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a
observar la bóveda celeste y seguí
viendo oscuridad, sentí que se oprimía mi corazón,
pero mi curiosidad insistió y volví mis sentidos hacia
el pozo, ahora ese clamor luminoso cesaba y se convertía
en tres intensas fulgores en medio del vacío sepulcral, y
me di cuenta que eran esas mismas estrellas que ahora apenas alcanzan
a iluminar este valle decadente. (Zeth)
Los Seres Amorfos no sabían
que hacer. Habían permanecido tantos eones sometidos al Supremo
Ser Amorfo, que por mucho que intentaban dirigir sus pasos hacia
el Olivo de la Humanidad, no encontraban el Sendero de Ónice
que podría guiarles hasta humanizantes ramas de verde esmeralda.
En una onírica dimensión el valle había estado
iluminado por miles de estrellas de tornasolados brillos, pero el
Supremo Ser Amorfo les había prometido generosas bondades
que ellos habían creído y elogiado ingenuamente, provocando
su perfidia que las estrellas de tornasolados fulgores fuesen absorbidas
por el pozo de fulgentes destellos.
(Joseph
Curwen)
Sin
tregua, sin cuartel, sin el más mínimo asomo de querer
llegar al Armisticio Armónico, se libró la Lid de
las Lides, auspiciadas por el Ente Cacofónico de la Sombra
que reclamaba Soberana Monarquía. Pero, yo guardaba en el
hueco de mis manos las tres llaves, que abrían el Pórtico
de la Noria en giralunas y girasoles, girándulas y libélulas
tornasoladas y acaracoladas. Una llave era de lapizlázuli
que abría las sombras para encontrar el Sendero de Ónice,
la segunda llave era de basalto que partía la luz del relumbrón
y la tercera, una llave minúscula, con cabeza de diamante,
hacía redondo el horizonte.
(Henry Armitage)
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