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A
mis espaldas rugía congelada la oscuridad sin poder avanzar
ni un ápice hacia el lustre de ónice que la llave
había abierto. Me encontraba al otro lado, tal vez a salvo;
aunque el cielo violáceo me daba mal fario, porque las Criaturas
Amorfas con Almas de Medusa podían haberme seguido los pasos,
olfateando el sudor de las plantas de mis pies. Poco caminé
por el Sendero de Ónice, pues en el primer recodo del camino
choqué con una superficie transparente, como si un cristal
taponase mi paso al otro lado. Seguí el frío cristal
con mis manos abiertas y la exploración me llevó a
varios metros de distancia en medio de un tupido bosque de pinos
plateados.
(Henry Armitage)
Mientras
escrudriñaba las tinieblas que reinaban por debajo de la
pálida luminiscencia, emitida por las copas plateadas de
los pinos, llegó a mis oídos ruidos lejanos de chapurreos
confusos y de chapoteos repugnantes. ¡Los Amorfos! ¡Habían
llogrado hallar mi pista y ahora estaban lanzados en una frenética
y despiadada cacería! Al mismo tiempo comencé a percibir
en la penumbra del sotobosque confusas siluetas en movimiento. Momento
de crítica decisión, debía elegir: O bien lanzarme
hacia lo desconocido y huir al interior del bosque, o bien esperar
estoicamente a que los Seres Amorfos diesen conmigo. (Hee
Hoo)
Tras
unos momentos de máxima confusión, decidí internarme
en el bosque de argentados brillos, pues lo último que deseaba
era encontrarme con ese grupo de desdichados Seres Amorfos que,
ya sin la patética guía de su cacofónico y
usurpador Soberano, se habían tornado un paupérrimo
grupúsculo de Seres sin
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