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tranquilizó con un gesto. Había algo en ella que me
resultaba especialmente inquietante, tal vez era el dibujo en triángulo
que formaban las venas en una de sus manos, que casi parecía
transparente o que calzara sandalias de diferentes colores, una
dorada, la otra plateada, como si fueran parte de un disfraz improvisado.
Ante mi indecisión, me enseñó algo que llevaba
guardado en su puño y, meciendo su cuerpo con un sinuoso
vaivén delante de mí, me pidió que la siguiera.
(Henry
Armitage)
Presurosamente,
seguí hacia donde la extraña aparición fantasmal
me conducía: una profunda oscuridad invisible e impalpable
nos rodeaba, excepto por los fosforescentes relieves alienígenos
y pesadillescos que ornaban lo que me parecía eran los muros
de la caverna en la que nos encontrábamos. No sabía
hacia dónde me dirigía la sutil visión, pero
seguía tras ella como si fuera un faro y yo un navío
extraviado en la inmensidad de un negro y terrorífico océano;
hasta que me pareció escuchar el rumor del mar, de olas de
enormes magnitudes, de agua que batía incansablemente contra
afiladas y rocallosas costas que ningún ser humano podría
imaginar. Hasta ese momento, nos seguían los descarnados
aullidos de los Seres Amorfos, cuyas figuras se recotaban, por momentos,
contra la negrura reinante. Y supe, entonces, que había quedado
atrás el tenebroso bosque y la salvadora caverna, que ahora
tendría que enfrentar novedades que todavía tenían
que presentarse ante mí. (Dogon)
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