrada del medio.
Parecía un enorme sarcófago, de piedra marmórea. Una inscripción en latín,
en el suelo, rezaba “¿Qué buscas?”. De mis labios, salió el murmullo de “la
verdad”. Me adentré más en el lugar, para observar más de cerca el féretro
inorgánico.
Dejé el candelabro en el suelo, para admirar el tallado. Representaba
escenas bíblicas, con extractos de la Biblia en latín.
Una voz, extrañamente familiar, surgida de todas partes y de ninguna,
parecía contestar a mi anterior afirmación. “¿Qué verdad buscas entre estos
muros?”. Me giré hacia todos los lados, pero sólo veía antorchas. “La verdad
sobre Tremere y nosotros. Sólo la verdad”.
Se me heló la espalda, y un susurro en mi oído. “Te daré más que la verdad”.
Al instante, sentí un dolor agudo en el cuello. Me quemaban las venas. Me
sentía pesado. Debí caer al suelo.
Mi siguiente recuerdo es un sueño. Un sueño, en el que veo cómo me convierto
en un monstruo horrendo, ojos hinchados y rojizos, una postura psicótica y
arqueada, y unos colmillos como de lobo. Mi cuerpo, despedazando la yugular
de dos cortesanas, para luego pasar la lengua por el reguero de sangre, y
sentir un sabor dulzón, en el paladar. Pero sobretodo, recuerdo la expresión
burlesca, de Gilles, aquella voz familiar, sentado en un cojín, sonriendo
ante la escena.
Lo malo de los sueños, es que siempre acabas despertándote. Lo malo de las
pesadillas, es que nunca despiertas.
Me levanté con la cabeza dolorida, y un sabor salado y reseco en la boca.
Parecía tener resaca. Sin embargo, recordaba no haber bebido antes, y de
sopetón, los recuerdos inconexos de la catacumba, y de aquel extraño sueño,
afloraron en mí. Me caí de bruces.
Unos brazos me ayudaron a levantarme y sentarme. Le miré a los ojos, y vi
esos ojos castaños, serios pero comprensivos. Era Gilles. Me miraba
complacido.
No es que antes fuera cristiano, pero romper con tus antiguos lazos
familiares, tus hábitos, y tus creencias más profundas y arraigas, en menos
de tres minutos, suele crear problemas.
Una vorágine mental pasó a través de mi mente, destruyendo a su paso la
cordura o la comprensión. Aquel hombre, que confiaba en él, me decía que
estaba entre la vida y la muerte, que era un ser extremadamente longevo, y
que me alimentaba de sangre. Realmente, impresiona.
Me pasé una semana encerrado en una celda de monje, bebiendo de una copa, el
líquido rojo, apenas sin creérmelo. Aunque los estudios ocultistas me habían
preparado ligeramente para la situación, seguía siendo extraordinaria. En
las noches de aquella semana, mi Sire (Gilles), comenzó a relatarme la
historia vampírica, al menos la que le interesaba. Porque si algo he
aprendido con el tiempo, es que a los chiquillos se les cuenta lo menos
posible, para mantenerlos en la ignorancia. Pero por suerte, el Regente de
la Capilla de Londres, donde comencé mi adiestramiento en serio, como
miembro de pleno derecho de la Casa Tremere, me enseñó mucho sobre la
política y sociedad y existencia vampírica, más de lo que podría haber
aprendido entre aquellos opresivos muros.
Me pasé los siguientes tres años actuando como el iniciado más joven de la
Capilla. En ese tiempo, aprendí junto a mi Sire, los preceptos básicos de
Servidumbre (aderezada con la toma de la tintura Regencial), Fortaleza, y
Orgullo. Fui presentado ante el Príncipe como Neonato de derecho tras esos
años, ante la mirada ferviente de Gilles. Muchos de los que se inician en el
vampirismo, suelen tener una vida frenética, los primeros años, dónde se
cometen las faltas más graves de la Mascarada. Por suerte, mi ánimo
templado, me evadió de situaciones de peligro.
Por eso, me movía junto a mi Sire como ayudante suyo, ya fuera consiguiendo
ingredientes para rituales, como mensajero, o sencillamente a su lado, para
aprender lo más que pudiera. Rondábamos los Elíseos, y así crecía mi
refinamiento hacia ciertas sangres y clanes. Unos nos rechazaban
abiertamente, y otros en las sombras. Pero siempre hubo buenos aliados.
Aquellas primeras noches descubrí el linaje de mi Sire, y por tanto, de mí
mismo. El Regente de la Capilla de Londres era el Sire de Gilles, y por
tanto, yo era una extensión de esta cadena. Pero si Gilles se mostraba
anómalamente dispuesto a enseñarme, aquel hombretón curtido, de unos
cuarenta años, y con una línea de la felicidad digna de un irlandés, se
mostraba anómalamente vengativo conmigo. Las tareas más deshonrosas que tuve
que realizar para él, como favores personales, incluía el manejo de
sustancias volátiles cerca del estudio de la senda de las llamas, y rondaba
la leyenda urbana de aquella explosión que hizo desaparecer la antigua
Capilla. Sometido a tortura psicológica, se enorgullecía de insultarme y
rebajarme a niveles infrahumanos. Sin embargo, algo tan poderoso como la
sangre me impedía arremeter contra él, al igual que las leyes del Código
Tremere.
No obstante, bajo su mandato aprendí a no mostrar los logros personales a
los demás, pues en una carrera por la ascensión, los demás te usarán como
escalón.
Como digo, mi Sire tenía una tarea designada por el Señor de las siete
Capillas de los alrededores de Londres. Él era el Mensajero Séptimus, un
título que otorgaba a su poseedor, las labores de transporte y entrega de
documentos, materias primas, o similares, que no pudiesen ser transmitidos
de otra forma que no fuera en mano, incluyendo el actuar como guardaespaldas
y escolta, en un viaje a otra Capilla, y en general, era los ojos de la
Capilla en el exterior.
Es por ello, que mi Sire me llevase con él en sus diversas tareas, para que
tomase sus contactos como propios, y experiencia, cuando él fuera ascendido
a Regente, para yo pasar a ser su Mensajero Séptimus. Y es que realmente la
animadversión que sentía Gilles hacia su Sire, era tangible. Circulaba la
sospecha de que iba a realizarse un Duelo Mágico entre ambos, para terminar
con las diferencias engendradas por decenios de resentimiento.
Sin embargo, aquel duelo nunca se llegó a realizar, porque antes de ello,
Gilles tenía que transportar los documentos con la explicación de las nuevas
defensas de las Capillas circundantes, por Órdenes del Señor de todo
Londres.
Era 1941, y la Segunda Guerra Mundial había estallado. Años después,
comenzaría la amenaza nazi con sus bombarderos y misiles de largo alcance, y
la paranoia había crecido entre los Tremere. Aumentar su seguridad era un
paso en su prudencia.
Habíamos decidido coger una ruta montados a caballo, que circulase por los
adentros del bosque, y dar un rodeo a las habituales patrullas milicianas,
para que no hiciesen preguntas de nuestro paseo nocturno. Aquella misión
sólo era conocida por tres personas a ciencia cierta, el Regente, mi Sire y
yo, ya que era el Sire de Gilles el que se ponía en contacto con el Feudo, y
luego transmitía las órdenes a él, y por ende, a mí.
Recuerdo aquella noche, puesto que el aire era en demasía frío, y se
presagiaba tormenta en el horizonte. Eran más de las tres de la madrugada, y
ya quedaba poco para llegar a la pequeña Capilla Rural de Westminster. Había
sido un viaje taciturno, con nuestros sentidos agudizados al máximo, por si
nos acechaban entre los árboles. Había sido testigo de cómo mi Sire me
empezaba a hablar en latín para decirme que un Nosferatu nos estaba
siguiendo desde hacía un kilómetro. Pero no pudo acabar la frase, pues los
caballos empezaron a violentarse, y ponerse muy nerviosos. Poco después
estaban encabritándose, y una oscuridad, tan tangible como el metal, empezó
a rodearnos.
Mi Sire me advirtió de que bajase del caballo y huyera con los documentos.
Pero escapar de ahí no iba a resultar fácil, si al instante, se nos reveló
un hombre horriblemente deformado, que presupuse que era el Nosferatu, y un
hombre cubierto de sombras, que parecía dar las órdenes. Con los documentos
bajo el brazo empecé a correr en dirección a la Capilla, que se veía a lo
lejos.
El Nosferatu me siguió corriendo, intentando alcanzarme. Mi Sire hizo frente
al Lasombra, y con un grito de rabia, elevó los brazos al cielo, y un
destello surgió entre sus dedos. Entrelazó las manos, y se prendieron en
fuego. La oscuridad pareció retroceder allí dónde arañaba la luz del fuego
purificador. Al instante, aquella masa de fuego líquido impactó en el cuerpo
del Lasombra. Se prendió en fuego, y con un alarido, empezó a revolcarse por
el suelo, intentando apagar las llamas. Hubiera visto eso, si de veras, el
fuego le hubiese quemado, pero antes siquiera de que el fuego abrasador le
tocase, se evaporó en el aire, a la vez que un collar de cuentas, brillaba
con luz de rubí, alrededor de su cuello.
Debía ser un Atrapamentes, reliquias-ritual, creados especialmente para
absorber los poderes mágicos de un objetivo. Pero aquellos collares, eran
específicos, pues debías tener prendas personales del objetivo.
No pensé en eso en aquellos instantes. Sólo quería correr. Nunca me había
enfrentado contra un vástago, que probablemente me doblara en edad y poder.
El magus Gilles debió de sorprenderse cuando su Taumatargia había resultado
nula frente al Lasombra que le encaraba desdeñosamente. Las sombras se
hicieron cada vez más opresivas, y los tentáculos le apresaron las piernas.
Lo desequilibraron, y cayó de bruces. Las sombras le rodeaban, oprimiéndole
el pecho. El ruido seco, un crujido en mis tímpanos, eso hacía que fuera
cada vez más deprisa.
Podía sentir el fétido olor a tumba, que desprendía mi perseguidor. Ante mí,
se alzaba un alto portón de madera, atravesada por travesaños de hierro
esculpido. Estaba tan cerca.
Pero el Nosferatu se movía con mayor velocidad. Me pegó una patada a los
tobillos, y caí estrepitosamente hacia delante. Boca arriba, aferrando los
documentos, el Nosferatu se acercó para echarme su aliento en la cara, y
coger los documentos. Solté la cartera de cuero negro, y en un arrebato de
furia, pronuncié la palabra clave de Íxil. Le golpeé con las palmas de mis
manos en la altura de la cara, mientras se desplegaba una ola de fuego, que
le abrasó la cara. El vampiro retrocedió asustado, y rascándose la cara ante
el dolor.
Aproveché esos momentos para levantarme, y adentrarme en unos matorrales
laterales. Me colé por el pasadizo secundario de la Capilla, y corrí hasta
la cerca. Desde allí veía cómo el Lasombra convertía en polvo a Mi Sire, y
cómo se retiraban hacia la profundidad del bosque.
Nunca tuve tan presente, el sacrificio que había realizado Gilles para
salvar el documento, y ponerme yo mismo a salvo. No sólo le debía mi nueva
existencia, sino que a partir de entonces, también era gracias a él.
Pasé el día en el refugio. Entregué los documentos al Regente de la Capilla
de los lagos, y le comuniqué el terrible trayecto. Al levantarme, medité los
siguientes pasos que debería dar. Tendría que ponerme en contacto con los
Nosferatu que solían rondar por el cementerio, pues ellos les debían algún
favor al perjurado. Seguro que podrían conseguirme información acerca de las
actividades del Sabbat, y su relación con la Capilla de Londres. Por otra
parte, no podía fiarme del Regente de Londres, puesto que era él la tercera
persona que conocía el viaje, y aquel Lasombra poseía un amuleto de creación
Tremere, centrada en Gilles. Eso, sumado al odio del Sire a su chiquillo, le
daba el papel, como principal sospechoso de conspiración. No debía amenazar
en falso, pues ahora, sin apoyo de un Antiguo, podría encabezar la lista de
bajas prematuras de la Casa.
Así que me cité con Ronuald, el Tuerto. Su territorio, con sus reglas.
Aunque aquel vástago fuese Camarilla, llegaban los rumores de que alojaba
Nosferatu Antitribu con tanta facilidad como a sus hermanos de Secta. Por
eso, lo más seguro es que nos espiaran todos y cada uno de aquellas Ratas,
escondidos mediante su poder sobrenatural. No me inquietaba, puesto que si
había podido vislumbrar al Nosferatu con la cara quemada, podría verlo si
estaba allí.
Tras pasar por las puertas enrejadas llenas de óxido, que crujieron sus
goznes, como un animal herido, enfilé el camino de baldosas mohosas. El
cementerio había sido construido en la época post-medieval, y sus monolitos
estaban construidos con las piedras saqueadas de nichos cercanos. Un aspecto
decadente, un aroma a descomposición, y la extraña sensación de estar
vigilado por mil ojos a cada paso que se da. Llegué a la entrada de la
cripta, que servía de refugio al Tuerto. La puerta, de madera podrida,
estaba entreabierta. Me colé por el hueco, y cerré tras de mí el portón.
Bajé los escalones, en penumbras, puesto que de mi mano surgió una pequeña
llama, que me sirvió como linterna improvisada. Al llegar abajo, tuve que
taparme las fosas nasales, debido al olor a metano de los cuerpos en estado
de fermentación. El fondo de la cripta era un lodazal, lleno de agua
estancada, que había sacado a flote los cuerpos, y que privados de aire, las
bacterias anaerobias los habían atacado. Escuché el sonido de la madera
hinchada rasgar el suelo. La puerta de arriba había sido abierta y cerrada.
Me seguían.
Eché un vistazo a la habitación, y entre el agua, sobresalía una isla de
piedra, que era en realidad, un altar derruido. Allí, sentado, con las
piernas cruzadas, se encontraba un hombre de mediana edad, completamente
calvo, y con una horrorosa cicatriz que le cruzaba la cara, a través de un
ojo. Era la imagen mortal de Ronuald, el Tuerto. Nunca se había desvelado su
auténtica forma, pero viéndole cómo era antes, tampoco había mucha prisa por
ver su cambio. Empezamos a hablar, y le conté que necesitaba información
acerca de un posible trato entre el Sabbat y algún enemigo de mi Sire, que
fuera Tremere. Negó saber algo, pero que podría descubrir cualquier cosa,
pero por pago quería un viejo códice enterrado en la biblioteca Tremere. Fue
entonces, cuando detrás de mí, saltó un viejo vetusto al agua, llenándose de
barro. Parecía jugar con el barro. Sus dientes, retorcidos y negros. Su
rostro, decrépito por la viruela. Aquel viejo contestó, que él se encargaría
de investigarlo personalmente, si le conseguía las nuevas defensas Tremere.
Ronuald el Tuerto, abrió mucho los ojos, y le lanzó una piedra, que pasó a 3
centímetros de la cabeza de aquel viejo. Masculló que se callara.
Pero si el nuevo Nosferatu quería sorprenderme, no lo había hecho, pues
mientras esperaba en las escaleras, eché un vistazo rápido hacia atrás, y
mis sentidos atravesaron la ocultación inicial de la Rata. Se trataba del
mismo cainita al que le había marcado la cara con fuego.
Sonreí, ante el vampiro quemado. Sus ojos se encontraron con los míos, y el
vínculo de conexión se completó. Con un único “acércate”, el cainita se
acercó a mí, mientras me miraba fijamente, casi como ido. Empecé a hablarle,
y a preguntarle quién era el Lasombra que le acompañaba en el bosque.
Ronuald pareció enfadarse, y se levantó para replicar, pero de mi mano
surgió una llama, que se movía juguetona entre los dedos.
El Nosferatu, dominado, sudaba sangre. Se le notaba a leguas su
inexperiencia, y se había delatado a sí mismo. Con un poco más de presión,
terminó contándome que aquel Lasombra le había contratado hacía unas dos
semanas, para realizar una incursión de robo. Al Guardián se le conocía cómo
Éduard, y solía orar en la vieja Abadía de Maisoontal. Le agradecí la
información y me fui de allí. Los Nosferatu habían colaborado con aquel
Lasombra para conseguir los documentos. Pero no habían sido los artífices de
la información, pues hay ciertos caminos infranqueables para no Iniciados.
Sin embargo, el Lasombra parecía haberlo planeado. Cada vez se necesitaba un
dirigente implicado en la Capilla para tal efecto. Y todo apuntaba al
Regente. El vínculo de sangre se arremolinaba en mis venas. Necesitaba
ayuda, pues era demasiado inexperto para todo aquello. Pero ésta era la
ocasión de mostrar mi valía.
Llamé a un joven ghoul de la Capilla Rural (ya que ahora era mi refugio
provisional), para que diese la noticia a las milicias inglesas de una
posible cabeza de playa Nazi en la Abadía cercana. Le encargué el objetivo
de acompañar a las tropas regulares, y que si encontraba a un posible
cainita, le estacara con una estaca tallada especialmente para aletargar.
El joven actuó con presteza, y esa misma mañana, se presentó con una orden
de inspección en el cuartel cercano, y llevándose a una escuadra de personas
vetustas, y sin pinta de soldados, fue a investigar Maisoontal.
Aquella noche, tras levantarme del sueño, me encontré la nota del ghoul que
explicaba detalladamente la misión.
Al parecer, se habían infiltrado en la Abadía, pues estaba carente de
centinelas. En su interior, tras rastrearla entera, encontraron un falso
muro que derribaron. Tras él, estaban las estancias del Lasombra. Debido a
que ya era de mañana, el cainita descansaba apaciblemente en una habitación
espejada, con una cama ricamente decorada. Mandó a la escuadra vigilar los
alrededores, y después de clavarle la estaca conjurada, metió el cadáver
rígido en un baúl cercano, pidiendo ayuda a los soldados para sacarlo de allí,
aduciendo que contenía documentos alemanes. Sin embargo, una cosa era
cierta, el baúl tenía varias cartas, escritas en un idioma desconocido para
él, y continuamente, aparecía un sello masón.
Ahora el Lasombra se encontraba completamente desangrado y atado con
cadenas, en la habitación de experimentación. La estaca seguía clavada en su
pecho.
Arrugué la nota y la quemé en la palma de la mano. Debía examinar aquella
correspondencia, antes de poder hablar con aquel vástago.
Tras bajar a la biblioteca, localicé al joven aprendiz que tanto me había
ayudado. Me traspasó los documentos, y les eché un vistazo. Se trataba de
una serie de cartas posteadas entre él, y un desconocido. Usaba el alfabeto
latino, pero su estructura no concordaba con alguna lengua romance. A decir
verdad, era una serie inconexa de letras seguidas, sin espacios entre ellas.
Pero al ver que la letra T mayúscula se repetía con demasiada frecuencia,
deduje que era el carácter usado para representar al espacio. Una vez
eliminando esa premisa, el documento seguía sin tener lógica alguna.
Pero la intuición me decía que el sistema de cifrado usado sería sencillo,
para agilizar la labor de escritura. Comencé a sustituir las letras por sus
antónimas del alfabeto, y la verdad, me fue revelada.
Los documentos hablaban del odio que sentía el viejo árbol por las ramas
nuevas, y cómo éstas, floraban para tener sus propios frutos. Muy alegórico.
El viejo árbol se sentía moribundo, y necesitaba una poda. El resto de
cartas, siempre escritas en metáforas, era fácilmente entresacable, la
siguiente situación.
El Regente de Londres, se siente amenazado por su chiquillo. Decide
eliminarlo, y para ello usa a un esbirro del Sabbat, que a su vez utiliza la
red de contactos Nosferatu. No podría culparse a nadie por la confusión de
móviles.
Pero si el resto de documentos no daba nombres ni esclarificaba la autoría
del complot, el sello de las cartas, que correspondían al viejo árbol, dio
más datos. Aquel signo arcaico, un arco largo cruzado por un laurel, era el
que estaba reproducido en un viejo tapiz de la Capilla de Londres. Y
correspondía al escudo de armas de la noble familia del Regente.
Una prueba del complot. Pero ahora debía conseguir más información por parte
del Sabbat.
Fui caminando despacio hasta la habitación donde se retenía al cainita.
Golpeé rítmicamente la puerta con el puño, y esperé a que me abrieran. Era
de nuevo el joven ghoul, con mis instrucciones sobre guardia indeterminada.
Me despedí de él y cerré la puerta con el cerrojo tras de mí.
La habitación no tenía más de quince metros cuadrados, y al estar por debajo
del llano, carecía de ventanas y salidas auxiliares. Estaba carente de
mobiliario, a excepción de unas cajas apiladas al fondo. El suelo era de
bloques macizos de piedra grisácea, y las paredes estaban rodeadas de
bombillas, evitando así gran parte de sombras indebidas.
Según los preceptos de seguridad, el Lasombra estaba estacado, con profundos
cortes en las muñecas y piernas para que se desangrase, y unas palanganas
debajo que recogieran su sangre. Estaba encadenado por los brazos, y caía
pesadamente hacia delante. Saqué un pequeño tubo de mi chaqueta, y recogí un
poco de su sangre. Sería muy interesante investigar sobre su pasado.
Examiné lentamente aquel cadáver pendiente. Tenía un aspecto sucio,
ensangrentado, y en general, era bastante deforme. Parecía vestir con las
ropas de un mendigo, cosa que hubiera creído si no fuera por aquel medallón
de oro, engastado con rubíes que colgaba de su cuello. Cogí unas pinzas, y
se lo quité. Lo examiné visualmente, y parecía encajar con el arquetipo de
collar metamágico, con varias inscripciones en latín, y un jirón pequeño de
ropa entre el rubí y el engarce. Lo metí en una bolsa, para otro estudio
detallado posterior.
Ya era hora de empezar con el interrogatorio. Agarré con las dos manos la
estaca de madera que entresalía de sus costillas, y tiré hacia atrás. En
cuanto quedó su corazón liberado de la madera, su gesto se torció
espasmódicamente, y pareció dar varias bocanadas de aire. Miró desencajado
hacia ambos lados, y empezó a gritar. Con una única orden verbal, se calló.
Sonreí ligeramente ante el hecho de que era influenciable a mi Dominación,
así que decidí realizar una sugestión, antes que decantarme por el
interrogatorio normal. Tras meter unas cuantas premisas básicas, como
contestar con franqueza a las preguntas tras escuchar la palabra Arameo, di
cuenta de su información. Aquel desgraciado no podía hacer nada para hacerse
callar, y debido a su estado, no podía escapar. Me confirmó lo que ya sabía.
Un Tremere que quería eliminar a un competidor le había entregado un
medallón de protección, y a cambio de información de diversas capillas,
debía matarle a él y a su acompañante. No obstante, no conocía la verdadera
identidad de su Mecenas, salvo por el sello de sus cartas.
Debía comunicarle mis hallazgos al Señor de Todo Londres, para que pudiera
interceder. Las pruebas ya empezaban a florecer, y el Regente pronto se
daría cuenta de mi investigación. Salí de la habitación, y me encontré en el
pasillo al joven ghoul. Me comunicó que el Regente de Londres había venido
en visita de cortesía, y que se dirigía hacia aquí para interrogar al
supuesto culpable de la muerte de su chiquillo. El cómo se había enterado,
era posiblemente por otro pupilo, pero ahora lo verdaderamente importante
era investigar a fondo el medallón, las cartas, el sello y… la grabación
oculta de la conversación. Cuando fui a mis aposentos temporales, y después
de ponerme en contacto con el Señor de todo Londres, que prometió mandar a
un delegado en la siguiente noche, me crucé en el pasillo al Regente,
visiblemente alarmado. Al parecer, al ir a interrogar al sospechoso, pues le
mentí diciendo que sólo me había dicho su conexión con los Nosferatu, rompió
sus cadenas con su antinatural fuerza y le atacó. Él tuvo que reaccionar y
convertirlo en cenizas. Por supuesto, en aquella habitación no había resto
alguno de sangre del cainita, o siquiera sus cenizas.
El Regente volvió a su capilla sonriente, y yo, ultimando los detalles para
la ejecución de un viejo, pero útil ritual para conocer diversos aspectos de
un cainita, mediante la muestra de su sangre.
A la noche siguiente, apareció un carruaje familiar, del que se bajó un
hombre vestido de enterrador, que se hacía llamar Sir Woxter. Era un
delegado del Señor, y venía con instrucciones de buscarme a mí y al Regente
implicado, para el juicio de urgencia que se había declarado. En una capilla
satélite de Londres, me encontré ante los seis Regentes y el Señor, y en el
banco de acusados, al Regente con un discípulo. Como asesor propio, tenía al
tal Sir Woxter.
Como inicio de la sesión, se hablaron de los hechos de la situación, y la
acusación que mantenía contra el Regente, que inició unas voces apagadas
entre los jueces, ante el descaro de mis palabras. Si me equivocaba, me
convertiría en cenizas al amanecer.
Comencé con la prueba de grabación del Lasombra, que según el Regente, tuvo
que matar. Después, enseñé el sello de las cartas posteadas, y mostrando que
encajaban con el emblema familiar del Regente. Éste, se mostró reticente, y
continuamente me tachaba de fariseo. El golpe de efecto se llevó con la
vista a los jueces del medallón que portaba el cainita. Sir Woxter usó sus
poderes sobrenaturales de sexto sentido, para poder recibir algunas
sensaciones extrasensoriales por parte del objeto. La imagen mental del
Regente creando el objeto, especialmente diseñado contra mi Sire, fue algo a
tener muy en cuenta por los jueces. El Regente empezaba a desesperarse. Pero
lo que sin duda fue la gota que colmó el vaso, fue al introducir la sangre
del cainita en el ritual Taumatárgico, cuando se descubrió el linaje
completo del cainita, en el que aparecía un vínculo muy fuerte, y
repetidamente reforzado, entre el Regente, como Domitor, y el Lasombra, como
esclavo.
El Señor mandó que se llevaran al Regente a otra habitación para iniciar el
interrogatorio final. Sir Woxter me confesó, poco después, que todo hubiera
sido más fácil con otro ritual Tremere que impide al objetivo mentir, pero
que de esta forma, me estaban evaluando para ingresar en un selecto grupo.
Como carecía de verdaderas raíces, y había demostrado mis dotes de
investigación, me ofrecieron entrar en la vieja orden de los Ástor. Apenas
conocida entre la Casa, es una Orden que se encarga de detectar traidores y
espías Tremere y presentarlos ante los Jueces.
Tras pensarlo una noche, acepté. Gracias a ello, me trasladaron a la capilla
de Dublín, lejos de los truculentos sucesos acaecidos en Londres. El
complejo de la Capilla de las Sepulturas, llamada así, por su proximidad al
cementerio Ian Wallter, famoso por sus fastuosas criptas, pero nacionalmente
conocido por su explanada, donde yacen más de diez mil tumbas, de diversos
siglos. Como decía, el edificio, aun siendo relativamente bajo, no más de
tres plantas, se extendía subterráneamente por debajo del cementerio. Los
acólitos recibían las enseñanzas en el uso de armas de combate cuerpo, al
igual que potenciaban y perfilaban su puntería con diversas armas de
disparo, ya que se temía el desembarco de tropas nazis en el país. Romper la
Mascarada, incinerando coches, no era especialmente agradable para el
Príncipe local. Sin embargo, aunque las guerras intestinas humanas no habían
importado mucho al clan Tremere, tras la Gran Guerra, se vio que la amenaza
humana podía llevar la caída de alguna capilla, que sirviera como centro de
ayuda para nuestros sirvientes.
Por eso, además de esas artes mundanas, en la Capilla se cultivaba una
obsesionante búsqueda por rituales de protección. Puertas que nunca podrían
ser abiertas, piedras que resistieran el impacto de una bomba… Pero también
se interesaban por el estudio de una, no muy usual senda taumatárgica. El
poderío de Neptuno, con cuyos conocimientos podrías controlar masas de agua.
Entre esas paredes me pasé cerca de veinte años, aprendiendo sus secretos,
mejorando mis aptitudes físicas, y ajustando los métodos de mi nuevo
cometido. Investigar las acciones sospechosas de un discípulo recién llegado
de una capilla de Francia, fue uno de mis primeros trabajos en solitario.
Sus continuas idas y venidas del cementerio, así como la desaparición de
diversos documentos de cierto valor para la Estirpe, dio como resultado, un
seguimiento exhaustivo, para descubrir, que poseía un amante Giovanni. El
pobre desgraciado, con una mente demasiado debilitada por el vínculo con los
Antiguos, lo había hecho demasiado timorato frente a poderes cainitas como
la Dominación. El resultado, un topo en el cementerio. Ejecutarlo, fue lo
más piadoso que podíamos hacer. Su muerte, fue rápida y sin dolor. La de la
Giovanni, sin embargo, estuvo cargada de dolor y sufrimiento. Las
disecciones humanas, han sido algo que siempre atraían de sobremanera al
Regente, y solía practicarlas, explicando como si de una clase magistral de
Universidad fuera.
Tras finalizar el entrenamiento en la pérfida Albión, y ver el casi nulo
futuro que me esperaba en Europa, puesto que únicamente podía aspirar a ser
el perro faldero de un Antiguo anclado en siglos de arcaísmo, decidí
embarcarme al nuevo Mundo, dejando atrás una isla brumosa que nunca llamé
hogar.
Como nota anecdótica, contar que tras trazar los lazos de sangre de mi
hermano mayor hasta esos momentos, década de los 70 aproximadamente,
descubrí que los hijos de sus hijos decidieron en su momento, al igual que
yo, marchar a Norteamérica, más concretamente Nueva Orleáns, en busca de un
futuro prometedor, como traficantes de oro y plata de las ciudades del Sur
de América.
Debido a una nefasta gestión durante generaciones, la vieja herencia
familiar se había volatilizado completamente, pasando al olvido el apellido
y la historia de mi familia. Aunque sabiamente, había sabido desviar fondos
y propiedades a una sociedad de banqueros, con lo que había conseguido
mantener, y aumentar gracias a los intereses y movimientos de bolsa, una
suma de dinero particular que me ofrecía una vida cómo la que había
disfrutado en la niñez.
Tras una travesía medianamente larga en un transatlántico, como viajero algo
enigmático, pues apenas se hacía ver, y que extrañamente hubiera un acceso
de anemia entre los viajeros de constitución más fuerte, cosa bastante
lógica, pues necesitaba ingentes cantidades de sangre para mantener los
vínculos del ritual del paso de agua tranquilo, un regalo de Dublín para
asegurarme la llegada a la costa.
El verdadero motivo de mi traslado a Nueva York, ciudad controlada por el
Sabbat a mi llegada, era el asegurarme que no hubiera ningún boicot ni
traidores entre las filas emergentes de la Camarilla en la ciudad. El asedio
comenzaría pronto y todas las piezas debían encajar correctamente. Y visto
lo visto, en el clan Tremere de la ciudad, había unas cuantas fisuras que
debían solaparse.
Por poner sólo dos ejemplos de la situación en NY, ya que el informe
completo de la reconquista de la ciudad podéis leerlo en cualquier resumen
realizado por los estudiosos de la historia vampírica, a mi llegada al
puerto, tuve que usar mis conocimientos ocultistas, para poder crear una
prisión móvil marina, que me permitiese cruzar la bahía, y más tarde el río
Hudson, hasta Manhattan, para poder llegar a la capilla secreta que se
encontraba en pleno núcleo de la ciudad. Por supuesto, los Sabbat habían
tenido el soplo de que un grupo de cainitas pertenecientes a la Camarilla
habían llegado en ese barco. Inconvenientes de informar a tus superiores de
NY, y que la propia capilla sea un nido de espías.
Sin embargo, una vez entre aquellas cuatro paredes relativamente seguras,
pude interrogar a todos aquellos miembros que pertenecían a la capilla, para
descubrir rápidamente, que los ghouls estaban influenciados por Nosferatu
Antitribu, y que el Regente Secundus, era desde hacía unos meses, fiel
seguidor del Sabbat, pues había visto peligrar su vida, y decidió unirse a
ellos para sobrevivir. Lo que decía, un nido de traidores. Sólo el fuego
podía purgar a aquellas almas, así que tras bloquear mágicamente el
edificio, el Regente Prima prendió fuego al lugar, esperando así acabar con
la mala hierba desde la raíz.
Las semanas, meses, incluso años posteriores, las pasábamos de forma
encubierta, en diversos pisos francos dispersos por la ciudad.
Consolidábamos las finanzas, las bandas callejeras, las drogas, e incluso la
política. Se montaba una escalera intrincada de poder, en el que el centro
era el Comité Central, representantes de los clanes Camarilla en la ciudad,
donde se planeaba la reconquista. Repito, toda esa historia la pueden
conocer de forma extensa en los diversos documentos que hay acerca de ella.
No pienso contar todo lo que ocurrió, puesto me extendería demasiado. Sólo
hacer un inciso. Costó sangre y vidas recuperar la ciudad, y aún así, siguió
habiendo presencia Sabbat en zonas marginales. Creo que en tiempos de ahora,
siguen sin tener un Príncipe estable, y eso ya es bastante.
Fue ahí cuando empecé a forjar amistades más o menos forzosas o estables con
otros clanes. No obstante, cada mente es distinta de las demás, y
sorprendería ver tanta diversidad cultural en un mismo entorno. Se notaba
que eran vampiros jóvenes, sin todavía los arcaísmos y prepotencias vistas
en la Vieja Europa.
Después de verse forjada la Capilla de los Cinco Distritos, podía dar mi
trabajo por concluido. Las bases de poder del clan estaban fijadas, y los
Regentes de cada una de las capillas parecían capacitados para su labor.
Además, al haber apoyado a determinadas facciones, se consiguió un
equilibrio entre los Tradicionalistas y Transacionalistas dispuesto a
romperse, puesto que Viena le ha encargado a “El diablillo” acabar con
Aisling, pero gracias a mis movimientos, Estévez está ahí para actuar de
tope de freno. Lo que generaría más tensiones y quizá una guerra intestina
por el poder, lo que nos llevaría a una limpieza de débiles, lo que siempre
va bien para la pirámide.
Después de todo, para construir mañana hay que destruir hoy.
No obstante, alguien no deseaba que me fuera todavía de allí.
Manuel Arias había sido un banquero que en poco tiempo había conseguido una
gran fortuna, para poco después, perderla de forma aún más espectacular. Por
eso, había fingido su propia muerte para adjudicarse el dinero del seguro,
que había sido hinchado tan rápidamente como pudo. Todo esto habría salido
bien, si no fuera porque era una empresa de un ghoul Tremere el que tendría
que perder el dinero.
Decir que el pobre hombre acabó de sus clases de humildad bastante más
blanco y con los colmillos más largos. De esta forma, tendrían al pequeño
genio de las finanzas, como contrapartida a las bolsas de valores de los
Ventrue. Quien niegue que el dinero mueve el mundo, es más un loco que un
mentiroso.
Como digo, este hombre tampoco hubiera sido muy importante, de no ser por la
forma en que pasó a interesarme su segunda muerte. Y digo segunda, porque
cuando el misil entró por la ventana y explosionó, llevándose por el camino
todo el piso, con Manuel Arias dentro durmiendo, pocos del clan supusieron
que hubiera sobrevivido, máxime cuando poco después el edificio se
derrumbara a pleno sol. La policía lo atribuyó a un ajuste de cuentas entre
bandas de influencia nacional y extrema derecha, pero cuando nuestros
expertos tecnomantes revisaron el contenido de su ordenador, en busca de
algún negocio que no conociésemos o algo, y encontramos con que todos los
archivos habían sido borrados, a excepción de uno, un archivo de texto, en
el que alguien había escrito, en una mezcla de sarcasmo y locura, las
siguientes palabras:
“Siempre me tendrás cerca de ti”
Aquello era inverosímil. Una falacia. Estaba claro que Manuel no había
escrito eso, puesto que según los tecnomantes, el archivo procedía del
exterior. Alguien sabía que íbamos a venir. Marcharnos de allí tan
rápidamente como fuera posible, por si fuera una trampa, era lo más sensato.
Debía estudiar aquella frase, por si tuviera otro significado invisible,
como si de un código se tratase. Aunque me sonaban vagamente familiares, no
dejaban de tener un aire tétrico y malsano, al pronunciarse aquellas
palabras.
Lo primero que hice, fue asegurarme de que no hubiera filtraciones de ningún
tipo. Al menos, por parte de los Tremere, no había sido. Lo cual tampoco era
demasiado bueno, puesto que eso aumentaba la búsqueda. Quizá hubiera sido un
ataque Sabbat como terrorismo urbano, pero al descubrir que los contactos en
los suburbios de Manuel, habían desaparecido completamente del mapa,
empezamos a sospechar de que alguien se había tomado muchas molestias por
encontrar su refugio. Sin embargo, no había muchas más pistas. Seguir el
armamento sólo nos llevó a una banda de mafiosos suburbanos, los cuales
“casualmente” murieron en un accidente de vehículo. Sin pistas, no se podía
avanzar.
No obstante, aquella frase me seguía dando vueltas a la cabeza. Decidí
meterla en el buscador de la intranet de la Capilla con ayuda de los
tecnomantes, por si existía algún código oculto. Ni un código
polialfabético, ni código de figuras, ni nada. Esa frase quería decir
exactamente esa frase. Pero encontramos una entrada muy interesante.
Era un caso archivado de la policía del departamento de homicidios de Reino
Unido. Al parecer, varias personas aparecieron asesinadas de forma ritual en
las cercanías de la ciudad de Londres. El modus operandi de los asesinos
(pues según las detenciones posteriores, demostraron ser un culto profano
como tapadera para una red de prostitución) era el de sacrificar a las
personas degollándolos, y cortándoles las venas de los antebrazos, para
dejarlos desangrarse hasta morir, para luego de muertos, usar su pecho como
lienzo para sus navajas. En cada una de las víctimas encontradas, el mensaje
en corte y sangre era el mismo.
“Siempre me tendrás cerca de ti”
Sin embargo, después de las detenciones en Londres, otro grupo, sin
conexiones directas con el anterior, siguió realizando asesinatos selectivos
en la ciudad de Dublín. Esta vez, las víctimas eran atravesadas con una
barra de hierro a través del esternón, y era en su espalda donde grababan
las mismas palabras que en los casos de Londres.
Esos asesinatos se remontaban a menos de hace dos años.
Pero encontrar el mismo mensaje grabado en todos aquellos actos,
aparentemente sin conexiones, fue descubrir que las víctimas tanto de
Londres, como de Dublín, eran directamente, o vía familiar, socios de algún
club intelectual de la zona. Y eso para un policía, es una conexión, pero
para un Tremere versado en costumbres del clan, es un asombro, pues a
primera vista, indicaba que las víctimas, o bien eran familiares, o eran
directamente ghouls al servicio de la Pirámide. Y aquello, era sencillamente
el aviso, la advertencia, incluso la amenaza, de un grupo que sabía los
movimientos Tremere tanto en el Viejo Mundo, como en el Nuevo. Revisé cada
uno de los nombres de los asesinados con las fuentes de datos del Reino
Unido, e incluso realicé llamadas para verificar lo que ya me temía. Los
contactos del otro lado del Atlántico no habían remitido las muertes de sus
ghouls y familias a los Antiguos del clan, por haber sido víctimas de
humanos sin relación con ningún grupo que persiga a los Tremere. Eran
simples humanos. Después de contarle lo sucedido aquí, ya no pensaban igual.
Debía avisar a la Suma Regente de todo el asunto. Aquello no podía presagiar
nada bueno.
Abandoné la capilla Este para pasar por la Central, aunque antes debía
realizar una parada en mi apartamento para recoger el disquete con el
extraño mensaje hallado en el ordenador del Tremere asesinado. Durante todo
el trayecto en automóvil, me sentía bastante nervioso y alterado, incluso
paranoico. Saltarse los semáforos no era tónica habitual, pero tenía el
presentimiento de que en cualquier momento una turba de humanos, seguramente
alentados por mis enemigos vampíricos, se arremolinaban a mi alrededor y
prendían fuego al coche. O quizá, hubiera una bomba en el vehículo que fuera
a explosionar en cualquier momento. Pensamientos absurdos, fruto de la
paranoia incipiente.
Llegar al edificio de apartamentos en el sur de Manhattan me relajó un poco,
puesto que la seguridad del edificio de lujo, aunque humana, era un acierto.
Al menos las cámaras de seguridad podrían grabar algo sospechoso, o alguna
intromisión en mi refugio. Saludé escuetamente al portero y cogí el ascensor
para subir a la 10º planta. En el ascensor terminé de sentirme mal. Era el
olor. Olor a viejo. Olor a corrupción. A maldad. Antes de que el ascensor se
parara, saqué el Colt Anaconda de la funda y le cargué las balas. Accioné el
percutor y el arma quedó cargada. Cuando el ascensor paró, salí rápidamente
de él, mientras mentalmente recitaba las palabras de concentración para que
de mi palma libre, surgiera una llamarada mágica, lista para quemar al
posible intruso. Me acerqué a la puerta acorazada, dispuesto a guardar el
arma y desvanecer la llama para abrirla con la llave de seguridad y el
código cifrado… Pero la puerta ya estaba abierta.
Con una orden mental, la puerta terminó de abrirse, y a mi paso, las luces
del apartamento se encendieron. No parecía que hubiera habido alguien
dentro, salvo por el olor a cloaca y cripta que emanaba del suelo. Consulté
el ordenador de seguridad, pero lo habían formateado. Alguien se había
colado en el edificio, había sorteado al portero y abierto mi casa para…
dejar un paquete encima de mi cama.
Alarmado ante la posibilidad de que fuera una bomba, rastreé mediante los
sentidos agudizados la presencia de un explosivo, por el olor y las
vibraciones. El único resquicio que me llegó, fue el olor del moho y la
porcelana. Intrigado desde luego, me acerqué a la caja de cartón marrón.
Tenía una hoja lacada en blanco, y escrito a pluma, sólo dos palabras. “Para
Pendergast”. Dejé la hoja en un lado de la cama, y levanté las tapas de la
caja. Aliviado porque no hubiera estallado todo eso, me extrañé de encontrar
restos de papel de periódico cortado en tiras, a modo de seguro contra los
golpes. De primeras pensé en que fueran los recortes todo lo que tuviera la
caja, pero pesaba demasiado para ser sólo periódicos viejos. Quité los más
que pude, y entonces me quedé aterrado. Protegido por el papel, se
encontraba una muñeca de porcelana, de más o menos un cuarto de metro, con
la piel amarillenta por el tiempo y la suciedad, en vez del blanco original
que se adivinaba si alguien rascaba en la superficie. Sus ojos eran grises,
o todo lo grises que podían estar después de tanta suciedad y tiempo. El
pelo lo tenía corto y negro, aunque sin lustre y mal peinado. El traje,
parecía del siglo XVIII. En conclusión, era una muñeca muy antigua, como las
que coleccionaba su hermana pequeña cuando yo no era más que un crío. Sin
embargo, cualquier coleccionista hubiera tenido un paro cardíaco si hubiera
visto en qué condiciones estaba la muñeca. Descasquillada por varias partes,
y con el olor tupido y denso del moho entre sus junturas. Una nota escrita a
mano, estaba atada con una goma a un brazo suyo. Sólo ponía escrito en
letras muy recargadas:
“Siempre me tendrás cerca de ti”
Abrí los ojos y enmudecí. El rostro se me petrificó en un horror
caricaturesco. Aquello ya rozaba la conspiración. Sin embargo, lo más
importante en aquel momento era marcharse de allí y no volver más al
apartamento, puesto que sabían dónde se encontraba. Quienes lo sabían, lo
ignoraba, puesto que mis enemigos todavía no tenían un rostro. Cogí la
muñeca y la metí en la caja, junto al sobre. Me fui rápidamente del piso
hacia la portería. Le pediría el video de vigilancia al portero, para ver
qué es lo que había entrado en mi refugio. En cuanto bajé, le pregunté al
guarda si había entrado alguien desconocido, o preguntando por mí, pero lo
único que contestó es que no había entrado nadie, y que había estado viendo
el partido vía satélite. Me llevé el video para verlo en la Capilla Central,
mientras le explicaba mi punto de vista acerca del asunto que podría
traernos entre manos. En el video, estaba seguro de que me encontraría a un
ser deforme, a un borrón fotográfico, o una neblina. Ya no eran simples
humanos. No podían serlo. Sabían demasiado, y eludían de forma magistral la
seguridad del lugar. Tenían que ser vampiros. Y unos que odiasen a la
Pirámide. Sin embargo, en esa frase encajaban todos los vampiros que
conociesen las verdaderas motivaciones Tremere.
Salí del portal del edificio, encaminándome hacia mi vehículo estacionado.
Saqué las llaves, y las acerqué a la cerradura, pero antes siquiera de que
los dos metales se rozasen, mis oídos se sobrecargaron de ondas sonoras, mi
cuerpo se vio encogido ante los estímulos sonoros y la presión que de
improvisto, sacudió mis células nerviosas.
Cuando giré la cabeza hacia la ventana de mi apartamento (por un fatídico
presentimiento), el brillo del fuego saliendo por las ventanas se reflejó en
mis pupilas. Alguien había explosionado mi refugio. Fui corriendo hacia la
portería, en busca del guarda, pero un pensamiento cruzó mi mente casi por
casualidad. “Cuidado con segundas explosiones”. Los artificieros de la
policía actual siempre después de una explosión, desalojaban, puesto que
podría haber una siguiente.
Esos segundos de confusión en los que no me moví, quizá me salvaran de un
bronceado mortal. La segunda explosión no se hizo esperar. La cristalera
estalló en pedazos, y me vi bañado en vidrio de alta calidad. El fuego que
salía del portal confirmaba la segunda explosión. El guarda había sido
volatilizado, para que no pudiera usarlo como fuente de información. Aunque
quizá ellos no considerasen importante las cámaras de seguridad ocultas a la
vista de los visitantes.
Me metí rápidamente en el automóvil, y lo arranqué, esta vez, con mis
sentidos agudizados esperando oír algo distinto, o un olor que no encajase
con el Cadillac. Necesitaba hacer millas para hacerme una idea del calibre
que tenía el enemigo. Otro de aquellos malos pensamientos seguía apareciendo
intermitentemente en mi mente. Me podrían haber matado, pero no lo hicieron.
Estaba seguro que las bombas sólo habían sido para limpiar pruebas,
disuadir, y joder en general. Un, “estamos aquí Pendergast”. Aquella
sensación de impotencia, de inseguridad, de no poder adelantarse al
siguiente paso. Esa sensación de persecución, de un movimiento imperceptible
en las sombras…
Metí el vehículo en un aparcamiento subterráneo de seis plantas, puesto que
había un sedán rojo y una camioneta azul que se estaban turnando para
seguirme. Posiblemente no fueran más que esbirros humanos dispuestos a
seguirme para luego informar, pero por su forma de actuar, parecían
profesionales. Al turnarse los vehículos, nunca daba la sensación de
persecución, pero gracias a mis sentidos agudizados, y memoria eidética, los
identifiqué. Así pues, al haber entrado en el aparcamiento, aceleré en la
primera curva para bajar rápidamente los pisos y poder perderlos. Sabía que
un vehículo se había quedado fuera y otro me seguía. Pero al poder bajar más
deprisa que ellos, me dio tiempo para aparcar el vehículo en mi plaza
reservada, y coger el otro coche disponible de mi cochera, un suburban azul
oscuro, muy clásico entre la clase media-baja de NY. Salí del aparcamiento,
y divisé la furgoneta que se había quedado rezagada. Ni siquiera sus
ocupantes echaron un vistazo a mi coche.
Tras despistarlos, me encaminé dando un rodeo, por si acaso, a la Capilla
Central. Tenía una cita con la Suma Regente, y todo este asunto debería ser
informado ante los Ástor, puesto que había un traidor, y cuando lo
encontrara, lo estacaríamos y lo deshollaríamos, y luego sería quemado. O
mejor, primero lo deshollaríamos y después lo meteríamos en una bañera llena
de ácido fluorhídrico.
Tras aparcar detrás del pequeño edificio que conformada la célula central de
la Pirámide en la ciudad, me encaminé presuroso hacia la entrada. Una vez
cruzada, me sentiría mucho más seguro. Me reuní con la Suma Regente en su
despacho personal. Las negras maderas exóticas, junto al níveo marfil traído
de la Costa Negra, daban un aire muy de colonia inglesa que no me terminaba
de convencer. Seguramente, sólo fuera un gusto temporal, porque de lo
contrario…
Empecé a explicarle a Aisling los asesinatos de Londres y Dublín de ghouls
de la Casa Tremere en la isla. Su nula relación aparente con vampiros
resentidos, y el mensaje críptico que se encontraba en todos y cada uno de
ellos. Luego le pasé a relatarle la muerte del Tremere en New York, a manos
de humanos, y la desaparición de los posibles chivatos del refugio. El mismo
mensaje encontrado en su ordenador personal. La intromisión en mi refugio,
el extraño regalo encontrado con la misma frase, y la explosión de tanto mi
refugio como la entrada del edificio. Y por último, el seguimiento por parte
de dos autos en las calles de camino aquí. Visionamos juntos el video de
seguridad, y lo que vimos, fue cuanto menos escalofriante.
El vídeo tenía bastantes interferencias, pero encuadraba perfectamente la
entrada del portal. Era de toda la noche, así que empezamos a pasar hacia
delante. Una hora antes más o menos de que llegara al edificio, dos sombras
ennegrecidas y tapadas parcialmente por las interferencias entraron en el
recinto. Aunque el guarda estaba delante de ellas, ni se dio cuenta de que
pasaban al lado. Debían de estar ofuscados, y por los tupidos ropajes,
posiblemente Nosferatu, o alguien que no quería ser reconocido al saber que
al visionar el vídeo, lo más seguro es que la magia de la ofuscación se
rompiera y revelara al allanador. Desaparecían del ángulo de la cámara.
Seguimos rebobinando el vídeo hacia delante. Bajaron las dos sombras
ennegrecidas, y una de ellas colocó una especie de caja detrás del mostrador
de portería. Ambas se marcharon por la puerta principal. Al seguir
rebobinando, se me veía a mí entrar en el edificio, ir hasta el ascensor,
volver, y dominar al portero para que me diese la cinta. Entonces, la cinta
se acabó pues no siguió grabando.
Pero yo sabía lo que continuaba. La explosión. El infierno terrenal.
La Suma Regente estaba preocupada por el lance de la cuestión. Ahora se daba
cuenta de que realmente había un peligro potencial acechándonos. No
obstante, delegó en mí la tarea de esclarecer el asunto.
Me retiré a mi refugio en la capilla. Ya era casi el amanecer, y ponerse a
contactar ahora con Inglaterra era estúpido, pues allí hacía tiempo que ya
era de día. Decidí esperar a la noche siguiente para comenzar con las
pesquisas.
La oscuridad obnubilante. Sentirse perdido, desorientado. Sin ninguna
referencia física. Sólo negrura a tu alrededor. Y al fondo, una figura
humana que se está quieta. Intento acercarme a ella, a su luz fantasmagórica
que la rodea. Y él se acerca a mí. Cada paso dado por mí son dos avanzados.
Pronto distingo a un joven, rubio y bastante blanco, aunque no con ese
blanquecino propio de los muertos. Le oía respirar. Notaba sus palpitaciones
cardíacas. Y cuando estuve a menos de medio metro, supe realmente quién era.
Era yo, de joven. Apenas contaría con más de veinte años. Levanté una mano
para sentir el tacto de su piel. Él también levantó el brazo. Pero cuando
fuimos a juntar los dedos, noté el tacto frío del metal. Coloqué toda la
mano, y toda la mano sintió una descarga eléctrica. Me eché hacia atrás, y
fruncí el ceño. Mi otro yo, también hizo lo mismo.
Era un espejo. Pero un espejo que me reflejaba cuándo todavía estaba vivo. Y
ahora me notaba respirar, notaba mis pulsaciones. Volvía a estar vivo.
Volví a colocar la mano en el espejo. Pero éste, empezó a calentarse y a
brillar con luz propia. Quité de sopetón la mano, y el cristal se fragmentó
rápidamente y los trozos cayeron al suelo. Ya no había nada. Nada salvo
aquellos ojos verdes mirándome en la negrura. Y aquellas cacofonías que me
obligaban a taparme los oídos. Repetían sin cesar, “siempre me tendrás
cerca de ti”.
Me desperté de golpe, en el lecho de mi cama. Miré el reloj y vi que era
justo la hora del anochecer. Maximizando el tiempo de lucidez, conseguiría
más información. Aquella pesadilla no obstante, me había destrozado los
nervios. Y por extraño que parezca, no se había desvanecido como un mal
sueño, sino que a cada paso que daba, la recordaba perfectamente,
atormentándome desde el interior. Me di un baño de agua helada, ya más
tranquilizado y relajado, preparé un té a la manzana. Para mí, preparar té
es un arte, más que una rutina. Hay que seleccionar el agua correcta,
calentarla en el recipiente correcto, y seleccionar el mejor té que se puede
encontrar en el mercado de EEUU, el zarcero de hoja roja de las montañas del
Tíbet. Aunque suene a chiste, existe realmente.
Después de seguir relajándome desviando la mente hacia la preparación de la
bebida, disfruté del olor que desprendía la taza, y sorbo a sorbo, disfruté
en el paladar de su sabor. Aunque por supuesto, sin llegar a tragarlo, o de
lo contrario hubiera tenido que vomitar, y es una sensación que me
desagrada.
Empecé el trabajo asignado, realizando un ritual bastante práctico para las
grandes distancias, “el canto de la paloma”, por el cual uno podía conversar
durante unos minutos con la persona asignada. Quemé el incienso, realicé los
pases mágicos y entoné el canto de la paloma. Por último, me hice un corte en un dedo
con una navaja fina y derramé un poco de sangre en un círculo de plumas.
Entré en trance, buscando la mente que estaba a más de 10.000 km de aquí. En
seguida, Woxter me replicó la llamada. Entablamos conversación, directamente
al asunto, pues era duro y cansado mantener el vínculo durante mucho rato.
Le comenté lo de los asesinatos de Inglaterra, y que debían buscar las
referencias que tuvieran con los vampiros. Lo necesitaba lo más pronto
posible.
Tras aquello, comencé a trabajar en el vídeo. Conocía un par de técnicas
para desvelar quienes eran los de la cinta. En primer lugar, corté los
fotogramas donde apareciesen las dos sombras, cada vez menos ennegrecidas,
por la degradación de la energía residual de la ofuscación. Entonces empecé
a aplicarle una solución salina, que tenía en parte sangre de vampiro, y
bendecida con poder de expulsión de energía negativa de los objetos. Desde
luego, los rituales son cuanto menos… interesantes. Con las palabras de
poder, y untando los fotogramas con la mezcla mágica, debería poder borrarse
del todo la ofuscación. Ahora sólo era cuestión de tiempo.
Casi al amanecer, había logrado la identificación de los vástagos. Por el
tiempo y la forma de desaparecer las manchas, presupuse que sólo uno de
ellos poseía ofuscación, a nivel muy alto, puesto que había ofuscado también
a su acompañante. El vástago ofuscante, sin embargo, seguía sin poder
identificarlo puesto que iba aún así, completamente tapado, por lo que
deduje que podía ser un Nosferatu, o un Gangrel Urbano. Lo que sí era
cierto, era su afiliación. El símbolo cabalístico en su espalda no dejaba
dudas. Era Sabbat. Sin embargo, su compañero no tuvo tanta suerte. Aparte de
aparecer mirando a la cámara sin interferencia alguna, por su forma de
actuar se veía que no estaba del todo seguro.
El siguiente ritual terminó por confirmar sospechas. El “recordar a los
amigos”, permite descubrir las afiliaciones del sujeto, y muchas veces tanto
intenciones, como clan, incluso generación o sire.
Ya estaba localizado. Según el ritual, aquel hombre era un neonato de la
capilla del Este, que engatusado mediante el poder de un Antiguo del Sabbat,
no el de la imagen, había accedido a chivar mi refugio, robando esa
información de la capilla, para poder ascender un círculo de poder. El tal
Thomas Krevine, otra oveja descarriada que debía ser reconducida al redil
del pastor.
Últimamente, en todas las capillas había traidores a la Pirámide. La sangre
débil estaba haciendo destrozos a una velocidad alarmante.
Decidí esperar al día siguiente para ir a interrogar a Thomas, y quizá,
empezar a quitarle la piel a tiras.
De nuevo la noche. La oscuridad. La negrura. Como si de alquitrán goteando
se tratase. Una ceguera total que no dejara ni distinguir la más mínima luz.
Y en medio de aquella confusión, el sonido de gotas de agua cayendo contra
el suelo de piedra. Cada vez con más fuerza, con más ahínco. Y entonces,
miraba hacia abajo, y me veía sobre un suelo reflectante, de un brillo
dorado de oro puro. Tenía un relieve, y era un círculo, en el que me
encontraba en el medio. Parecía una moneda. Eché la vista hacia delante, y
otro objeto de dimensiones dantescas apareció. Se trataba de una corona de
madera toscamente adornada, en la que arriba del todo, se encontraba de
espaldas, la muñeca estropeada que había encontrado en mi refugio. La muñeca
giraba su cuello, y me miraba, con unos ojos verdes brillantes e
innaturales. Seguía escuchando las gotas de agua caer pesadamente. Pero
estaba vez, no era agua, sino sangre. Sangre que manaba de un techo
invisible, y que al caer al suelo, cerca de mí, pero a la vez, lejos, iba
formando letras sueltas. Pronto, la sangre caída había formado la conocida
frase. “Siempre me tendrás cerca de ti”.
El despertar fue igual de desorientante que la noche anterior. La pesadilla
seguía reinando en mis pensamientos aún después de una ducha de agua
hirviendo. Preparé todo lo necesario para el ritual del “hueso de las
mentiras”, para lo cual cogí el fémur de un antiguo esqueleto y sobre él
proyecté las palabras de poder, además de verter algo de sangre. Empezó a
brillar tenuemente, lo envolví en tela, y lo guardé en el maletín. No me
olvidé de coger el Colt Anaconda con balas de punta hueca. Esta noche iba a
interrogar a Thomas, y quizá hubiera que ir de caza para ello.
Había informado al Regente de la Capilla del Este de mi llegada, y que
preparase una habitación con el ritual de “Anulación”, que tiene el poder
suficiente para suprimir cualquier intento de usar niveles no muy altos de
Taumaturgia. Un seguro para que aquel mequetrefe no intentase volatilizarse
una mano. En cuanto llegué, hablé con el Regente para que trajese a Thomas a
la habitación, con la excusa de ser una conversación sobre sus
investigaciones privadas. Le esperé en la habitación, que tenía una única
silla, dando vueltas alrededor de ella. Cuando abrió la puerta y la cerró
tras de sí, enfocó su vista en mí. El susto inicial me reveló cierta
información. No me esperaba encontrarme… o quizá encontrarme vivo.
Clavé mis ojos en los suyos, y con una única palabra, el hombre se dirigió a
la silla y se sentó respetuosamente. Entonces saqué el hueso, lo cogió con
su mano, y empecé el interrogatorio.
Muchos minutos, preguntas, uso de dominación y coloraciones negruzcas
después, conseguí sonsacarle toda la información posible. Aquel desgraciado
adicto a la sangre de prostituta heroinómana, había conocido debido a su
constante búsqueda de sangre adulterada a un camello que era ghoul de un
vampiro que controlaba parte del sector. Debido al debilitamiento mental de
Thomas, en parte por los golpes en la cabeza de joven, y en parte por su
susceptibilidad a la dominación y presencia, acabó contándole sus penas y
desgracias al ghoul. Éste, como una buena oveja, se lo contó todo a su papá
vampiro, dando la casualidad de que era miembro del Sabbat. Así que este
vampiro le prometió a Thomas subir al poder de la Capilla, a cambio de la
información de mi refugio y mis rutinas. Esta historia empezaba a sonarme
demasiado. No obstante, aquel ridículo de vampiro no diría mucho más, puesto
que parte de la sangre que le habían pasado, era del vampiro en cuestión.
Conclusión, un vínculo de sangre completo.
Al menos, tenía el mote del vampiro, “Ópalos verdes”, pues según la
descripción de Thomas, tenía los ojos verdes. Una punzada de presentimiento,
me hizo pensar en un Toreador, pero únicamente por la horterada del nombre.
Me iba a marchar de la habitación, cuando comenté casi por casualidad, que
iba a sacarle la piel a tiras a ese cainita, cuando Thomas me gritó que
sería imposible coger a su Amo, puesto que hacía días que se había ido de la
ciudad. Sonreí para mis adentros, aquella era una información muy valiosa.
Llamé al Regente, y le di las instrucciones para que estacaran a aquel pobre
desgraciado y lo enviaran a Viena, para una reeducación. Los Astor habían
actuado de nuevo.
Volví a mi refugio, y me puse en contacto con Viena para el traslado
obligado de Thomas a las catacumbas de la Gran Capilla para que lo tratasen,
ya fuera en algún experimento, o para tener una estatua viviente. Me acosté,
pensando en que cada vez que daba un paso en la investigación, ésta tomaba
caminos cada vez más extraños. ¿Por qué el Sabbat quería azuzarme, jugar
conmigo sin matarme? ¿Y todos esos mensajes? ¿A qué extraña razón venían?
La bóveda de la iglesia era enorme. Echado en el marmóreo suelo, notaba
moverse las losas debajo de mí. Como si de un traqueteo fuese. Las columnas
ascendían hacia el cielo, cubierto de un manto de mil estrellas, brillando
cada una de ellas, como si compitiesen entre ellas. Me levantaba lentamente,
los mosaicos de las paredes bailaban alrededor de mí, para no permitirme qué
dirección tomar. Pero allí la veía. Estaba de espaldas. Parecía una mujer
joven. Vestida con un traje de noble muy, muy antiguo. Más antiguo que mi
juventud. Su piel era blanquecina, como si de una geisha se tratase. Intento
acercarme. Cada paso que doy, me cuesta una eternidad. Algo me retiene. Miro
hacia abajo, y veo unos grilletes enganchados a mis pies. Sigo la cadena, y
en vez de ver una roca, veo el cadáver de un hombre, que lleva días muerto.
Me giró de nuevo para encarar a la figura femenina. Pero ahora ya no está
lejos. Apenas un par de metros. Intento acercarme, y piso charcos cuando
camino. No son de agua, sino de sangre.
Sujeto con mi mano el delgado hombro de ella, y le doy la vuelta, para ver
quién es. En cuanto la encaro, doy un paso hacia atrás aterrorizado. Ella
cae al suelo, como inconsciente. Aunque realmente cae al suelo, porque no es
humana. Se trata de una muñeca de porcelana, que tiene el rostro contraído
en un gesto de pena, mientras las mejillas están rotas y sucias, unas
lágrimas recorren su rostro. Sus brazos sujetan, junto a su pecho, un
retrato de mí mismo. Se lo arranco de las manos, y entonces, de su corazón
empieza a manar sangre a borbotones. Me levanto asqueado por la sangre. Y
entonces, veo escrito en su frente, “siempre me tendrás cerca de ti”.
Aquella era la tercera noche que las pesadillas me perseguían. Todas
distintas, y todas parecidas. Siempre se repetía el tema de la sangre, la
muñeca, y la dichosa frase. Esas palabras me acosaban constantemente, y en
cuanto me veían con la guardia baja, me volvían a atacar.
Esta noche debía comunicarme con Woxter, para ver sus adelantos en la
investigación. Sin embargo, una vez bajara a la zona de laboratorios para
despejar y echar una ojeada al trabajo de los nuevos neonatos, un ghoul
temeroso se me acercó, con un sobre en la mano. Me explicó que un hombre lo
había traído por la mañana, alegando que era parte de una investigación. Mi
nombre constaba en el sobre, puesto a tamaño bien grande, y con la misma
caligrafía que la de la nota de encima de la caja de la muñeca, ponía, “Para
Pendergast, espero que esto ayude”.
Me fui a mi habitación temporal, cansado ya de tanto juego. Abrí el sobre
con un abrecartas de plata, y extraje la hoja, que era exacta a la
encontrada junto a la muñeca. La letra era recargada, aunque menos que
anteriores veces. Si la otra podría pertenecer a un hombre, ésta era sin
duda de una mujer. Ponía tal que así.
“¿Todavía siguen tus pesadillas? Date cuenta que sólo es tu pasado
reflejado. En él encontrarás la verdad, aunque duela.”
Una línea en blanco, y ahora la letra era la del hombre.
“¿Te está gustando el juego? Búscanos, puesto que nuestro asunto sólo nos
concierne a nosotros y a ti, Pendergast. No se puede huir del pasado.”
Acababa firmando como “Ópalos Verdes”. Me entraron ganas de quemar la carta,
y todo el lugar. De desencadenar mi ira en llamas. Pero me contuve. Aquellos
bastardos me habían dado una pista fundamental. Mi pasado. ¿Pero hasta
cuándo debía remontarme? Habían nombrado mis pesadillas. Eso era porque
sabían que cuándo viese la muñeca, ese gesto las desencadenaría.
¿Dementación? No lo creía. Los sueños son reflejos de la realidad, enviados
por el subconsciente, sólo se tenían que desenmarañar.
Así pues, investigaría mi propia mente, hasta la edad en que era todavía un
mortal, puesto que el sueño había dado a entender eso.
Me senté en la cama, y crucé las piernas. A mi alrededor tracé un círculo
con plumas. Cerré los ojos, y empecé la intrusión mental. Un ejercicio que
había aprendido en mis primeras etapas de aprendizaje, cuando todavía
formaba parte de los Cazadores de Recuerdos.
Reconstruí la imagen mental de mi habitación. Reactivé el sonido. El tacto
de las plumas en mis manos. La presión del aire cargado de incienso.
Y comencé a aislarnos uno a uno. El olor, a disgregarlo en esencias cada vez
más puras, y luego suprimirlas de mí mismo. Después, el tacto se desvaneció
como si fuera bruma. Los sonidos se redirigieron, se enmudecieron, y más
tarde, se anularon. La habitación fue perdiendo colores, hasta ser una
combinación de grises. Cada uno de los objetos de la habitación se
recolocaron en mi mente, giraron, y se desmontaron en piezas que
desaparecían al poco. Un rato después, sólo había negrura. De ella surgió un
tablero de ajedrez. La segunda fase entraba en juego. Dos mentes
independientes una de las otra, jugaban al ajedrez con rapidez. Cada una era
distinta, tenía motivaciones, forma de juego, diferente a la otra. No
conocían los movimientos próximos que realizaría el contrario. La partida no
acabó en tablas, sino que antes de que uno de los dos jugase jaque, el
estilo de juego cambió, para convertirse las piezas en una baraja.
Ahora, eran cuatro jugadores de bridge, con cartas distintas, que
desconocían las cartas de los contrarios, y que jugaban por parejas,
lanzándose signos entre ellos, e intentando cazar los del equipo contrario.
Una muestra de concentración máximo. Después de unas cuantas partidas, me
sentí lo suficientemente predispuesto para visitar la mansión de mi mente.
Una edificación mental con cada uno de mis recuerdos y vivencias. Objetos
que vi, recuerdo, o fueron importantes para mí, decoran el lugar. Cada una
de las puertas me lleva a una etapa de mi vida. Pero desde hacía tiempo, la
casa tenía dos pisos, como separación principal. En vez de subir al segundo
piso, mucho más amplio y complicado, pues era mi vida como ser inmortal, me
quedé en el primer piso, quitándole el polvo al lugar.
Me orienté en el lugar y me encaminé hacia las últimas puertas. Fui pasando
puertas, las que sabía, inconscientemente, que allí no habría lo que estaba
buscando. En algunos momentos, parecía que alguna habitación parecía algo
vacía, como si hubiera perdido algún objeto, que se traducía en recuerdos.
Saqué la muñeca de porcelana para realizar un experimento mental. Decidí
cambiar la situación de las habitaciones, por lo que los recuerdos se
almacenarían no por tiempo real, sino por objetos. Así que puse la muñeca en
una habitación vacía, y empecé a concentrarme en recolocar los recuerdos.
Una corriente de aire me empujó hacia atrás, y en cuanto salí del lugar, la
puerta se cerró tras de mí. Aquella puerta no era normal, ya que en vez de
ser de madera de ébano, como el resto de ellas, era de hierro forjado, tenía
varias cerraduras, y sellos arcanos. Intenté abrirla, pero necesitaba una
llave. ¡No podía acceder a mis recuerdos! Por alguna razón, me había vedado
a mí mismo la entrada a todos los recuerdos pertenecientes a ese hecho.
O quizá no hubiera sido yo. Investigué los signos arcanos que aparecían en
la puerta, así como el funcionamiento de la cerradura. Todo el trabajo de
encerrar los recuerdos, había sido mediante dominación, en la época en que
todavía era humano y vivía en Londres. Y lo más extraño, había sido hecho
por un Tremere famoso precisamente en reconstruir pasados. Necesitaba
acceder a ellos, pero para ello, necesitaba a alguien que dominase de igual
forma o mejor el poder de la Dominación. Y sabía que para ello debería
viajar al Viejo Mundo de nuevo. Si Ópalos Verdes conocía mi pasado, era
porque algún vampiro de la época se lo había dicho, o peor aún, había estado
presente.
Salí de la mansión mental, para encaminarme a la consciencia de nuevo.
Utilicé el círculo de plumas para orientarme, y no perderme en mi propia
nebulosa de pensamientos. Una vez que me levanté de la cama, pensé en
comunicarme con Woxter. Pero él lo había pensado antes, por lo que cuando me
llegó el contacto empático por el ritual del canto, acepté sin reservas.
Rápidamente le puse al día con la información del traidor Tremere, el sobre
que me había llegado, y la forma de poder recuperar mis recuerdos extirpados
hacía mucho tiempo, por una razón desconocida. Él a cambio me confirmó que
ese tal Ópalos Verdes era el verdadero causante de las instigaciones a los
cultos humanos para los asesinatos, y que hacía un par de años había
emigrado a Norteamérica. Decidí volver a Londres, y Woxter prepararía todo
lo necesario para la sesión de regresión.
Esa misma noche preparé todo lo necesario para viajar en un avión privado
que, al aterrizar en suelo londinense, quedase guarecido en un hangar hasta
la noche, momento en el cual vendría un vehículo a recogerme. La mezcla de
dinero y dominación hicieron que no tuviera ningún percance, salvo cinco
horas de viaje, más o menos. Aquel día, no soñé con ninguna pesadilla nueva,
sólo con las tres anteriores, pero de continuo, enlazándose una a
continuación de la otra, como si fuese un tiovivo.
En cuanto subí al vehículo prestado por la agencia, un Toyota no muy nuevo,
pero que al menos cumplía con las normas de higiene básicas, sentí un
maremágnum de sensaciones que pensaba que había perdido hacía mucho, mucho
tiempo. Las calles cerradas, la niebla persistente, la gente atechándose con
paraguas de la continua lluvia…Todo eso había cambiado, habían pasado unos
50 años, y la ciudad ya no era la misma. Había crecido convirtiéndose en un
espejo de las urbes modernas. Luces de neón, ruidos continuos, ajetreo a
todas horas. Y mucha contaminación. Desde luego, no era el sitio idóneo para
vivir. Después de perderme unas tres veces, por fin llegué a la antigua
capilla de Londres. En la puerta de entrada me esperaba Woxter, algo
nervioso por los acontecimientos recientes. Ese nerviosismo se notaba
incluso en la misma capilla. Renovada con nuevos refuerzos de piedra, pero
también con sistemas de seguridad humana, como cámaras de infrarrojos y
demás parafernalia sacada de Star Treck. Lógicamente, las defensas mágicas
habían aumentado mediante rituales de protección, incluso de verificación.
Según me contó Woxter, en cada capilla había un maestro carcelario, que se
dedicaba exclusivamente a refinar los poderes de la senda del hogar.
La paranoia empezaba a resurgir en la Pirámide. Tuve que usar parte de mi
sangre en un nuevo ritual que verificaba el status del vampiro, como si de
una huella digital fuera. Fuimos a una habitación interior, para que el
ruido del exterior tuviera el impacto mínimo. Allí había colocado dos
sillones orejeros de cuero, uno enfrente al otro. En uno de ellos estaba
sentado Llaner, un antiguo compañero de mi Sire, y de poder parecido,
especializado en el arte de la Dominación. Él había sido el que me había
intervenido la primera vez. Se levantó para saludarnos, y advertirnos que en
efecto, le dispusieron que me reconstruyese episodios de mi vida muy largos,
incluso de años, puesto que su recuerdo me había trastornado psíquicamente,
y no era beneficioso para el clan. Escuchar eso dejaba a uno un sabor de
boca no muy agradable, aunque encajaba perfectamente en los procedimientos
de la pirámide. Le expresé mi deseo de seguir adelante, puesto que alguien
conocía ese pasado, y aunque todavía jugaba conmigo, su deseo era mi muerte.
Él asintió, y comenzó el proceso. Lo último que recuerdo de esa noche fue
sentarme en el sillón de cuero enfrente de Llaner, y mirar a sus ojos. El
poder de la dominación es inmenso.
Me desperté atontado a la noche siguiente. Había vuelto a soñar, pero eran
sensaciones y recuerdos inconexos. Aunque no tenían un tono de pesadilla,
habían resultado igualmente desorientadores. Viejos códices, compañeros
desaparecidos, una fiesta de alta sociedad, una esbelta figura femenina,
sensaciones de romanticismo y amor, las estrellas en una noche de primavera,
el rencor hacia un anciano que poco a poco se perfilaba, y el sentimiento
apremiante de marcharse con aquella joven. Un reencuentro fatal con el
anciano, un disparo, y luego muerte, para dar lugar al ostracismo, el
destierro, y los intentos suicidas. Y luego, paz, la paz del olvido.
Era cierto que la verdad dolía. Llaner predijo que era mucho más fácil y
rápido devolver recuerdos, pues sólo hay que desencadenarlos, no
seleccionarlos, encerrarlos y reconstruir el pasado. Sin embargo, era más
traumático, puesto que la carga emocional y de datos, golpeaban a la psique
hasta que el flujo volviera a la normalidad. En menos de tres noches,
debería recordar todo nuevo, incluso de mejor forma que si lo recordara de
toda la vida, puesto que habían sido bloqueados poco después, y no perdidos
en el tiempo. Esas tres noches las invertí en introducir en mi mansión
mental, y saborear aquellos recuerdos, uno a uno. Era casi como leer un
libro sobre tu propia vida, como si de una tragedia griega fuera.
Y aquel “Ópalos Verdes” conocía todo esto. Al final de la tercera noche
comencé a encontrar las conexiones con todo aquello. La muñeca encontrada en
mi hogar, desvencijada por el tiempo, era exactamente la misma que había
comprado para Katherine aquel día. Se había perdido esa misma tarde, por lo
que aquel sádico al que le gustaba jugar conmigo debería haber estado
presente, o al menos uno de sus esbirros. Y la frase que se repetía
metódicamente, era la misma pronunciada por mi amada, en su lecho de muerte.
¿Cómo podía saber aquello? Y había otra cosa. El último recuerdo antes de
caer inconsciente fueron unos ojos verdes. ¿Podría ser posible? ¿Aquel
bastardo había estado presente en aquel momento? ¿De aquella ya era un
cainita? ¿Quizá eso explicase la reacción del anciano, casi metódica, como
si estuviera dominado o algo parecido?
La paranoia me asaltaba, pero una especie de esquema de resolución había
asomado. Aquel vampiro tenía a su servicio al anciano, que podría servirle
para obtener propiedades de las que disfrutar. Quizá a cambio le prometió a
Katherine. Conmigo en medio, sus planes se habían ido al garete, y cuando el
anciano quiso asesinarme, y falló, él estaba presente. Me dejaron tirado en
un callejón pensando que me moriría yo solo, debido a los golpes, o por la
culpa después de aquello. Sin duda el cainita se había apoderado de la
muñeca. Quizá dispuesto a vengarse de mí, pero como era un sencillo humano
quizá hubiera pensado que era mucho más divertido verme morir de viejo. Pero
al convertirme en un Tremere, y desaparecer del mapa, él me olvidó. Más
tarde, más o menos hace unos dos años, debió de descubrir que seguía con
vida, así que empezaron esos asesinatos, en cada ciudad que había sido
importante para mí. Londres, Dublín, New York… Debió de averiguar lo de mi
supresión de recuerdos, por lo que mediante la frase, y la muñeca, quería
que se desencadenaran y… Viajara aquí a que se me restablecieran.
Si así fuera, él lo habría planeado todo, y yo sólo habría hecho lo que él
quería. Siempre estaba un paso delante de mí. Era hora de tomarse la
delantera. Viajaría de nuevo a New York, y removería todo el suburbio hasta
encontrar una pista de dónde se encontraba ahora.
Quizá fuera más fácil de lo que pensaba.
Estaba saliendo ya de la capilla, para irme a coger el avión privado y
aterrizar ya el día siguiente en New York, cuando Woxter, aparentemente
acalorado y bastante nervioso, me paró en las escaleras al exterior. Traía
noticias de la capilla de los cinco distritos. Aquella misma noche la
capilla del este, había ardido hasta los cimientos por un ataque de okupas
con cócteles molotov y granadas de mano, además de litronas llenas de
gasoil. También habían ardido varias tiendas cercanas y causado destrozos
generales, y aunque los neófitos consiguieron ahuyentarlos, los daños ya
habían sido causados.
Debía ir urgentemente a Estados Unidos. Toda esta historia se estaba
desmadrando por momentos. Al subir al avión, el piloto se me acercó con un
sobre de oficina marrónceo, y dijo que la policía había venido durante el
día para interrogarle, pero al saber que no se encontraba disponible, le
habían dado ese sobre para mí.
Ya estábamos despegando cuándo abrí el sobre, y dejé caer el contenido en
mis piernas. Se trataba de una carta doblada por la mitad, y unos folletos
turísticos de la isla de Euphora. Abrí la hoja, y con la misma caligrafía de
hombre, leí:
“Ahora tus recuerdos son realmente tuyos. Es el momento de acabar el juego.
¿Te gusta el clima mediterráneo? Deberías pasarte por Euphora. Aunque para
qué contarte, creo que ya has estado aquí. Te espero.”
Estaba firmado por “Ópalos Verdes”. Arrugué la hoja, y la tiré al suelo.
Cogí el interfono del avión, para hablar con el piloto. Mis palabras fueron
claras. “Ve a la isla de Euphora, y ve a la zona privada. No tendremos
problemas para entrar. Da el código de costumbre. Y procura llegar de noche,
como si tenemos que hacer parada en Madrid.”
Colgué, y eché la cabeza hacia atrás. Euphora. La isla mediterránea, que los
vástagos comúnmente llamaban la Tercera Ciudad. Una especie de ciudad de
vacaciones para vástagos, dónde cada noche era especial, y la población
vampírica es casi suprahumana. Hogar del clásico tratado de paz entre
Sectas. Y donde moran dos de los cainitas más antiguos y poderosos que
conozco. Iter, el Príncipe de la ciudad, y Sardúm, el Nosferatu milenario,
Senescal de la misma. Recuerdos de haber pasado unos pocos años allí junto a
idas y venidas a y de New York. Quizá fuera un sitio especial para mí,
puesto que había ayudado a las labores de fundación de la capilla. Sin
embargo, tras mi marcha casi forzada del lugar había perdido la pista de los
Tremere de la isla. Mi última información era el derrumbamiento de la
anterior capilla, y de aquello ya habían pasado algunos años.
Después de perderme entre pensamientos, entre conocidos y amigos perdidos, y
en general, lo que se podría llamar un año sabático, cogí todo lo necesario
para entablar conversación telepática con mi superior de los Astor. Tras
conversar sobre los últimos sucesos, dio luz verde para cazar al que había
instigado tantas revueltas en contra del clan, y así de paso, evaluar los
progresos en la ciudad, amén de estudiar unos fenómenos extraños que
ocurrían últimamente. Desde luego, iba a estar ocupado en la pequeña isla.
Quedó en su mano enviar una misiva al Regente de la Capilla, y otra al
Príncipe, y el enlace Tremere de la zona ya me pondría más al corriente de
la situación.
Luego, cogí el teléfono del avión y llamé a Nueva York. Dejé las
instrucciones precisas para que enviaran mis objetos de valor a la isla.
Me eché en el sofá, y decidí dormir, ya estaba amaneciendo fuera, y aún
quedaba mucho que hacer. Mi vida había sido trastornada últimamente, y tenía
que asimilarlo. Tercera Ciudad, allá iba.
Descripción física:
Pendergast es un hombre que aparenta unos treinta años. Medirá
aproximadamente 1’80 metros, pesará unos 80 kilos, y al ser de complexión
media, sencillamente no tiene zonas visibles de grasa, y unos músculos
todavía definidos y en forma. Su piel es extremadamente blanca, ya que en
vida también lo era. Sus ojos son una mezcla de azul, gris y verde, según la
cantidad de luz que reciban. Tiene el pelo muy rubio, tanto, que de lejos,
su aspecto en general, es el de un albino o anciano. Sin embargo, al
acercarse, notas la diferencia de color de pelo. Lo lleva corto, aunque no a
cepillo, y usa algo de gomina o fijador para darle un ligero aire
despeinado. Las manos las tiene cuidadas, y luce algún que otro anillo,
posiblemente con algún símbolo cabalístico o de alguna orden perdida. Tiene
un tatuaje a fuego en un antebrazo, que simboliza a la orden de los
“Cazadores de Recuerdos”, en su tiempo de mortal. Se trata de un símbolo
divino, salvo que el ojo de la pirámide en vez de ser humano, se asemeja al
de un reptil, y el triángulo, está atravesado por dos lanzas. Suele vestir
trajes hechos a medida de los mejores materiales, y su combinación
predilecta es la de un traje negro noche, a juego con una camisa también
negra, y una corbata de seda color burdeos.
Por Kaos Rool : khaos_ra777@hotmail.com