Sinopsis
La ropa, los coches, las chicas, la música... Corrupción en Miami es el arquetipo de todo cuanto estaba de moda en los años ochenta. James “Sonny” Crockett (Don Jonson) y Ricardo Tubbs (Philip Michael Thomas) son una pareja de detectives infiltrados en el mundo del narcotráfico de Miami, llevando un tipo de vida que encaja con su tapadera (Sonny vive en un velero junto con su mascota, un cocodrilo llamado “Elvis” y Tubbs, antiguo policía de Nueva York, no se separa de su escopeta de cañones recortados). Ambos se enfrentan a los bajos fondos de Florida e intentan encontrar a los asesinos del hermano de Tubbs. Corrupción en Miami, con numerosas estrellas como actores invitados y un buen número de premios Emmy® en su haber se ha convertido en una leyenda de la televisión.
Crítica
Puntuación del crítico4La España de mediados de los 80 era aún una tierra muy atrasada. Los españoles de aquel entonces experimentábamos con aquel nuevo juguete llamado libertad, hacíamos prácticas con el instrumento de la democracia y tratábamos de ponernos al día tras casi 40 años de aislamiento más o menos intenso. En aquella sociedad en pleno despertar la TV desempeñó un papel fundamental al ofrecernos en su pantalla lo que, se suponía, debía ser ese mundo que se levantaba más allá de nuestra fronteras. Y fue precisamente por ella que en nuestro país supimos de una serie de factura estadounidense que fascinó a la televisiva población del momento: "Corrupción en Miami".
Serie policíaca desarrollada en la ciudad costera americana, "Corrupción en Miami" supuso un hito en el limitado panorama televisivo. Bajo la premisa de entrener, aquel trabajo mostraba una urbe cosmopolita de gigantescos edificios, radiante, luminosa, blanca como la cal, por cuyas aceras paseaban mujeres esbeltas ataviadas con seductores bikinis de colores. Sus calles, desfile de variopintos ciudadanos que vivían una existencia plagada de sensaciones desconocidas, eran un laberinto en donde cada esquina daba acceso a un bulevar de rubias platino, morenas pasión y pelirrojas viciosas. Una ciudad de ensueño, onírica a los ojos de los españoles de la época, en donde las historias personales estaban envueltas en un aura especial.
Su policía, renombrada a la categoría de detectives, investigaba crímenes y empleaba medios que aquí sólo podíamos imaginar. Así, los vetustos y descoloridos SEATs de nuestras fuerzas armadas se revelaban patéticos frente a los deportivos blancos y los descapotables negros que conducían los protagonistas. Las armas de nuestros tricornios, reminiscencias arcaicas de un pasado franquista todavía fresco, daban risa frente al armamento desplegado en cada episodio, en donde los rifles automáticos y las escopetas de cañones recortados imponían su atronadora autoridad. Una tierra de gafas de espejo y pistolas niqueladas cuyo sólo desenfundar ya era todo un ejercicio de clase.
En aquel paraíso, si los días eran deslumbrantes, las noches eran cegadoras. Mientras nuestros cantautores se desgañitaban por la libertad, allí el neón, los trajes de diseño y las salas de fiestas invadían las avenidas al caer el Lucero. Un mundo hedonista que se movía al ritmo de sonidos revolucionarios, electrónicos, con un frenesí tal que eclipsaba a la hortera movida madrileña del momento. Hasta los delincuentes eran de otra pasta. Nuestra iconografía nacional a golpe de "Lutes" y "Vaquillas", pobres diablos de navaja en mano o jeringuilla en vena, daba asco al compararse con los mafiosos de aquel lugar, quienes vestían con elegancia, traficaban con drogas exóticas y vivían en mansiones decoradas con arte de vanguardia. En aquella ciudad todo sucedía en otra onda, a otro nivel. Nada parecía accesible al español de entonces. Allí incluso las persecuciones rezumaban estilo, fuesen sobre el asfalto o sobre el agua, con unos vehículos derrochando fuerza, velocidad y espectacularidad.
Un dulce insulto para la vista de unos españoles que, extasiados, veíamos aquellas imágenes encandilados, con ojos lujuriosos, y una sensación a mitad de camino entre la envidia y la incredulidad. ¿Existía aquel mundo?. ¿Podía ser real una ciudad en donde la policía vistiese trajes de Armani, condujese deportivos y viviera cada día una aventura de diseño?. No extraña que la España ochentera, codiciosa de todo lo que sucedía al otro lado del charco, elevase a aquel país a la categoría de fetiche, no habiendo mayor orgullo para un padre que enviar a su hijo a estudiar a los EE.UU. Nadie podría haber vaticinado que las tornas cambiarían tanto.
En resumen: Serie policíaca de los 80 que dio a conocer a Don Johnson. Marcó época.
Serie policíaca desarrollada en la ciudad costera americana, "Corrupción en Miami" supuso un hito en el limitado panorama televisivo. Bajo la premisa de entrener, aquel trabajo mostraba una urbe cosmopolita de gigantescos edificios, radiante, luminosa, blanca como la cal, por cuyas aceras paseaban mujeres esbeltas ataviadas con seductores bikinis de colores. Sus calles, desfile de variopintos ciudadanos que vivían una existencia plagada de sensaciones desconocidas, eran un laberinto en donde cada esquina daba acceso a un bulevar de rubias platino, morenas pasión y pelirrojas viciosas. Una ciudad de ensueño, onírica a los ojos de los españoles de la época, en donde las historias personales estaban envueltas en un aura especial.
Su policía, renombrada a la categoría de detectives, investigaba crímenes y empleaba medios que aquí sólo podíamos imaginar. Así, los vetustos y descoloridos SEATs de nuestras fuerzas armadas se revelaban patéticos frente a los deportivos blancos y los descapotables negros que conducían los protagonistas. Las armas de nuestros tricornios, reminiscencias arcaicas de un pasado franquista todavía fresco, daban risa frente al armamento desplegado en cada episodio, en donde los rifles automáticos y las escopetas de cañones recortados imponían su atronadora autoridad. Una tierra de gafas de espejo y pistolas niqueladas cuyo sólo desenfundar ya era todo un ejercicio de clase.
En aquel paraíso, si los días eran deslumbrantes, las noches eran cegadoras. Mientras nuestros cantautores se desgañitaban por la libertad, allí el neón, los trajes de diseño y las salas de fiestas invadían las avenidas al caer el Lucero. Un mundo hedonista que se movía al ritmo de sonidos revolucionarios, electrónicos, con un frenesí tal que eclipsaba a la hortera movida madrileña del momento. Hasta los delincuentes eran de otra pasta. Nuestra iconografía nacional a golpe de "Lutes" y "Vaquillas", pobres diablos de navaja en mano o jeringuilla en vena, daba asco al compararse con los mafiosos de aquel lugar, quienes vestían con elegancia, traficaban con drogas exóticas y vivían en mansiones decoradas con arte de vanguardia. En aquella ciudad todo sucedía en otra onda, a otro nivel. Nada parecía accesible al español de entonces. Allí incluso las persecuciones rezumaban estilo, fuesen sobre el asfalto o sobre el agua, con unos vehículos derrochando fuerza, velocidad y espectacularidad.
Un dulce insulto para la vista de unos españoles que, extasiados, veíamos aquellas imágenes encandilados, con ojos lujuriosos, y una sensación a mitad de camino entre la envidia y la incredulidad. ¿Existía aquel mundo?. ¿Podía ser real una ciudad en donde la policía vistiese trajes de Armani, condujese deportivos y viviera cada día una aventura de diseño?. No extraña que la España ochentera, codiciosa de todo lo que sucedía al otro lado del charco, elevase a aquel país a la categoría de fetiche, no habiendo mayor orgullo para un padre que enviar a su hijo a estudiar a los EE.UU. Nadie podría haber vaticinado que las tornas cambiarían tanto.
En resumen: Serie policíaca de los 80 que dio a conocer a Don Johnson. Marcó época.




