SUEÑOS EN CASA DE LA BRUJA

Traducido por Jon Wakeman, Obras Completas 2. Andrómeda, Buenos Aires, 1993.

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Walter Gilman nunca llegó a saber si los sueños fueron quienes causaron la fiebre o si fue la fiebre la que ocasionó los sueños.

Más allá de cualquiera de sus probables alucinaciones, se escondía el mohoso aunque desgarrante horror de la antigua ciudad y de la lamentable buhardilla en la que escribía, trabajaba y se debatía con cifras y fórmulas excepto en los escasos momentos en que se daba vueltas y vueltas, infinitamente, en la destartalada cama de hierro. El sentido del oído se le había aguzado de modo casi antinatural, alcanzando límites intolerables hasta el extremo de que debió parar el reloj de encima de la chimenea, porque el resonar de su tictac le hacía el efecto de un tronar de cañones. Los ruidos nocturnos de la ciudad, el inquietante correteo de las ratas por encima de los tenues tabiques y el natural crujido de las tablas y demás maderas de la casa, que había visto transcurrir más de un siglo desde su construcción, le producían una total sensación de pandemonium. Las tinieblas siempre estaban cargadas de misteriosos ruidos, pero, sin embargo, lo que Gilman más temía era la posibilidad de que de pronto cesaran, se extinguieran, y así llegara a oir los rumores más temibles que sabía acechantes tras los insoportables ruidos cotidianos.

Todo esto ocurría en la perpetua ciudad de Arkham, la ciudad pletórica de leyendas, la de arracimados tejados de tipo holandés que se sostenían con cierta precariedad por encima de los desvanes donde, durante los agobiantes tiempos coloniales, las brujas se guarecieron de los hombres de Dios. En toda Arkham no existía un lugar más cargado de tétricas nostalgias que el desván que alojaba a Gilman. Exactamente en aquella casa y en aquella habitación se había refugiado Keziah Mason, la mujer cuya fuga de la cárcel de Salem continuaba siendo un insondable misterio para todo el mundo. El inverosímil acontecimiento tuvo lugar en 1692. Como resultado del mismo, el carcelero llegó a perder la razón extraviado en un constante delirio que giraba en torno a un pequeño ser peludo, de blanquísimos colmillos, que había salido corriendo de la celda de Keziah. Llamado a opinar, ni el propio Cotton Mather supo dar explicación a las sinuosas líneas y a los empinados ángulos dibujados con una sustancia roja y pegajosa sobre las grises y mezquinas paredes de la celda de la fugitiva.

Sin duda que hubiese sido mejor que Gilman no estudiara tanto. El cálculo no eucliadiano o la física cuántica no son asuntos para cualquier cerebro y si a ellos se les agrega, simultáneamente, el interés por las tradiciones folklóricas,la investigación acerca de la existencia de un trasfondo de espacios multidimensionales tras las expresiones terriblemente crueles de las leyendas góticas y una desmedida curiosidad por el origen de unos inexplicables susurros que brotaban de tanto en tanto desde un rincón de la chimenea, entonces se comprenderá que fuese comprensible el hecho de que padeciera de una cierta tensión nerviosa. Gilman había nacido en Haverhill. Pocos años después de ingresar al colegio universitario de Arkham comenzó a vincular sus conocimientos matemáticos con las desmesuradas tradiciones de la magia antigua. Parecía como si algo flotante en la atmósfera de la vieja ciudad gravitase oscuramente sobre su imaginación.

Sus profesores de la Universidad de Miskatonic le recomendaron en muchas ocasiones que no se apresurara tanto e incluso llegaron a reducir en algunos puntos los estudios a los que estaba entregado. Probablemente el llamado de atención más importante estuvo dado por la prohibición que le infligieron los profesores de consultar algunos dudosos tratados antiguos sobre secretos ocultos, reliquias que se guardaban bajo llave en la biblioteca de la universidad. No obstante, consiguió eludir estas precauciones y pudo extraer algunos datos impresionantes directamente del atroz Necronomicón, de Abdul Alhazred, o de los fragmentos conservados del Libro de Eibon o del prohibidísimo Unausspreclichen Kulten, de Von Junzt, datos que se empecinó en correlacionar con sus propias fórmulas personales sobre las propiedades del espacio y la compatibilización de dimensiones conocidas y desconocidas.

Era perfectamente consciente de que su cuarto estaba en la Casa de la Bruja; más aún, en realidad lo había alquilado por ese motivo. Los archivos del condado de Essex le ofrecieron abundantes y ricos datos acerca del proceso instruido contra Keziah Mason, pero ninguno de ellos lo impresionó más que el testimonio de la mujer, quien, bajo la presión del tribunal de Oyer y Terminer, reveló datos que empujaron a Gilman a un entusiasmo irracional. Según ellos, Keziah había hablado al juez Hathorne de rectas y curvas que podían dibujarse para señalar direcciones más allá de los límites de nuestro espacio hacia otros espacios que nos son desconocidos. Esos signos, siguiendo a su declaración, eran habitualmente empleados en determinadas reuniones que se celebraban a medianoche en el oscuro valle de la piedra blanca, el que se encontraba trasponiendo la Loma del Prado, en el desolado islote del río. El testimonio aludía también al Hombre Negro, al juramento que había hecho y al nuevo nombre, secreto, que había adoptado. Este nombre era Nahab. Una vez prestadas estas declaraciones dibujó aquellas figuras en la pared de su celda y desapareció para siempre.

Gilman experimentaba una extraña fascinación ante el caso de Keziah, sentimiento que no hizo más que aumentar cuando se enteró que la casa donde había vivido la vieja continuaba enhiesta luego de más de doscientos treinta y cinco años. Al oir los rumores que furtivamente circulaban por Arkham a propósito de la constante presencia de Keziah en la vieja casa o en los oscuros callejones de la ciudad, los susurros que denunciaban las desparejas marcas, al parecer producidas por dientes humanos, observables en los tirantes de aquella y de otras casas, las noticias acerca de gritos infantiles que podían escucharse la víspera del Día de Mayo o el Día de Todos los Santos, las quejas sobre el pestilente olor que salía de la buhardilla de la vieja casa exactamente después de aquellos temibles días o los datos que indicaban la imperturbable presencia del ser peludo y pequeño, de dientes afilados, rondando por la vieja casa y a veces por la ciudad, donde en las horas previas al amanecer solia acariciar a la gente con el hocico, al oir todo eso, decíamos, Gilman decidió vivir en aquel lugar costase lo que costare. De todos modos no era difícil conseguir una habitación, ya que la casa no gozaba precisamente de popularidad y, por lo tanto, no eran muchos los que querían alquilar alli. No tenía muy en claro qué era lo que pretendía encontrar en aquel lugar, pero sentía la imperiosa necesidad de estar en esa casa donde, en el siglo XVII, una vulgar anciana del común había sido iluminada con un profundo resplandor matemático que empequeñecía las más vanguardistas formulaciones de Planck, Heisenberg, Einstein y Sitter.

Examinó con el mayor escrúpulo las maderas y el yeso de las paredes a la búsqueda de dibujos y trazos crípticos, desprendió zonas enteras del empapelado y antes de que transcurriera una semana de su instalación en la casa logró que le alquilasen la buhardilla del ala este, donde, segun la tradición, Keziah celebraba sus ritos brujeriles. El lugar había permanecido sin alquilar desde un comienzo, porque nadie se sentía tentado a ocuparlo por demasiado tiempo. Por su parte, también el patrón, un polaco, sentía una especie de temor por el sitio y evitaba ofrecerlo en alquiler. Pese a todo, a Gilman no le ocurrió nada recordable hasta que le vino la fiebre. El fantasma de Keziah no se le apareció en ningun momento, el ser pequeño y peludo no se deslizó a la siniestra buhardilla ni llegó para tocar con su hocico a Gilman ni tampoco éste pudo encontrar rastros de las fórmulas y conjuros de la bruja. En ocasiones solía pasear por las calles de los alrededores, un verdadero laberinto sin pavimento, acordonado por enigmáticas casas grises, mohosas, inmemoriales, destartaladas, tambaleantes y que, con sus ventanas de pequeños vidrios, parecían hacer muecas grotescas a los transeúntes. Sabía que en otros tiempos por allí habían ocurrido cosas extrañas e inquietantes y le parecía percibir que en aquella atmósfera flotaban vagos indicios que indicaban que tal vez no todo lo perteneciente a aquel pasado remoto se había disipado en la nebulosa del tiempo, no al menos en el espacio tortuosa, estrecha y oscuramente diseñado en aquel laberíntico barrio. Dos veces tomó un bote y remo hasta el execrable islote del río, donde levantó un prolijo croquis de los enigmáticos dibujos angulosos trazados por hileras de piedras grises tapizadas de un exuberante musgo, disposición cuyo origen nadie conocia.

El cuarto de Gilman tenía mucho espacio, aunque distribuido en forma irregular. La pared que daba hacia el norte se inclinaba ostensiblemente hacia el interior de la habitación, en tanto, el techo, de escasa altura, parecía avanzar también hacia el interior de la habitación. Dejando de lado un importante agujero atribuible a la entrada de un nido de ratas y los rastros de otros ya tapados no se veían señales de entrada alguna, ni de que la hubiese habido, al compartimento que necesariamente debía quedar entre la pared inclinada que daba a la habitación y la vertical pared exterior del ala norte de la casa, en la que se veía con toda claridad el espacio de una ventana que había sido cegada. La buhardilla ubicada por encima del techo de la habitación, que también debió haber tenido el piso en un plano muy inclinado, resultaba igualmente inaccesible desde la habitación de Gilman. Al subir provisto de una escalera a la buhardilla, nuestro hombre encontró, además de tupidas telarañas, los rastros de una antigua abertura, ahora hermética y pesadamente clausurada con viejos tablones y estacas de madera, de los que usaba corrientemente la carpintería colonial. Pese a que insistió reiteradamente ante el casero para que le permitiera investigar lo que existía tras el espacio clausurado, aquel se negó enfáticamente a autorizarlo.

El transcurso del tiempo no hizo más que incrementar su interés por la pared y el techo de su cuarto, ya que lentamente fue intuyendo en los curiosos ángulos de la construcción un sentido matemático que vagamente parecía vincularse con los otros indicios que surgían de sus investigaciones. En efecto,la vieja bruja bien podía haber tenido razones importantes para vivir en una habitación cuyos ángulos contrariaban la disposición de cualquier construcción normal. Recordó que ella afirmaba haber traspuesto los límites espaciales mediante ciertos ángulos. Su atención se fue desplazando gradualmente de los espacios vacíos que quedaban tras las paredes inclinadas a los que configuraban el lugar en que el personalmente vivía.

A comienzos de febrero comenzaron a asaltarlo los sueños y la fiebre. Por cierto tiempo, los peculiares ángulos de la habitación tuvieron un efecto casi hipnótico sobre Gilman. El transcurrir del invierno lo vio sumido en la obsesiva contemplación del rincón donde el techo declinante se juntaba con la pared inclinada. Por entonces el propio Gilman experimentó preocupación por su creciente incapacidad para concentrarse en sus estudios y llegó a sentir verdadera alarma por el resultado de los exámenes parciales que debía rendir en la universidad. Pero, por sobre todo, lo martirizaba aquel exacerbamiento del sentido de la audición. La existencia se había tornado para él en una constante e insoportable cacofonía y lo aterrorizaba aquella impresión de que podía percibir otros sonidos llegados de regiones tal vez más allá de la vida humana, sincopados en los ruidos muy agudizados de la vida cotidiana. Entre estos, lo colocaban al borde del descontrol aquellos producidos por las ratas desplazándose por encima de los tabiques. Le parecía que muchas veces el ruido no era casual, sino deliberado. Los que provenían de atrás de la pared inclinada que daba al norte incluían una suerte de castañeteo seco; los que se oían en la buhardilla que estaba sobre el techo de la habitación eran esperados por Gilman con un terror especial: se preparaba para recibirlos como quien se dispone a la visita de algo espantoso que acabar por aniquilarlo sin apelación posible.

Los sueños de Gilman se desarrollaban en un terreno que se situaba mucho más allá del límite de la cordura; él mismo los atribuía a los efectos de sus estudios de matemáticas combinados con sus lecturas acerca de leyendas populares. Se había dado a pensar con exceso en las hipotéticas regiones que, de acuerdo con sus fórmulas, debían existir allende las tres dimensiones que conocemos y en la posibilidad de que la anciana Keziah Mason, arrastrada por alguna influencia de origen incierto, hubiese descubierto la puerta de acceso a tales regiones. Los apergaminados y roídos papeles que aún obraban en el juzgado del distrito, y que asentaban el testimonio de la mujer y de sus fiscales, aludían horriblemente a experiencias que trascendían el alcance de la condición humana mientras que las descripciones del nervioso y diminuto ser peludo, que parecía una especie de demonio familiar, contenían un ingrediente repulsivamente realista en sus pormenorizados detalles.

El ser, no más grande que una rata de buen porte y al que la gente del pueblo llamaba antojadizamente Brown Jenkin, daba la impresión de haber sido el resultado de un curioso caso de sugestión colectiva, ya que hasta 1692 unas doce personas atestiguaron haberlo visto. Por otra parte los rumores que circulaban acerca de él coincidían hasta en los menores detalles de un modo en verdad desconcertante. Unánimemente los testigos afirmaban que tenía pelo muy largo y forma de rata, y que su cara, en la que lucía afilados dientes y barba, parecía monstruosamente humana, mientras que en lugar de garras lucía unas manos pequeñísimas. Tenía por misión llevar mensajes de la vieja al diablo y se alimentaba con la sangre de la bruja, la que chupaba como hacen los vampiros. Emitía una especie de risita odiosa y era capaz de hablar todas las lenguas conocidas. Entre todas las monstruosidades que visitaban los sueños de Gilman, ninguna le causaba tanto terror como aquel pequeño mutante, cuya imagen se le aparecía en forma infinitamente más odiosa de lo que sus investigaciones le habían permitido llegar a saber efectivamente.

El tema recurrente de las pesadillas de Gilman era la caída en insondables abismos donde resplandecía un inexplicable crepúsculo sonrosado y donde cundían confusos sonidos, abismos cuyas leyes físicas y de gravitación Gilman era incapaz de entender. En medio del sueño no caminaba ni trepaba ni volaba, ni nadaba ni se deslizaba, pese a lo que tenía una clara sensación de estar moviéndose, en parte por su propia voluntad y en parte porque algo lo llevaba. Tampoco era capaz de verse a sí mismo, a sus brazos, a sus piernas, a su tronco, puesto que todo su cuerpo se desvanecía por alguna inexplicable distorsión de la perspectiva. No obstante, le era dado constatar que su estructura física y sus facultades se trasmutaban mágica y oblicuamente, con lo que guardaban una cierta relación grotesca con sus proporciones y facultades normales.

El abismo no estaba vacío, sino colmado de masas anguladas imposibles de describir, teñidas de un color que directamente no existe en este mundo; algunas de aquellas masas parecían orgánicas y otras inorgánicas. Algunas de las orgánicas se orientaban a revivir ciertos recuerdos adormecidos, aunque Gilman nunca podía concretar una idea consciente de lo que socarronamente sugerían. Los últimos sueños le permitieron discernir categorías autónomas en las que los objetos parecían dividirse en grupos con pautas de conducta y motivaciones totalmente diferentes. Entre todas las categorias, una se le impuso como integrada por objetos un poco menos ilógicos e incoherentes en sus movimientos que los que incluían las demás.

En lo concerniente a los objetos,los orgánicos cuanto los inorgánicos, resultaban imposibles de describir e incluso de comprender. En algunos casos, Gilman encontraba entre los inorgánicos analogías con prismas, laberintos, grupos de cubos y planos, y edificios impresionantes. Otras veces, los objetos orgánicos le hacían recordar conjuntos de burbujas, de pulpos, de cienpiés, ídolos indígenas, arabescos vivificados por un soplo ofídico. Todo le resultaba horrible y amenazador y si, al azar, alguno de los entes orgánicos daba la impresión de fijarse en él, lo invadía un espanto tan tenible que generalmente terminaba despertándose en medio de un intenso sobresalto. Sobre el movimiento de las masas orgánicas sólo podía saber que se movían como lo hacía el mismo. Poco después se enfrentó con un nuevo misterio: la proclividad de ciertas masas a aparecer imprevistamente procedentes del espacio vacío o a desaparecer con la misma rapidez. El pandemonium de gritos y ruidos que resonaba en los abismos imposibilitaba cualquier análisis referido a tono, timbre o ritmo; sin embargo, parecía tener alguna sincronización con los vigorosos cambios visuales de los objetos, tanto los orgánicos como los inorgánicos. Gilman vivía atemorizado ante la posibilidad de que pudiera llegar hasta algún punto de intensidad insoportable en el transcurso de alguna de aquellas implacables inmersiones.

Sin embargo, no era en estas sesiones de exasperado honor cuando se encontraba con Brown Jenkin. El famoso y abominable ser sólo irrumpía en sueños más livianos y vívidos, sueños preliminares a los que se detonaban cuando caía profundamente dormido. Gilman yacía en la oscuridad, inmóvil sobre la cama, tratando de mantenerse despierto; en esos momentos, invariablemente aparecía una tenue claridad que inundaba la ancestral habitación para revelar enfáticamente con una neblina violeta el punto de convergencia de los planos angulados que tan insidiosamente campeaban por su cerebro. El ser parecía salir del agujero de las ratas y avanzaba hacia él, arrastrándose por las tablas del piso irregular, con una expectativa malvada sobre el rostro diminutamente humanizado. Felizmente, la aparición siempre se disipaba antes de que el ser se le acercara lo suficiente como para tocarlo con su hocico repugnante. Mostraba unos dientes extraordinariamente largos y afilados, como los de un animal carnicero. Gilman trataba de taponar el agujero de las ratas todos los días, pero todas las noches, puntualmente, los habitantes de los tabiques roían el cerramiento, fuera el material que fuese. Cierta vez, Gilman hizo clavar una lata sobre el agujero, pero al día siguiente descubrió azorado que las ratas habían abierto un nuevo agujero y que en el trabajo habían arrastrado casi al exterior un pequeño trozo de hueso.

Gilman ocultó sus sobresaltos y su fiebre al doctor de la universidad, pues sabía perfectamente que si ingresaba a la enfermería universitaria no podría pasar los exámenes, cuya preparación le insumía todo el tiempo posible. Con todo, finalmente fue aplazado en cálculo diferencial y en psicología general superior, traspiés que se propuso subsanar antes de que terminara el curso.

Hacia marzo se agregó un nuevo factor al sueño preliminar: a la figura de Brown Jenkin se asoció una sombra muy imprecisa que progresivamente fue recordando la figura de una vieja encorvada. Esta novedad contribuyó a perturbarlo aún más, en especial porque terminó concluyendo que la nueva imagen se correspondía exactamente con la de una vieja que había encontrado un par de veces en el dédalo de callejuelas estrechas y oscuras que acostumbraba recorrer. En ambas ocasiones, la mirada maligna, socarrona e injustificada de la bruja le produjo sendos estremecimientos, especialmente la primera vez, cuando en el preciso momento del encuentro una rata enorme cruzó de un lado a otro un callejón vecino, poniendo en su atribulada imaginación el recuerdo de Brown Jenkin. En principio pensó que sus aprensiones nerviosas comenzaban a reflejarse en sus caóticos sueños.

Tenía perfecta conciencia de que la influencia que ejercía la vieja casa sobre él era más que perjudicial, pero un potente y morboso interés continuaba reteniéndolo allí. Concibió la hipótesis de que las fantasmagorías nocturnas sólo se debían a la fiebre y que cuando esta desapareciera, las monstruosas pesadillas se desvanecerían. Pese a ello era singular la atrayente verosimilitud que caracterizaba a las visiones, su extraña convicción y, sobre todo,la sensación que le quedaba al despertarse; la percepción de haber vivido parte de lo soñado. No podía apartar la horrenda impresión de haber hablado durante alguno de los sueños con Brown Jenkin y con la bruja, los que lo apremiaban para que los acompañase a alguna parte, donde se encontrarían con alguien mucho más po- deroso.

También marzo, pero hacia sus ultimos días, consiguió repuntar en matemáticas; en cambio, las otras asignaturas le planteaban problemas crecientes. Notaba que había adquirido una notable capacidad intuitiva para resolver ecuaciones riemannianas, habilidad que llegó a asombrar al profesor Upham por el dominio que le permitía sobre cuestiones de la cuarta dimensión, temas en los que los demás compañeros de curso eran completamente ignorantes. Una vez, la clase estuvo dedicada a la discusión sobre la existencia de curvaturas del espacio, de teóricos puntos de acercamiento, y tal vez de contacto, entre la parte del cosmos que conocemos y zonas de regiones tan alejadas como las que corresponden a la más lejana de las estrellas concebibles o a los más remotos vacíos transestelares y también se habló de unidades osónicas hipotéticas situables más allá del continuo espacio- tiempo que postuló Einstein. El modo en que Gilman argumentó el tema provocó una generalizada admiración, si bien es cierto que algunas de sus demostraciones, no hicieron más que contribuir al crecimiento de la reputación de excéntrico nervioso y solitario que ya se había ganado. Lo que más impresionó a su ocasional auditorio de aquella tarde fue la convincente y sobria enunciación de una teoría según la cual un hombre con conocimientos matemáticos naturalmente trascendentes a un cerebro humano normal podía encontrarse en situación y capacidad de trasladarse de la tierra a cualquier otro cuerpo celeste en cualquier confín del espacio.

De acuerdo con su argumentación, sólo se necesitaban dos fases: primero, escapar a la esfera tridimensional que nos es conocida y luego retornar a la misma esfera tridimensional sólo que en otro punto, quizás a una distancia inconcebible. La realización de este proceso sin perder la vida podía ser factible en muchos casos. Era muy posible que cualquier ser procedente de espacios tridimensionales pudiera sobrevivir en la cuarta dimensión. Sobrevivir en la segunda etapa del proceso dependía del exacto sitio que se eligiera en el espacio tridimensional para el reingreso. No había duda de que habitantes de algún planeta particular podían vivir en otros, incluso en planetas de otras galaxias o a fases dimensionales análogas en otros continuos espacio-tiempo. También era cierto que debía existir gran numero de planetas totalmente inhabitables, por más que fuesen cuerpos o regiones espaciales matemáticamente superpuestos.

Otra circunstancia posible estaba dada por el hecho de que los habitantes de una región dimensional dada pudiesen soportar el ingreso a varios campos desconocidos e incomprensibles con dimensiones más numerosas, tal vez indefinidamente multiplicadas, dentro o fuera del continuo espacio-tiempo conocido. Lo contrario también podía ser factible. Los traslados eran, ciertamente, materia de conjetura; en cambio, existía mucho mayor certeza de que los cambios que se experimentarian al pasar de un plano dimensional a otro no destruirían la identidad biológica tal cual la conocemos. Si bien Gilman no lograba una iluminadora persuasión al explicar las razones que sustentaban esta ultima hipótesis, compensaba esta vaguedad con la claridad y contundencia con que exponía otros aspectos mucho más complejos de la cuestión. El profesor Upham sintió un gran placer intelectual al escuchar su demostración de la correlación que existía entre las matemáticas superiores y algunas formas de la magia trasmitidas desde hacía milenios: el mayor conocimiento que se había adquirido sobre el cosmos y sus leyes no hacía más que corroborar aquella relación.

A comienzos de abril, Gilman estaba muy preocupado porque la fiebre no cedía. Una zozobra adicional la constituía la circunstancia de haberse enterado por sus compañeros de hospedaje que también padecía de sonambulismo. Al parecer dejaba su cama con bastante frecuencia y el rechinar de las maderas del piso de su cuarto en más de una ocasión hicieron despertar al huesped que se alojaba en la habitación de abajo. Este hombre también le habló del sonido de pasos de pies calzados durante las noches. Al respecto, Gilman tuvo la seguridad de que el vecino se equivocaba, puesto que todas las mañanas encontraba sus zapatos y el resto de su ropa en el sitio donde los había dejado la noche anterior. Evidentemente en aquella casa la gente experimentaba sensaciones absurdas. Esto lo tranquilizó algo. Él mismo, ¿no oía en pleno día determinados ruidos que no eran el rasguido de las patas de las ratas que procedían de las oscuridades ubicadas tras la pared inclinada y el techo descendente? Sus oidos de patológica agudeza, ¿acaso no percibían el sonido de tenues pasos en el desván clausurado desde tiempo remoto, aquella buhardilla que estaba exactamente encima de su habitación, pasos cuya realidad le provocaba una angustiosa sensación?

Pese a todo, lo de su sonambulismo era fehaciente, ya que dos noches habían encontrado vacia su habitación, y toda la ropa en su lugar. Lo había comprobado Frank Elwood, su compañero de estudios, joven de una pobreza tal que no había tenido más remedio que ir a hospedarse a aquella impopular casa. Cierta noche, Frank se había quedado estudiando hasta la madrugada y al no conseguir resolver una ecuación diferencial decidió ir hasta el cuarto de Gilman para pedirle ayuda. Subió, llamó a la puerta, no recibió respuesta, volvió a insistir y como nadie le respondía se atrevió a abrir la puerta que, para su asombro, no estaba asegurada con llave. En el cuarto no había nadie. Cuando Frank le refirió la anécdota, se preguntó donde podría haber estado, descalzo y con ropa de dormir. Decidió investigar la cuestión y para ello urdió la trampa de esparcir harina en el suelo del pasillo para así saber a dónde se dirigían sus pasos. Sólo podía salir por la puerta, dado que la estrecha ventana daba al vacío.

Promediado abril, Gilman se enteró de las lastimosas plegarias que profería un hombre muy supersticioso, reparador de telares, que vivía en la planta baja de la casa y de nombre Joe Mazurewicz. Éste contaba fantásticas historias centradas en el fantasma de la vieja Keziah y en el ser pequeño, peludo y de afilados dientes; sostenía que a veces ambos fantasmas lo perseguían de tal manera que sólo podía librarse de ellos con la ayuda del crucifijo de plata, que a tales fines le había procurado el padre Iwanicki, de la iglesia de San Estanislao. Por entonces se había entregado con redoblada intensidad a la plegaria porque se aproximaba el Sabbath de las brujas.

 

La víspera del 1 de mayo era la noche de Walpurgis, el momento en que todos los diablos se ponen a vagar por el mundo y todos los adeptos a Satán se reunen para celebrar sus ritos mediante actos indescriptibles. En Arkham esa siempre era una mala fecha, por más que la gente de más alto nivel social, los que vivían en la avenida Miskatonic o en las calles High y Saltonstall, simulaban ignorar por completo tales supersticiones. Pero todos los demás sabían que siempre ocurrían cosas desagradables y que probablemente desaparecerían uno o dos niños. Esto lo sabía Joe, a quien se lo había trasmitido su abuela, la que, en su país natal, lo había aprendido de la suya. Lo aconsejable era rezar con la mayor fe durante este período. Desde hacía tres meses ni Keziah ni Brown Jenkin habían merodeado cerca de la habitación de Joe ni de la de Paul Choynski, ni nor ninguna otra parte. Y esto no significaba nada bueno. Deberían estar ocupados tramando algo.

El 16 de abril, Gilman decidió finalmente acudir al médico y con sorpresa se enteró de que su temperatura no era tan alta como había supuesto. El doctor lo examinó, lo interrogó minuciosamente y terminó aconsejándole que consultara a un especialista en enfermedades mentales. Gilman se sintió contento de no haber ido a ver al médico de la universidad, que era una persona mucho más inquisitiva. El anciano doctor Waldron, que en otra ocasión ya le había ordenado reducir el trabajo, le habría obligado a tomar unas vacaciones, remedio altamente inoportuno en momentos en que estaba a punto de lograr grandes resultados con sus ecuaciones. Era un hecho que se encontraba muy cerca de la frontera entre el universo que conocemos y la cuarta dimensión, puerta que literalmente podía darle acceso al infinito.

Pese al entusiasmo desbocado, a veces no dejaba de preguntarse acerca del fundamento de tan peculiar confianza. ¿Provendría tan solo de las fórmulas numéricas con que se pasaba llenando papeles día tras día? No podía dejar de pensar en los tenues pasos del desván, que tanto lo perturbaban. Por otra parte, últimamente tenía la sensación de que alguien estaba tratando de convencerlo permanentemente para que hiciese algo terrible. Pensaba también en el sonambulismo. ¿A dónde iba ciertas noches? ¿Qué significado tenían aquellos sonidos que se escondían tras los ruidos cotidianos y que de pronto se le imponían a plena luz del día y en completa vigilia? Tenían un ritmo distinto a cualquier otro conocido, excepción hecha de la cadencia que caracterizaba a un par de aquelarres. A veces temía que aquel ritmo correspondiera a determinadas condiciones de los imprecisos gritos o rugidos que surgían en los abismos soñados.

A propósito de los sueños estos se tornaban cada vez más atroces. Al comienzo, la maligna vieja continuaba apareciendo y Gilman ya no tenía duda alguna de que se trataba de la misma anciana que había encontrado en las callejuelas del barrio. La arqueada espalda, la nariz como el pico de un ave rapaz, el mentón arrugado y peludo, la ropa gris y desaseada eran datos inconfundibles. El rostro de la bruja mostraba una ostentible malignidad y arrebato y al despertar, Gilman continuaba escuchando por un buen rato aquella voz cascada que lo trataba de convencer mientras lo amenzaba. La vieja lo persuadía para que conociera al Hombre Negro y para que los acompañara hasta el altar de Azatoth ubicado en el corazón del caos primigenio. De esto hablaba la bruja. Debería firmar con sangre el libro de Azatoth y recibiría un nombre secreto, todo como premio por el alcance que habían adquirido sus investigaciones. Había una razón por la que se resistía acceder a la presión de la bruja para que la acompañara a ella, a Brown Jenkin y al otro hasta el altar del caos esencial, donde resonaban cacofónicas flautas: al consultar el "Necronomicón" había visto el nombre de Azatoth y no olvidaba que correspondía a la malignidad en estado puro.

En el sueño, la vieja se materializaba siempre en el mismo lugar: el rincón donde se juntaban la pared inclinada y el techo descendente. Daba la impresión de concretarse en un punto más próximo al techo que al suelo; todas las noches parecía acercarse más a Gilman y le resultaba más nítida antes de que el sueño se apagara. Lo mismo ocurría con Brown Jenkin, cuyos abominables colmillos resplandecían de modo sobrenatural sobre un fondo de luz violeta. Después de retirarse, quedaba flotando en la mente de Gilman su risa repulsiva y el peculiar modo en que pronunciaba los nombres Azatoth y Nyarlathotep.

Con respecto a los sueños más profundos, las cosas también le resultaban cada vez más nítidas, más cercanas, más familiares y ahora Gilman tenía completa convicción de que los abismos cubiertos por aquella penumbra crepuscular pertenecían a la cuarta dimensión. Las masas orgánicas, de caprichosos e incoherentes movimientos, tal vez fuesen proyecciones de formas vitales de nuestro planeta, incluyendo a los seres humanos. Ni siquiera se atrevía a pensar que podrían ser los otros en su esfera o en las esferas dimensionales. Un par de los menos incoherentes conjuntos, un ente lo bastante voluminoso integrado por globos fosforescentes con forma esferoidal elongada y un colorido poliedro de tamano mucho más pequeño que flotaba delante de él, con ángulos trazados por planos que se transformaban a gran velocidad, parecían vigilarlo siguiéndolo de un sitio a otro entre enormes prismas, laberintos, cubos y planos arracimados y cuerpos que semejaban edificios. Los gritos y los rugidos se tornaban más estentóreos como si preanunciaran un terrible climax.

En la noche del 19 al 20 de abril ocurrió algo nuevo. Gilman se movía involuntariamente por los penumbrosos abismos; lo vigilaban la masa de globos fosforescentes y borboteantea, y el poliedro flotante cuando advirtió los ángulos peculiarmnte regulares de unos desmesurados grupos de prismas cercanos. Poco después se vió fuera del abismo vacilante, parado sobre una pedregosa pendiente iluminada por una intensa, aunque difusa, luz verde. Estaba descalzo y en ropa de dormir y al intentar dar unos pasos sintió que casi no podía alzar los pies del suelo. Una gran efusión de vapor cubría todo, excepto la pendiente cercana y lo aterró la idea de que los rugidos podían provenir de la masa de vapor.

Casi enseguida distinguió dos formas que se le acercaban marchando con gran dificultad: eran la vieja y la cosa peluda. Con mucho trabajo, la bruja se arrodilló y cruzó los brazos de manera extraña, mientras Brown Jenkin levantaba una de sus zarpas señalando en determinada dirección. Llevado por un impulso involuntario, Gilman se arrastró hacia la dirección señalada por el ángulo que formaban los brazos de la bruja y la pequeña garra del ser diabólico. Dio unos tres pasos y sólo encontró abismos más sombríos aún. En su torno borboteaban formas geométricas en las que se confundió en una caída libre hasta que terminó despertando en su cama, en la buhardilla desatinadamente inclinada de la casa embrujada.

La mañana siguiente lo encontró extenuado, tanto que decidió no asistir a ninguna de las clases. Sin embargo, una extraña inclinación hacía que concentrara la vista en cierto punto vacio del piso. Recién a mediodía consiguió dominar el impulso de mirar el vacío. A las dos abandonó la habitación para ir a comer y mientras recorría los estrechos callejones de la ciudad se descubrió avanzando automáticamente hacia el sudeste. Con esfuerzo consiguió detenerse en una cafetería de Church Street; tras almorzar, volvió a sentir, con mayor intensidad, el mismo impulso.

Se le hacía evidente que necesitaba consultar un especialista en enfermedades nerviosas: tal vez aquello tuviera relación con el sonambulismo y tal vez le fuera posible romper por si solo el encantamiento. Por lo pronto, poniendo en juego toda su voluntad era capaz de resistirlo, y así, por ejemplo, ahora se dirigía ex profeso y con toda decisión hacia el norte por la Garrison Street. Al llegar al puente sobre el Miskatonic estaba bañado en un sudor frio. Se acodó sobre la baranda del puente y contempló la isla de mala fama, donde se veían 1as hileras de antiquísimas piedras, las que parecían ensimismadas en el sol del poniente.

De prono experimentó un sobresalto. Había alguien en la isla; aguzó la vista y pudo distinguir la inconfundible silueta de la vieja, aquella siniestra imagen que había poblado sus sueños. Las altas hierbas que la rodeaban también se movían, como si algo en el suelo estuviera moviéndose. Cuando la vieja volvió el rostro hacia donde Gilman se encontraba, éste abandonó corriendo el puente y buscó refugio en los sombríos callejones del muelle. Pese a que la isla se encontraba a buena distancia de su posición, Gilman sintió que un sortilegio terrible e invencible podía surgir de aquella socarrona mirada.

La atracción por el rumbo sudeste aún no había cedido, por lo que tuvo que hacer un esfuerzo importante para encaminar sus pasos hasta la vieja casa y trepar por las escaleras. Estuvo varias horas tirado sobre un asiento, en silencio, ausente, en tanto la mirada inconscientemente fue girándole hacia el sudeste, donde se clavó. Alrededor de las seis de la tarde le llegaron las lastimeras plegarias de Joe Mazurewicz desde dos pisos abajo del suyo. Con desesperación agarró el sombrero y salió a la calle dorada por la luz del atardecer, permitiendo que el poderoso impulso que lo empujaba hacia el sudeste lo condujera adonde fuese. Una hora después se encontraba en pleno campo, más allá de Hangman's Brook, con las estrellas de la primavera titilando sobre su cabeza. El ímpetu de caminar se fue convirtiendo paulatinamente en ansias de echarse a volar surcando el espacio; fue entonces cuando de repente supo el origen de la misteriosa atracción.

Provenía del cielo. Un lugar determinado del firmamento ejercía dominio sobre él llamándolo. Se trataba de un punto entre algún lugar de la Hidra y Argos; de inmediato supo que desde que despertara esa mañana se había sentido impulsado hacia ese sitio. Durante la mañana había estado exactamente debajo de él; en ese momento se encontraba más bien al sur aunque desplazándose hacia el oeste. ¿Qué significado tenía todo aquello? ¿Comenzaba a perder la razón? ¿Cuánto duraría aquella pesadilla? Presa de la desesperación, desandó sus pasos y volvió hacia la abominable casa.

En la puerta lo esperaba Mazurewicz. Parecía ansioso por contarle alguna nueva historia cargada de superstición. Esta vez se trataba de la luz maligna. La noche anterior - era el día del patriota en Massachusetts -, Joe había tomado parte en los festejos, por lo que regresó a su casa pasada la medianoche. Cuando miró hacia arriba, al principio le pareció ver un palido resplandor violeta en la ventana de Gilman. Deseaba prevenirlo contra ese resplandor puesto que en Arkham todos sabían que esa luminosidad era la que siempre acompanaba la aparición de Brown Jenkin y de la propia bruja. No había querido decirselo antes, pero ahora ya no podía callar porque eso significaba que Keziah y su engendro de afilados colmillos querian apoderarse de Gilman. Más de una vez, Paul Choynski, Dombrowsky, el casero y él mismo habían visto ese resplandor deslizándose entre las rendijas del desván clausurado, sobre la habitación del joven pero todos ellos habían preferido no hablar del asunto. No obstante, ahora se sentía obligado a aconsejarle que buscara hospedaje en otra parte o que acudiera a algún buen sacerdote, como el padre Iwanicki, para que le diera un crucifijo.

Mientras escuchaba al buen hombre, Gilman sintió que un irresistible terror le atenazaba la garganta. No le cabía duda que al regresar a casa la noche anterior, Joe debía estar completamente borracho, pero el dato de la luz violeta en su ventana lo tenía por más que verosímil. Reconocia aquel resplandor como la luz que siempre envolvía a la vieja y al engendro peludo en sus sueños preliminares, los que precedían su descenso a los abismos más profundos y el único motivo de asombro consistía en cómo una persona despierta podía ver lo mismo que él veía dormido. Le resultaba inconcebible de dónde había sacado aquel hombre semejante idea. Probablemente él, además de pasear dormido por la casa, también hablaba en sueños. Joe había afirmado lo contrario. Pero no podía fiarse así como así del buen borracho. Probablemente Frank Elwood pudiese aportarle algo, aunque no le hacía mucha gracia preguntarle.

Fiebre..., sueños desatinados..., sonambulismo... y ahora, además, la sospecha de decir dormido cosas de loco... Definitivamente, debía hacer un alto en sus estudios, tenía que ir a ver un psiquiatra y, sobre todo, tratar de conservar la calma. Al llegar al segundo piso se detuvo ante 1a puerta de Elwood, pero comprobó que su compañero había salido. Fastidiado, llegó hasta su habitación y se dejó caer en una silla. En la oscuridad, la mirada fue orientándose hacia el sur. Su hipersensible oído trató de captar algún sonido en el clausurado desván y pronto creyó ver que un delgado hilo de resplandor violáceo se filtraba por una pequeña hendija del inclinado techo.

Poco después se durmió y entonces un alud de luz violeta se desplomó sobre Gilman; la bruja y el ser peludo se le acercaron como nunca antes lo habían hecho y se burlaron del hombre con agudos chillidos y muecas obscenas. Gilman se sintió aliviado de hundirse en los abismos últimos, por más que la omnipresente vigilancia del grupo de globos fosforescentes y del poliedro caleidoscópico le resultaba más que amenazante. Poco después ocurrió un cambio, cuando diversas superficies convergentes pertenecientes a una sustancia de aspecto viscoso surgieron sobre y debajo de él, proceso que estalló en un haz de delirio y en una llamarada de luz nunca vista, en la que intervenían de modo indescriptible el amarillo, el carmesí y el índigo.

Se encontraba semiacostado en una alta terraza de extraordinario balcón, desde donde podía contemplar una vasta maraña de insólitos picos conformados por superficies planas, cúpulas, discos horizontales suspendidos sobre agujas y formas aún mucho más desatinadas, las unas de piedra, otras de metal, todas relucientes, esplendorosas, en el trasfondo de una luz enceguecedora que derramaba un cielo de infinitos colores. En lo alto vio tres discos de fuego, de diverso color y altura, proyectados contra un horizonte curvo, muy lejano y dentado de montañas. Hasta donde llegaba la vista se prolongaba el paisaje de terrazas aún más altas que la suya. A sus pies se extendía la ciudad y Gilman rogó que de ella no brotara ningún sonido.

Consiguió incorporarse del suelo, es decir de una piedra veteada y brillosa que le resultaba imposible identificar. Las baldosas eran de formas muy curiosas; antes que asimétricas, parecían obedecer a alguna geometría irracional de ignotas leyes. El balcón tenía la misma altura que su pecho y estaba fantásticamente forjado; entre los barrotes, se veían de tanto en tanto figuras pequeñas y grotescas aunque exquisitamente talladas. Las figuras, al igual que el balcón todo parecían de un metal brillante cuyo color se perdía en medio de la baraúnda de colores del ambiente. Impresionaban como la réplica de un objeto acanalado con forma de tonel, brazos horizontales muy delgados que se desprendían como radios de una suerte de anillo central y bulbos en la cabeza y en la base. Cada bulbo era el eje de un sistema de cinco brazos que culminaban en triángulos en torno al eje, como una estrella de mar, aunque algo curvados a partir del tonel central. La base del bulbo inferior se confundía en el barandal de un modo tan sutil que varias de las figuras se habían roto precisamente allí. Su alto era de unas cuatro pulgadas y media, y los delgados brazos tenían un diámetro de unas dos pulgadas y media.

Gilman comprobó que la ropa sobre la que se apoyaba estaba caliente. No había nadie más que él en la terraza. Se acercó al balcón y presa del vértigo se demoró en contemplar la infinita e increible ciudad que se extendía a sus pies. Aguzó el oido y creyó percibir una sucesidn rítmica de sonidos musicales que se disponían en una suerte de escala diatónica; subían desde las angostas calles inferiores y lo asaltó el ansia de ver a los habitantes de aquel lugar. Poco después se le nubló la vista y si no se hubiese agarrado del balcón habría caído al suelo. En la operación, su mano derecha entró en contacto con una de las figuras de los barrotes, contacto que pareció infundirle fortaleza. No obstante, el peso de su cuerpo era excesivo para la sutileza del objeto, con lo que la figura quedó hecha trizas en su mano. Todavía mareado, continuó oprimiéndola.

Entonces sus oídos captaron algo a sus espaldas. Volvió la cabeza y miró más allá de la terraza: vio cinco figuras que se aproximaban en silencio, pese a que sus movimientos en modo alguno eran furtivos. Dos de ellas eran la vieja y el engendro peludo de afilados colmillos. Las otras tres le produjeron un impacto tal que cayo inconsciente: eran los modelos vivos de las figuras del balcón y avanzaban valiéndose de las vibraciones de los brazos inferiores de estrella de mar, todo lo que les daba un aspecto de arañas que mueven las patas.

Cuando volvió en sí, Gilman estaba en su cama, bañado en un frío sudor y sentía algo parecido a una quemazón en la cara, manos y pies. Se levantó, se lavó, se vistió rápidamente y, literalmente, escapó de la casa. No sabía adonde quería ir, aunque le resultaba claro que otra vez perdería los cursos. La atracción hacia el punto situado entre la Hidra y Argos se había debilitado, pero en su reemplazo surgía una nueva e irresistible fuerza. Ahora se sentía impelido hacia el norte, siempre hacia el norte. Lo atemorizaba la idea de tener que cruzar el puente desde donde se veía el islote en medio del Miskatonic, por lo que decidió cruzar por el puente de la avenida Peabody. Su andar era vacilante y tortuoso, porque tanto sus ojos como sus oídos parecían atados a un punto infinitamente alto del cielo.

Tras una hora de marchar a los tumbos logró un poco más de dominio sobre sí mismo y pudo comprobar que se había alejado bastante de la ciudad. Se encontraba en medio de un paisaje que le recordaba al de las salinas y el angosto camino que se abría ante él era el que conducía a Innsmouth, la antiquísima ciudad semiabandonada que la gente de Arkham prefería evitar. Si bien la atracción hacia el norte no había desaparecido, volvió a hacer gala de la resistencia que antes había opuesto al otro impulso análogo y acabó descubriendo que casi podía hacer que los impulsos se contrarrestaran entre sí. Volvió a la ciudad, entró a un bar a tomar un café, luego se encaminó hacia la biblioteca pública y allí pasó un rato mirando unas revistas de entretenimiento. Algunos conocidos le comentaron cuán quemado por el sol estaba, pero él no les dijo nada acerca de su paseo. A eso de las tres entró a un restaurante para almorzar algo y pudo comprobar que la atracción disminuía ostensiblemente. Abandonó el lugar y entró a un cine, donde vio varias veces la misma película sin prestarle atención.

A las nueve volvió a la casa. Encontró a Joe Mazurewicz desgranando frenéticamente sus plegarias. Lo eludió, hizo lo mismo al pasar por la puerta de Elwood y rápidamente ganó su buhardilla. Al encender la luz quedó paralizado por la sorpresa. Sobre la mesa yacía un objeto que de ningún modo podía estar allí. Volcada de lado, ya que no podía tenerse en pie, se veía la enigmática y aguzada figura que durante el pesadillesco sueño había arrancado de la magnifica baranda. No había duda: mostraba todos sus detalles. El centro panzón en forma de tonel, los aguzados brazos radiados, las prominencias en ambos extremos y los brazos en forma de estrella de mar, con su ligera curva hacia afuera, de donde salían los abultamientos: no faltaba nada. Iluminada por la lamparita, mostraba un color gris fosforescente virado al verde. Con espanto y azoramiento, Gilman vio que uno de los abultamientos terminaba en un borde irregular y roto: era el punto donde había estado en contacto con los barrotes.

El mismo pánico le impidió gritar. No podía soportar aquella confluencia irrefutable de sueño y realidad. Embotado aún agarró el objeto y a los tumbos bajó hasta la habitación de Dombrowski el casero. Las insoportables plegarias de Mazurewicz todavía resonaban en el pasillo, pero Gilman no les prestó atención. El casero lo atendió con su proverbial amabilidad. Nunca había visto el objeto ni nada sabía sobre él. Su mujer le había comunicado que mientras limpiaba encontró algo de latón sobre una de las camas; tal vez fuera ese objeto. Llamó a la mujer, quien confirmó que lo había encontrado sobre la cama de Gilman, en la parte que más se acercaba a la pared. Le resultó raro, pero como él tenía tantas cosas en la habitación... Por supuesto, que nada sabía sobre el objeto.

El joven volvió a remontar las escaleras completamente desconcertado. Le parecía que aún estaba soñando o que el sonambulismo lo había llevado a lugares indescriptibles, donde se dedicaba a robar. ¿De dónde había sacado aquel objeto? No lo recordaba de ninguno de los museos que había visitado en Arkham. Pero de algún lugar debía haber salido. Creyó que la visión del objeto en sueños debía haber sido lo que le provocó el sueño de la terraza. Se prometió que al día siguiente iría a ver al especialista en enfermedades de los nervios.

Mientras tanto, intentaría poner algún coto a su sonambulismo. En tanto subía al piso superior, esparcio por el pasillo un poco de harina que había pedido en préstamo al casero explicándole francamente para qué la necesitaba. Abrió la puerta de su habitación, dejó el enigmático objeto sobre la mesa y, completamente extenuado física y mentalmente, se tiró en la cama vestido. Desde el desván llegaron los habituales ruidos de patas y uñas diminutas, pero el cansancio hizo que los ignorara. Volvía a sentir la atracción hacia el norte, aunque ahora parecía ejercerse desde un punto más cercano del cielo.

En la enceguecedora luz violácea del sueño irrumpieron la vieja y el ser peludo con una nitidez como nunca antes habían alcanzado. Gilman sintió que las horribles garras de la bruja se apoderaban de él. Aterrorizado vio cómo lo sacaban de la cama y lo llevaban al vacío. Escuchó los rugidos y contempló el habitual crepúsculo de los abismos. Toda la secuencia fue ciertamente fugaz, ya que de inmediato se encontró en un reducto pequeño y descuidado, acotado por maderas y tablones que se juntaban en un ángulo encima de su cabeza, formando una curiosa pendiente bajo sus pies. El piso estaba sembrado de cajones achatados conteniendo antiquísimos libros en diverso estado de conservación. En el medio había una mesa y un banco, que parecían fijados al piso. Sobre los cajones se veía una cantidad de objetos pequeños. A la luz de la difusa penumbra violácea, Gilman creyó ver una réplica de la figura que había encontrado en su cuarto. Hacia la izquierda, el suelo descendía abruptamente conformando un hueco negro y triangular del que surgió en medio de desagradables ruidos un ser abominable, hirsuto, con colmillos amarillos y rostro humanoide.

Sin desasirse de la bruja, Gilman consiguió ver al otro lado de la mesa a alguien que nunca había visto: era un hombre alto, delgado, de piel negrísima, pese a que sus facciones no tenían los rasgos distintivos de la raza negra, sin pelo ni barba, vestido con una sencilla túnica de gruesa tela negra. Si bien Gilman no podía verle los pies, por el ruido de los pasos Gilman supuso que debía estar calzado. El hombre guardaba silencio y en su rostro no se notaba ninguna expresión. Sólo se limitó a señalar un libro de gran tamaño que reposaba sobre la mesa, al tiempo que la bruja ponía en la mano derecha de Gilman una imponente pluma de color gris. El clima de miedo era casi palpable. El ser peludo trepó por la ropa de Gilman, llegó a su hombro bajo por el brazo izquierdo y le hundió los colmillos en la muñeca, exactamente debajo del puño de la camisa. Al ver surgir la sangre, Gilman se desvaneció.

Recobró la conciencia en su cama el día 22; le dolía la muñeca y al observarla reparó que el puño de la camisa estaba manchado de sangre seca. Su mente estaba repleta de confusión, pero en medio de ella recordaba muy bien la escena con el hombre negro. Atribuyó la herida de la muñeca a un mordisco de las ratas mientras dormía; el mordisco seguramente había sido el desencadenante del sueño. Se levantó, abrió la puerta y observó que la harina que había esparcido por el pasillo no mostraba rastros de pisadas, al menos suyas. Eso le dio seguridad de que por lo menos aquella noche no había caminado durante su sueño. Debía limitarse, pues, a hacer algo para librarse de las ratas. El casero tal vez pudiera hacer algo. Otra vez taponó el agujero de la pared inclinada; en esa ocasión recurrió a una vela de grosor adecuado. le zumbaban los oídos, con zumbidos que identificaba perfectamente como pertenecientes al sueño.

Se bañó, se cambió de ropa e hizo esfuerzos por recordar qué había soñado luego de la escena con el hombre negro, pero su memoria estaba vacía. El escenario bien podía haber correspondido al desván clausurado que estaba arriba de su habitación, pero los datos que conservaba eran muy imprecisos y confusos. Hasta aquel lugar lo habían llevado las masas de burbujas y el poliedro que siempre estaba fugando y vigilándolo. Pero ambos se habían transformado en niebla y en oscuridad. Previamente había habido algo, una especie de retazo que a veces solía condensarse cobrando una forma imprecisa. Gilman supuso que su marcha no había sido en linea recta, sino a través de lineas curvas y espirales que obedecían a leyes ignotas para la física y las matemáticas. Al final, se produjo el conato de salto por parte de inmensas sombras en medio de un extraño ritmo semiacústico y el tedioso sonido de flautas que no se dejaban ver. Nada más. La memoria le reveló a Gilman que esto último provenía del Necronomicón; correspondía a Azatoth, la abominable entidad que reina sobre el tiempo y el espacio desde un trono negro ubicado en el centro del caos.

Al lavarse la sangre de la muñeca comprobó que la herida era pequeña, aunque le llamó la atención la disposición de los diminutos pinchazos. Advirtió que sobre la cama no había manchas de sangre, hecho curioso dado la cantidad que había ensuciado su piel y la manga de la camisa. Tal vez la rata lo hubiese mordido mientras caminaba sonámbulo por la habitación o se encontraba sentado en una silla. Buscó por todas partes la presencia de otras manchas de sangre pero no tuvo éxito. Se le ocurrió que debía derramar harina dentro de la habitación, pese a que ya no precisaba más pruebas de su sonambulismo. Le constaba que caminaba en sueños y esto era algo de lo que debía curarse. Le pediría ayuda a Frank Elwood. Durante aquella mañana, los peculiares impulsos desde el espacio no eran demasiado fuertes. Sin embargo, lo poseyó una sensación igualmente inexplicable. Era el ansia de escapar a su estado actual, aunque sin rumbo preciso. Volvió a tomar la figura de encima de la mesa y en ese momento sintió que la atraccidn se ejercia desde el norte, intensamente.

Con la figura en la mano, se dirigió hasta la habitación de Elwood, tratando de hacer oídos sordos a las plañideras plegarias del hombre de los telares. Felizmente Elwood se encontraba en su habitación. Les quedaba tiempo para conversar un rato antes de desayunar e ir al colegio. Sumariamente Gilman contó a su amigo los últimos sueños y temores. El joven lo entendió y estuvo de acuerdo en que había que hacer algo. Le preocupó el aspecto que tenía su compañero y le asombró lo quemada por el sol que estaba su piel. Pero mucho más no pudo decirle. No lo había visto caminar en sueños y tampoco sabía que podría significar aquella extraña figura. Sin embargo, una noche había escuchado la conversación mantenida por Mazurewicz con el canadiense francés que se alojaba en la habitación situada debajo de la de Gilman. Hablaban del temor que les inspiraba la llegada de la próxima Noche de Walpurgis, que ocurriría dentro de pocos días, y se apiadaban de Gilman pues, según ellos, estaba predestinado. Desrochers aludió explicitamente a los ruidos de pasos nocturnos de pies calzados y descalzos que escuchaba en el techo de su cuarto y a la luz violácea que una noche había descubierto al fisgonear por el ojo de la cerradura del cuarto de Gilman. Confesó que había oído murmullos en la habitación, pero cuando empezó a detallarlos su voz se tornó inaudible para Elwood. Éste no podía saber que había llevado al par de supersticiosos a convertir la conversacion en un murmullo. No quedaban dudas de que Gilman también hablaba en sueños. Según su amigo, todos esos datos percibidos por gente tan supersticiosa como aquellos vecinos podía terminar en cualquier desatinada historia. Le propuso a su amigo que no durmiera solo, que se trasladara a su habitación. Si empezaba a hablar en sueños o se levantaba, estaría él para despertarlo. Por otra parte, adhirió a la idea de que debía consultar urgentemente a un psiquiatra. Mientras tanto, y por simple curiosidad, llevarían la extraña figura a algunos museos y a ciertos profesores para tratar de identificarla; de todos modos, dirían que la habían encontrado en un montón de basura. Finalmente, le pedirían a Dombrowski que pusiera veneno para terminar con aquellas malditas ratas.

Muy alentado y seguro con la compañía da Elwood, aquel día Gilman concurrió a clase. Los impulsos no lo habían abandonado, pero consiguió dominarlos con bastante facilidad. Durante los recreos mostró la figura a varios profesores, los que se interesaron en el objeto, aunque ninguno de ellos pudo hacer aportes sobre su naturaleza y origen. Aquella noche durmió sobre un sofá que Elwood pidió al casero que subiera a su habitación. Fue la primera noche en semanas que durmió sin pesadillas. Sin embargo, la fiebre no desaparecía del todo y las plegarias de Mazurewicz lo fastidiaban cada vez más.

Los días siguientes depararon tranquilidad a Gilman. Elwood confirmaba que durante la noche no mostraba tendencia alguna a levantarse o a hablar en sueños. Por su parte, el casero ponía veneno para las ratas en todas partes. El único factor de fastidio para Gilman lo constituía la continua conversación de los supersticiosos, cuya excitación había aumentado en los últimos días. Mazurewicz insistía cada vez que lo veía en que debía conseguir un crucifijo y como no lograba éxito en sus ruegos terminó por conseguirle uno que, según le dijo, había sido bendecido por el padre Iwanicki. A su vez, Desrochers le confió que durante las noches en que Gilman dejó el cuarto libre continuó oyendo el sonido de pasos furtivos en la habitación vacia. Paul Choynski aseguraba que por las noches oía ruidos en los pasillos y en la escalera y, lo más alarmante, que una noche alguien había intentado abrir suavemente la puerta de su habitación. La señora Dombrowski afirmaba que había visto a Brown Jenkin por primera vez desde la Noche de Todos los Santos. Sin embargo, todos estos elementos no eran, en definitiva, más que rumores, por lo que Gilman se limitó a escucharlos y a colgar el sencillo crucifijo metálico del cajón de la cómoda de su amigo.

Gilman y Elwood estuvieron tres días recorriendo los museos de la ciudad con la intención de saber algo acerca de la figura, pero no tuvieron éxito. El objeto despertaba en todas partes una gran curiosidad por su extrañeza. Aprovechando la rotura de uno de los brazos radiados, ambos estudiantes decidieron llevarlo al profesor Ellery para que le practicara un análisis químico. Se encontró platino, hierro y telurio en aleación, pero junto a ellos había por lo menos otros tres elementos de gran peso atómico que no se encontraban en la tabla periódica de elementos. No sólo no estaban en la tabla, sino que tampoco encajaban en los lugares reservados a los probables elementos que pudiesen llegar a identificarse. La figura continúa exhibiéndose hoy en el museo de la Universidad de Miskatonic, pero el enigma de su composición sigue en pie.

El 27 de abril, Gilman descubrió un nuevo agujero de ratas; esa misma mañana Dombrowski se encargó de taparlo. El veneno no se mostraba muy eficaz, ya que continuaban oyéndose correteos por el interior de las paredes.

De noche, Gilman se quedó en pie esperando la llegada de su amigo. No quería dormir solo porque al atardecer le había parecido ver a la abominable vieja, cuya imagen estaba instalada en sus sueños. La descubrió junto a un montón de basura, a la entrada de un patio; la vieja lo vio y le hizo una horrible mueca, aunque ahora ya no discernía si esto había ocurrido en la realidad o si había sido producto de su imaginación.

Al día siguiente, ambos jóvenes se sentían muy cansados, circunstancia que tomaron como una garantía de que dormirían como marmotas durante la noche. Dedicaron la tarde a hablar de matemáticas, los estudios que tanto habían absorbido a Gilman, y discurrieron acerca de las conexiones que podían tener con la antigua magia y con el folklore, relación conjeturable a partir de varias evidencias. La conversación también convocó a la bruja Keziah Mason y Elwood no tuvo otra alternativa que reconocer la probabilidad de que la vieja hubiese tropezado con conocimientos ajenos a su limitada capacidad. Las sectas secretas en las que oficiaban estas mujeres existían a partir de la conservación y trasmisión de conocimientos ciertamente peculiares. Desde un punto de vista estrictamente científico, era imposible negar la posibilidad de que la vieja hubiese llegado a dominar el arte de atravesar cuerpos dimensionales. La más remota tradición recoge lo inservible de las barreras materiales para neutralizar los movimientos de una brújula. ¿Quién puede saber que se esconde en la base de las leyendas que se refieren a viajes sobre una escoba en la oscuridad de la noche?

Es cierto que faltaba saber si un estudiante de esos tiempos era capaz de lograr esa clase de poderes basándose únicamente en la investigación matemática. Gilman era consciente de que esto podría desembocar en situaciones peligrosas, ya que nadie podía prever las condiciones imperantes en otra dimensión. Sin embargo, era una aventura excitante. En ciertas zonas del espacio el tiempo podía dejar de existir, con lo que al ingresar a ellas sería posible conservar la vida indefnidamente, quedar al margen de cualquier deterioro orgánico. Sería perfectamente posible refugiarse en una dimensión sin tiempo y volver de ella tan joven como antes, en un período remoto de la historia terrestre.

Nadie sabía si alguien lo había intentado. Al respecto, las leyendas son demasiado imprecisas y, por otra parte, todos los intentos de atravesar espacios prohibidos están ligados a insólitas y terribles alianzas con seres y mensajeros venidos desde el exterior. Por ejemplo, la figura ancestral del delegado de poderes oscuros y terribles, el Hombre Negro que aparece en los aquelarres o el Niarlathotep del Necronomicón. Junto a ellos aparecen desconcertantemente mensajeros intermediarios, seres semianimales o mutantes, que en las leyendas siempre aparecen como aliados de las brujas. Finalmente Gilman y Elwood se fueron a acostar, extenuados con tanta divagación. Oyeron a Joe Mazurewicz entrar medio borracbo y tambaleándose, aunque sin abandonar las plegarias desgranadas en todo lastimero.

Esa noche, Gilman volvió a ver la luz violácea. Oyó el rasgueo y mordisqueo al otro lado de la pared y le pareció que alguien intentaba abrir la puerta sin demasiados miramientos. Fue entonces cuando vio a la bruja y al pequeño ser peludo avanzando hacia él. El odioso rostro de la bruja se veía radiante, con una exultación inhumana, mientras que el engendro de los afilados colmillos soltaba su caracteristica risita al señalar a Edwood, que dormía profundamente sobre el diván que estaba al otro lado de la habitación. Al igual que la vez anterior, la bruja tomó a Gilman de los hombros, de un tirón lo sacó de la cama y lo dejó flotando. Otra vez los rugientes abismos desfilaron delante de él, hasta que poco después creyó estar en una callejuela oscura, cenagosa, ignota y maloliente, acotada por casas de paredes rotas o medio podridas.

Frente a él apareció un hombre negro, el mismo que había visto en su anterior sueño; por su parte, la bruja, muy cerca del joven, lo instaba imperiosamente a que se aproximara. Brown Jenkin se refregaba mimosamente contra los pies del bombre negro. Con un gesto de la mano, el hombre señaló una puerta abierta a su derecha. La bruja lo fue arrastrando a Gilman de la manga del pijama. Ambos subieron por una crujiente escalera iluminada por una luz violeta que parecía emanar de la propia hechicera, hasta que se detuvieron ante una puerta surgida en uno de los rellanos. La bruja hizo girar el picaporte, hizo seña a Gilman para que la esperara y desapareció por la puerta.

El joven alcanzó a oir un espantoso grito sofocado y poco después la bruja reapareció llevando en la mano una pequeña forma inerte que entregó a Gilman ordenándole que la tomase. La visión del bulto y del rostro de la hechicera hicieron que se rompiera el encanto. Incapacitado para gritar, el estudiante de matemáticas se lanzó escaleras abajo hasta que sus pies hollaron el barro de la calle, donde lo detuvo el hombre negro que parecía aguardarlo. Momentos antes de desvanecerse escuchó la risita del engendro de afilados colmillos.

El despertar de la mañana del 29 fue horrible. Al abrir tos ojos, supo que algo terrible había sucedido: se hallaba en su vieja buhardilla, la de paredes y techo inclinado, tendido sobre la deshecha cama. Sentía mucho dolor en el cuello y al incorporarse dificultosamente en la cama notó que tenía a sus pies y la parte interior del pijama manchados de barro reseco. En el medio de la confusión, supo que nuevamente había andado mientras dormía. Con toda seguridad Elwood debió dormirse profundamente y ni lo oyó ni mucho menos, lo detuvo. El piso de la habitación estaba lleno de desconcertantes pisadas y manchas de barro que, sin embargo, no llegaban hasta la puerta. Pudo reconocer entre los rastros del piso sus propias pisadas, pero también había unas marcas más chicas, circulares, como las que pueden dejar las patas de una mesa o una silla, salvo que un diámetro las partía por la mitad. Se veían, además, extraños rastros de barro dejados por las ratas, los que partían de un nuevo agujero horadado en la pared y a él volvían. Tambaleándose, Gilman se encaminó hacia la puerta, la abrió y comprobó que al otro lado no había huellas. El miedo a la locura comenzó a atormentarlo. Los siniestros rezos de Mazurewicz un par de pisos más abajo lo llevaron al límite de la angustia. Fue hasta la habitación de Elwood, lo despertó y comenzó a contarle lo ocurrido, aunque pronto advirtió que no existian palabras capaces de trasmitir en forma medianamente asible su experiencia. ¿Dónde había estado el joven? ¿Cómo había reingresado a su habitación sin dejar huellas en el pasillo? ¿Por qué se habían mezclado las manchas de barro con aspecto de huellas de muebles con las suyas propias? Eran preguntas sin respuesta. Además estaban las manchas lívidas que tenía en el cuello, como si hubiese querido poner fin a su vida por ahorcamiento. Posó ambas manos en torno al cuello y comprobó que el tamaño no coincidía con el de las manchas. Mientras intercambiaban estas perplejidades, Desrochers entró a la habitación para confiarles que durante la noche había oído un tremendo estrépito en el piso de arriba. Nadie había subido por la escalera luego de las doce; sin embargo, también había oído pasos en la buhardilla. Agregó que era una época mala del año para Arkham. Aconsejó a Gilman que mejor siempre llevara encima el crucifijo que le había procurado Joe Mazurewicz. Ni de día se estaba a salvo; después del amanecer se habían oído algunos ruidos significativos, en especial el sofocado grito de un niño.

Aquella mañana Gilman fue a clase, pero no consiguió prestar atención al curso. Estaba asustado y tenía el presentimiento de que una desgracia irremediable se cernia sobre él. Almorzó en el comedor de la Universidad y mientras esperaba el postre tomó un periodico que alguien había olvidado en un asiento. Una noticia de primera plana operó sobre él como un mazazo, lo dejó en un anonadamiento total; sólo fue capaz de pagar y volver con pasos vacilantes a la habitación de Elwood.

La noche anterior había ocurrido un extrano secuestro en Orne's Gangway: el hijo de una obrera llamada Anastasia Wolejko había desaparecido sin dejar rastros. Según lo que informaba el periódico, desde hacía un tiempo la madre tenía el presentimiento de que iba a ocurrir la desaparicion, pero las razones que daba para fundamentar su miedo eran tan grotescas que nadie podía tomarlas en serio. Decía que desde principios de marzo veía a Brown Jenkin merodear por su casa y que sus horribles muecas significaban que su pequeño hijo había sido escogido para el sacrificio ritual en la próxima Noche de Walpurgis. Le había pedido a su vecina, Mary Czanek, que durmiese en su cuarto para entre ambas tratar de proteger al niño, pero aquella no se había atrevido. En la policía no le creían. Pero desde que ella tenía memoria, todos los años, para esa fecha, se llevaban a algún niño. En cuanto a su companero, Pete Stowacki, no la ayudó porque lo que más deseaba, precisamente, era librarse del niño.

Particularmente impresionantes le resultaron a Gilman los testimonios de dos trasnochadores que casualmente pasaban por la entrada del callejón poco después de medianoche. Aunque admitieron haber bebido, aseguraban haber visto a tres estrafalarios personajes entrando al callejón. Uno de ellos era un enorme negro enfundado en una túnica, otro era una vieja andrajosa y el tercero un joven con ropa de dormir. La vieja arrastraba al joven, mientras una rata cariñosa se restregaba contra los pies del negro que se hundían en el fango del lugar. El estupor y el miedo dejaron paralizado a Gilman casi toda la tarde y así lo encontró Elwood cuando volvió al atardecer. Ahora resultaba imposible desconocer que había ocurrido algo realmente grave y que la misma amenaza andaba suelta. Entre las imágenes de los sueños y la realidad cotidiana se entrelazaba una monstruosa relación, que exigía una rigurosísima vigilancia. Gilman necesitaba un psiquiatra, pero ahora, cuando el rapto estaba en todos los periódicos, no era el momento más adecuado.

La enigmática naturaleza de lo sucedido suscitaba mil descabelladas ideas en ambos jovenes. ¿Sería posible que sin saberlo Gilman hubiese logrado un éxito mayúsculo con sus estudios sobre el espacio y sus dimensiones? ¿Habría escapado al ambiente terrestre y llegado a lugares inimaginables? ¿Dónde había estado, si es que había estado en algún sitio, durante aquellas pesadillescas noches? Los penumbrosos abismos, los terribles rugidos, la terraza, la atracción de los diversos puntos del cielo, el hombre negro, la callejuela fangosa, la escalera, la odiosa bruja, el engendro peludo de afilados colmillos, las masas de burbujas, el diminuto poliedro, el extraño bronceado de su cuerpo, la herida en la muñeca, los pies sucios de barro, las marcas en el cuello, los temores y las plegarias de los extranjeros supersticiosos... todo eso, ¿qué significaba? ¿Hasta dónde aquello podía ser considerado desde la óptica de las leyes racionales?

Durante la noche ninguno de los dos jóvenes pudo dormir, razón por la que al día siguiente ninguno de ellos fue a clase y se limitaron a pasar el día dormitando. Era el 30 de abril. Al atardecer sobrevendría la satánica ocasión del aquelarre tan temido por los viejos y los extranjeros. Mazurewicz regresó temprano, a eso de las seis de la tarde. Contó que en el molino la gente murmuraba que el aquelarre tendría lugar en el sombrío barranco existente al otro lado de Meadow Hill, donde está la antigua piedra blanca, paraje característico por su absoluta falta de vegetación. Mucha gente aconsejaba a la policía que buscara allí al niño. Joe volvió a pedirle a Gilman que llevara consigo el crucifijo y, para ser gentil, el joven se lo colgó en el cuello y dejó que colgara por debajo de la camisa.

Ya tarde, ambos amigos se mantenían sentados en sus sillas, medio dormidos por el ronroneo de las plegarias del reparador de telares. Gilman cabeceaba mientras trataba de que su oído muy sensibilizado captara cualquier ruido que se produjera en las inmediaciones. Datos y sucesos leídos en el Necronomicón y en el Libro Negro poblaron su mente y así pronto se descubrió balanceandose de acuerdo con el ritmo propio de las ceremonias del aquelarre, cuyo origen, según se decía, pertenecía a un tiempo y a un espacio no nuestros.

Poco después advirtió que en realidad estaba tratando de captar los avernosos cánticos de los oficiantes en el remoto y sombrío valle. Pero, ¿cómo estaba tan al tanto de aquellos detalles? ¿Cómo sabia la hora en que Nahab y su seguidor aparecerían con la repleta vasija que sucede al gallo y a la cabra negros? Se dio cuenta de que Elwood se había dormido y trató de despertarlo. Pero algo le oprimia la garganta. No tenía dominio sobre sí mismo. ¿Sería posible que hubiese firmado el libro del hombre negro?

En ese momento, su aguzado oído pudo captar unas lejanas notas que traía el viento de la noche. Atravesando millas y millas de colinas y valles, ríos y callejones, llegaron hasta él y pudo reconocerlas. Imaginaba que la hoguera ya se habría encendido y que los danzantes comenzaban su danza. ¿Cómo evitar llegar hasta alli? ¿Qué trampa le habían tendido? Las matemáticas, las leyendas, la casa, la vieja Keziah, Brown Jenkin... Notó que se había abierto un nuevo agujero en la pared cerca del diván. Sobreponiéndose a los cánticos y a las plegarias de Mazurewicz, oyó otro ruido correspondiente a algo que decididamente trepaba por la pared. Lo aterró la posibilidad de que la luz eláctrica fuera a cortarse. Poco después vio la abominable, colmilluda y barbada carita asomando por el agujero que creyó de las ratas, aquella cara que ahora comprendía se parecía enormemente a la de la bruja. Otro ruido, el del picaporte que comenzaba a moverse, lo aterró totalmente.

Como en una explosión surgieron ante el los abismos sombríos y poblados de guturales gritos y se sintió indefenso ante dos masas fosforescentes de burbujas. Delante de él, se movía vertiginosamente el pequeño poliedro y todo concurría a presagiar el estallido de un climax indecible. Le pareció saber que ocurriría: estallaría espantosamente el ritmo de Walpurgis para propiciar la concentración de todas las vorágines del espacio-tiempo que están más allá de la materia y dar paso a terribles períodos en todos los mundos.

Sin embargo, todo desapareció en un segundo. Nuevamente se encontraba en el estrecho espacio iluminado por la luz violeta, con el piso inclinado los montones de libros, el banco y la mesa, los curiosos objetos y el abismo triangular a ambos lados. Encima de la mesa, se veía una figura blanca y de escaso tamaño, el cuerpo de un niño sin ropas y desvanecido; al otro lado estaba la horrible vieja con su odiosa mueca blandiendo un cuchillo de peculiar mango en la mano derecha y una vasija de metal claro cincelados dibujos y exquisitas asas, en la izquierda. En una lengua desconocida para Gilman, entonaba un cántico ritual que, no obstante, le recordó el Necronomicón.

En tanto la escena cobraba mayor nitidez, el joven vio que la bruja se inclinaba hacia él y le tendía la vasija. Sin poder controlar sus movimientos, Gilman se descubrió alargando los brazos y tomando el cuenco en sus manos. Simultáneamente, Brown Jenkin se encaramó sobre el vacío negro y triangular de la izquierda. La bruja le indicó que mantuviese el cuenco en determinada posición, mientras ella levantaba el impresionante cuchillo todo lo que le permitía el brazo sobre el cuerpo del niño. El engendro peludo soltaba sus risitas escalofriantes, y la bruja le respondía mascullando. El asco invadió a Gilman y fue más fuerte que su parálisis física y espiritual; el cuenco temblaba en sus manos. Como en un relámpago, vio que el cuchillo bajaba rápidamente; el encanto pareció romperse, dejó caer de las manos el cuenco que produjo en el suelo un ruido parecido al tañido de una campana y al mismo tiempo dirigió las manos hacia adelante con frenesí para tratar de detener el acto. Forcejeando con la vieja, llegaron al borde del piso en declive, donde consiguió arrancar el cuchillo de las garras de la bruja y arrojarlo por el agujero del abismo triangular. Ese momento lo aprovechó la bruja para dirigir sus garras al cuello de Gilman y mientras oprimía con una fuerza sobrehumana, su arrugado rostro se iluminaba con una furia demencial. Sintió sobre su pecho la presión del crucifijo y pensó en el efecto que podría tener sobre su diabólica atacante. Con enormes dificultades y al borde de la asfixia, consiguió abrirse la camisa, tirar de la cadena y dejar libre el símbolo metalico.

Al verlo,la vieja parecía ser recorrida por una descarga eléctrica y aflojó la presión lo suficiente como para que Gilman volviese a respirar. Luego consiguió zafarse de las garras pero por poco tiempo. Repuesta de la impresión, la hechicera volvió al ataque aferrándolo nuevamente por el cuello. Esta vez Gilman respondió de la misma manera y con todas sus fuerzas la tomó del cuello. Actuando con rapidez, enroscó la cadena del crucifijo en el cuello de la bruja y de este modo comenzó a apretar hasta cortarle la respiración. Cuando menguaba la fuerza de la horrible vieja, Gilman sintió un agudo dolor en el tobillo y al volver la mirada advirtió que Brown Jenkin trataba de defender de cualquier manera a su amiga. Con un salvaje puntapié, el joven arrojó al engendro peludo dentro del abismo y alcanzo a oir sus quejidos desde algún remoto lugar.

Ignoraba si había dado muerte a la bruja. La dejó caída en el suelo y al volverse contempló algo que por poco lo mata de la impresión. Con su fuerza nada despreciable, con sus cuatro manos de endemoniada habilidad y con designio diabólico, Brown Jenkin había estado muy ocupado mientras él luchaba con la bruja. Si bien él había conseguido evitar que el cuchillo de la vieja se clavase en el cuerpo del niño, Brown Jenkin se había aplicado con sus afilados colmillos a destrozarle una de las muñecas. Ahora el cuenco, caído al piso, estaba lleno junto al cuerpo sin vida.

En medio de una suerte de delirio, Gilman oyó el cántico del aquelarre que le llegaba desde una distancia remota y no tuvo dudas de que el hombre negro se encontraba allí. Estos recuerdos se mezclaron con los de la matemática y súbitamente se consideró capacitado en el conocimiento de los ángulos necesarios para orientarse en su regreso al mundo terrestre. Tuvo la certeza de que se hallaba en el desván herméticamente clausurado por siglos, el mismo que se encontraba encima de su habitación. Sin embargo, sabía que sería muy difícil salir por el suelo en declive. Por otra parte, escapar de un desván soñado, ¿no lo llevaría a una casa imaginada, a una proyección diferente del lugar que en verdad procuraba? Tenía grandes dudas e incertidumbre acerca de la relacion sueño-realidad de lo que había vivido.

Transitar por aquellos terribles abismos sería una experiencia nada envidiable, ya que en ellos vibraría el ritmo de Walpurgis y al fin debería oir el chasquido cósmico tan temido y que hasta ahora había conseguido evitar. Ese sonido cruel que en la noche del sábado se hacía más sonoro en su resonar a través de los mundos para llamar a los iniciados a los ritos satánicos. La mitad de los cánticos de la noche del sábado concordaban con aquel latido, cuya audición era insoportable para cualqueer oído humano. Gilman también tenía dudas acerca del instinto que le decía que sería capaz de regresar a la parte del espacio que le correspondía. ¿Qué seguridad tenía de no desembarcar en la ladera iluminada por la luz violeta en un ignoto planeta, en la terraza de la enigmatica baranda, en cualquier lugar de esta u otra galaxia o en las espirales de horror donde reina Azatoth, el diablo-sultán que carece de mente?

En medio de estas incertidumbres, de pronto se extinguió la luz violeta que lo había iluminado desde comienzos de aquella experiencia y quedó completamente a oscuras. Volvió a sentir la presencia de la bruja, de Keziah, de Nahab y creyó que aquello significaba su final. Oía junto a los insoportables cánticos de la noche de Walpurgis, los quejidos de Brown Jenkin desde el abismo, las plegarias de Joe Mazurewicz contra el caos diabólico, que ahora aullaba en triunfo, los ruidos guturales de Iä, Shub-Niggutah, del Macho Cabrio con sus crías.

Gilman fue hallado en el piso de la buhardilla de ángulos singulares poco antes del amanecer. Un grito terrible había hecho acudir a Desrochers, Choynsky, Dombrowski, Mazurewicz y al propio Elwood. Gilman estaba con vida, con los ojos abiertos, pero inconsciente. En su cuello se veían unas huellas impresionantes y las ratas le habían mordido un tobillo. Tenía la ropa muy desarreglada y el crucifijo de Joe había desaparecido. Muy aterrorizado, Elwood se preguntaba qué nueva forma había adquirido el sonambulismo de su amigo. Mazurewicz estaba muy nervioso, pues decía haber recibido una señal en respuesta a sus plegarias. Al oir el chillido de una rata al otro lado de la pared inclinada, se persignó frenéticamente. Entre varios llevaron a Gilman a la habitación de Elwood y mandaron buscar al doctor Malkowski, un médico de barrio muy discreto. Éste le aplicó una inyección hipodérmica que le produjo un sueño reparador. Varias veces durante el día Gilman recobró el conocimiento y contó a Elwood fragmentos de la pesadilla.

El proceso que siguió fue arduo. Gilman descubrió que estaba completamente sordo. Consultado nuevamente el doctor Malkowski, diagnosticó que Gilman tenía ambos tímpanos rotos como consecuencia de haberse expuesto a un estruendo superior al que puede soportar cualquier ser humano. El único misterio que no podía descifrar el honrado médico de barrio era cómo en la casa aquellos tímpanos habían recibido un estruendo tal que no despertara simultáneamente a todo el valle del Miskatonic.

Para conversar, Elwood escribía su parte y Gilman le respondía. Ninguno de los dos podía encontrarle explicación a lo ocurrido, con lo que decidieron al fin que lo mejor era hablar lo menos posible sobre el asunto. Coincidieron, tambien, en que lo mejor era abandonar aquella casa maldita. Los diarios de la tarde daban cuenta de una batida policial en los desfiladeros de Meadow Hill, realizada cuando un conjunto de estrafalarios personajes se entregaban a curiosas ceremonias rituales. No hubo detenciones aunque entre los que escaparon había un negro enorme. La información agregaba que no se habían encontrado rastros del niño desaparecido.

Sin embargo, el apocalipsis del horror no se había desatado entre los habitantes de aquella casa. Ocurrió precisamente esa noche. Como consecuencia de ello, Elwood sucumbió a una crisis nerviosa que le impidió volver a clases durante todo aquel fatídico año. Aquelia noche terrible, el amigo de Gilman se había quedado con la misión de mantenerse despierto para cuidar a su compañero. Desde un comienzo escuchó el ruido de las ratas al otro lado del tabique, pero como estaba acostumbrado les prestó poca atención. Bastante después de que ambos se hubieran acostado, empezó a oir atroces gritos proferidos por su amigo. Elwood saltó de la cama, encendió la luz y se aproximó al sofá donde dormía Gilman. Los gritos no sólo aumentaban en intensidad sino en una cualidad estrictamente inbumana: parecía sometido a una bárbara tortura. Mientras trataba de sujetarlo para que sus retorcimientos y contorsiones no terminaran con él en el suelo, Elwood advirtió que una creciente mancha roja teñía las mantas. Poco a poco los frenéticos movimientos y los gritos fueron decreciendo. En ese momento ingresaron a la habitación Dombrowski, Choynski, Desrochers, Mazurewicz y otros moradores más. Por su parte, el casero había enviado a su mujer a que telefoneara al doctor Malkowski. Un unánime grito de horror escapó de las gargantas de todos los hombres reunidos en torno al sofá cuando vieron como una especie de rata de enorme tamaño saltaba del lecho ensangrentado y huía por el piso a refugiarse en un agujero recientemente practicado en la pared. Al llegar el médico y retirar las mantas sólo pudo constatar que Gilman había muerto.

Tal vez sería aventurado conjeturar qué le causó la muerte al estudiante. En su tronco tenía una especie de tunel que culminaba en el lugar donde había tenido el corazón, que no pudo ser encontrado entre las vísceras. Desesperados porque el veneno contra las ratas había resultado ineficaz, Dombrowski y los demás locatarios cancelaron el alquiler y antes de una semana estaban instalados en otra destartalada casa de huéspedes. Lo más difícil de soportar era a Mazurewicz, ya que el reparador de telares nunca estaba sobrio y siempre mezclaba plegarias con imprecaciones a fantasmas y demonios.

Aquella última noche, Joe se había inclinado para observar las huellas que había dejado la rata desde el cuerpo de Gilman hasta el agujero de la pared. En el trayecto sobre la alfombra eran bastante confusas, pero en el tramo que quedaba entre el final de la alfombra y la pared mostraban algo monstruoso. En ese trozo de piso lo que se veía eran las nítidas huellas de cuatro diminutas manos humanas.

La casa no volvió a ser alquilada. La gente le huía por la mala fama y también por el olor apestoso que salía de ella. Probablemente a la larga el veneno contra las ratas produjo sus efectos con graves molestias para el vecindario. Los funcionarios de salubridad que la inspeccionaron detectaron que el mal olor salía de los espacios cerrados lindantes con la buhardilla; la cantidad de ratas muertas debía ser enorme. De todos modos, decidieron no abrir aquellos lugares puesto que el olor cesaria pronto y, después de todo, aquel no era un vecindario como para preocuparse demasiado. Por otra parte, los olores que exhalaba la casa de la bruja no eran cosa reciente, en especial luego de la vispera del Día de Mayo y de la Noche de Todos los Santos. Pero los funcionarios declararon inhabitable la casa.

Los sueños de Gilman y los hechos ocurridos en la última etapa de su vida nunca fueron explicados. Elwood volvió a la Universidad y terminó por graduarse en el mes de junio. Luego de su reposo, notó que los comentarios sobre la horrible muerte de su amigo habían disminuido y nadie volvió a hablar por bastante tiempo de la vieja Keziah o de Brown Jenkin. Fue providencial que Elwood no estuviera en Arkham mucho tiempo después, cuando recomenzaron los rumores acerca de los horrores que quedan consignados.

En marzo de 1931 un viento huracanado levantó el techo de la casa de la bruja; una gran cantidad de escombros cayó sobre el desván desfondando el suelo. Nadie se atrevió a investigar ni a examinar nada. La demolición final ocurrió en diciembre y los obreros que debieron ocuparse de lo que había sido la habitación de Gilman se mostraron poco emprendedores. Entre los escombros descubrieron ciertas cosas que los llevaron a llamar a la policía. Ésta, a su vez, requirió la presencia de un juez de primera instancia y de varios profesores de la Universidad. Se habían encontrado huesos triturados y astillados, claramente humanos, pero cuya contemporaneidad no coincidía de ninguna manera con el tiempo que el desván había permanecido clausurado. El forense identificó huesos de un niño pequeño, mientras que otros, con trozos de tela oscura y podrida, pertenecían a una mujer vieja y de escasa estatura. También se hallaron trozos de libros y papeles, los que versaban en su totalidad sobre magia negra y la fecha reciente de muchos de esos papeles agrega aún más misterio al de los huesos.

 


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