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| Lainier Sind
desde la Ciudad de los Murciélagos
-- Lunes, 8 de Marzo de 2004 a las 10:34.
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Obra maestra de Tarantino, que se ha superado a sí mismo. Es muy difícil hacer una película que prácticamente carezca de trama (aunque habrá que ver la segunda parte a ver si esto es totalmente verdad) y que resulte sobresaliente. Sin embargo, este hombre lo ha conseguido. Durante la película, argumentalmente hablando, suceden pocas cosas (una mujer a la que casi matan, y luego regresa para vengarse. Le forjan una espada y va matando a sus enemigos), pero todo está hecho con el sello personal y magistral de Tarantino. Lo que en manos de otro se hubiera convertido en una sucesión aburrida de golpes, tajos y muertes, aquí se convierte en un delirio visual salpicado de momentos sorprendentes, un auténtico goze visual, un increíble homenaje a las pelis se serie B, de artes marciales, de samuráis, de anime, del spaguetti-western, etc, etc. Entre esto, y que es de Tarantino, la película es deliberadamente irreal: chorros de sangre imposibles, katanas en aviones, gente con miembros cercenados que no perece, rehabilitación en 13 horas, y muchas otras cosas. De hecho, el singular autor ya nos avisa desde el principio, con el viejo proverbio Klingon. Los Klingon no son un pueblo real, así que Tarantino advierte que no ha apostado por la realidad. Esta película es una frikada, que solo puede disfrutarse si uno es fan de los géneros que homenajea Tarantino, y va al cine sin prejuicios. Guión simple pero llevado a la pantalla de forma sorprendente, dirección impecable, ritmo calculado (no sé porque mis amigos se quejaban de que la película era lenta, por los silencios que había a veces), fotografía maravillosa (¡ese duelo en la nieve!), actores sobresalientes (es curioso como Bill, un personaje al que no se le ve la cara, resulta tan carismático. Algo así como Darth Vader), y una música genial.
Quiero. Una. Coñoneta.
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