Un actor nominado al Oscar pierde la cara y la recupera con nanobots, hasta que deja de estar en su sitio. Flanagan escribe, Watkins dirige y Harries se come la pantalla en un terror corporal que promete más de lo que acaba dando.
Sinopsis
Matt Hagen es un actor en lo más alto: acaba de recibir su primera nominación al Oscar. Una noche con la mujer equivocada, la novia del mafioso Markos Szabo, le cuesta la cara, marcada a navaja, y con ella la carrera, el dinero y los amigos. Su única salida es un tratamiento experimental con nanobots de la doctora Caitlyn Corr, capaz de regenerar la piel en cuestión de horas. Funciona, al principio. Luego Matt descubre que su cuerpo ya no tiene una forma fija, que puede ponerse la cara y la voz de cualquiera, y que en Gotham hay unas cuantas cuentas pendientes.
Crítica
Puntuación del crítico6Hay un momento, al principio de Clayface, en el que Matt Hagen, actor recién nominado al Oscar y recién recompuesto, posa en una alfombra roja y nota que algo en su cara ha dejado de estar en su sitio. Los flashes siguen disparando y él sigue sonriendo, porque es lo único que sabe hacer delante de una cámara. Es la mejor idea de la película y llega pronto, cosa que es a la vez una buena y una mala noticia.
Clayface arranca como una película de terror corporal con muy mala baba y se conforma, a partir de la mitad, con ser un thriller de venganza correcto. Se ve con gusto, da asco cuando tiene que darlo y Tom Rhys Harries está estupendo. Pero lo que promete su primera media hora es otra cosa, y uno sale con la sensación de haber visto el montaje prudente de una película más rara.
Es la tercera entrega del DCU de Gunn y Safran y la primera que prescinde de todo lo que huela a capa: aquí no sale Batman, ni se le espera. La historia es de Mike Flanagan, que llevaba desde 2021 dando la lata con un Clayface de terror inspirado en "Feat of Clay", aquellos dos episodios de la serie animada de 1992 que a más de un chiquillo nos dejaron mal cuerpo para toda la semana. Flanagan no pudo dirigirla y la heredó James Watkins (Eden Lake, La mujer de negro, el remake americano de No hables con extraños), con Hossein Amini reescribiendo el guion.
Y esa doble mano se nota. Hay una película de Flanagan, triste y obsesiva, sobre qué queda de alguien que vivía de su cara cuando se la quitan. Y hay otra de Watkins, más seca y más de género, que tiene prisa por llegar a la sangre.
El planteamiento es de cine negro de toda la vida. Hagen pasa la noche con la novia de quien no debía, un mafioso (David Dencik) que le devuelve el favor a navaja; la carrera se hunde, el representante (Eddie Marsan) mira para otro lado y la única salida es el tratamiento experimental con nanobots de la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie). Funciona. Después deja de funcionar. Después funciona demasiado.
Harries es lo mejor con diferencia. Hace de actor, que es más difícil de lo que parece, porque tiene que interpretar la vanidad y el pánico a la vez sin que ninguno de los dos se coma al otro. Y cuando Hagen descubre que puede ponerse la cara y la voz de cualquiera, Harries pasa a interpretar a un hombre que interpreta a otros, que es donde la película por fin se vuelve tan extraña como debería. La secuencia del club nocturno, con Hagen cambiando de rostro para que no lo cacen mientras hace limpieza, está muy bien rodada; la fotografía de Rob Hardy tira ahí de amarillos sucios de garito a las cuatro de la mañana y Watkins mueve la cámara con nervio.
Del terror corporal no voy a contar mucho, porque el gusto está en no saberlo. Baste decir que hay un par de planos para apartar la vista y que quien vaya buscando la herencia de La mosca la va a encontrar, aunque más limpia y más pulida de lo que pedía el asunto. A ratos el barro digital se ve demasiado digital.
El problema es todo lo que rodea a Harries. Ackie hace lo que puede con una científica escrita en cuatro líneas, y la historia de amor que la película necesita para funcionar no termina de cuajar. Max Minghella, el policía novio, es un perchero con placa. Y el mafioso de Dencik da el miedo justo, que en un villano de venganza es poco. Gotham, rodada en Liverpool, podría ser cualquier ciudad con una comisaría y un par de pancartas de la policía local.
Y hay una película que me rondó la cabeza toda la sesión: Darkman. Sam Raimi contó en 1990 casi la misma historia (hombre desfigurado por mafiosos, caras postizas, venganza a domicilio) con bastante más desvergüenza. Clayface tiene mejores efectos y peor sentido del humor, y en este género lo segundo pesa.
Dicho todo esto, el público la está tratando mejor que la crítica: notable alto en las encuestas a la salida de las salas en Estados Unidos (A- en CinemaScore), primer puesto en taquilla en su estreno y un 59 en Metacritic que dice exactamente lo que es, una película que funciona más veces de las que falla. Son 108 minutos y se pasan rápido, que ya es más de lo que pueden decir otras del género.
Para quien le guste el terror y le dé igual el tebeo, vale la entrada. Para quien vaya buscando el DCU, que sepa que esto es un desvío, y que el último plano deja claro que el barro todavía no ha dicho su última palabra.
Clayface arranca como una película de terror corporal con muy mala baba y se conforma, a partir de la mitad, con ser un thriller de venganza correcto. Se ve con gusto, da asco cuando tiene que darlo y Tom Rhys Harries está estupendo. Pero lo que promete su primera media hora es otra cosa, y uno sale con la sensación de haber visto el montaje prudente de una película más rara.
Es la tercera entrega del DCU de Gunn y Safran y la primera que prescinde de todo lo que huela a capa: aquí no sale Batman, ni se le espera. La historia es de Mike Flanagan, que llevaba desde 2021 dando la lata con un Clayface de terror inspirado en "Feat of Clay", aquellos dos episodios de la serie animada de 1992 que a más de un chiquillo nos dejaron mal cuerpo para toda la semana. Flanagan no pudo dirigirla y la heredó James Watkins (Eden Lake, La mujer de negro, el remake americano de No hables con extraños), con Hossein Amini reescribiendo el guion.
Y esa doble mano se nota. Hay una película de Flanagan, triste y obsesiva, sobre qué queda de alguien que vivía de su cara cuando se la quitan. Y hay otra de Watkins, más seca y más de género, que tiene prisa por llegar a la sangre.
El planteamiento es de cine negro de toda la vida. Hagen pasa la noche con la novia de quien no debía, un mafioso (David Dencik) que le devuelve el favor a navaja; la carrera se hunde, el representante (Eddie Marsan) mira para otro lado y la única salida es el tratamiento experimental con nanobots de la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie). Funciona. Después deja de funcionar. Después funciona demasiado.
Harries es lo mejor con diferencia. Hace de actor, que es más difícil de lo que parece, porque tiene que interpretar la vanidad y el pánico a la vez sin que ninguno de los dos se coma al otro. Y cuando Hagen descubre que puede ponerse la cara y la voz de cualquiera, Harries pasa a interpretar a un hombre que interpreta a otros, que es donde la película por fin se vuelve tan extraña como debería. La secuencia del club nocturno, con Hagen cambiando de rostro para que no lo cacen mientras hace limpieza, está muy bien rodada; la fotografía de Rob Hardy tira ahí de amarillos sucios de garito a las cuatro de la mañana y Watkins mueve la cámara con nervio.
Del terror corporal no voy a contar mucho, porque el gusto está en no saberlo. Baste decir que hay un par de planos para apartar la vista y que quien vaya buscando la herencia de La mosca la va a encontrar, aunque más limpia y más pulida de lo que pedía el asunto. A ratos el barro digital se ve demasiado digital.
El problema es todo lo que rodea a Harries. Ackie hace lo que puede con una científica escrita en cuatro líneas, y la historia de amor que la película necesita para funcionar no termina de cuajar. Max Minghella, el policía novio, es un perchero con placa. Y el mafioso de Dencik da el miedo justo, que en un villano de venganza es poco. Gotham, rodada en Liverpool, podría ser cualquier ciudad con una comisaría y un par de pancartas de la policía local.
Y hay una película que me rondó la cabeza toda la sesión: Darkman. Sam Raimi contó en 1990 casi la misma historia (hombre desfigurado por mafiosos, caras postizas, venganza a domicilio) con bastante más desvergüenza. Clayface tiene mejores efectos y peor sentido del humor, y en este género lo segundo pesa.
Dicho todo esto, el público la está tratando mejor que la crítica: notable alto en las encuestas a la salida de las salas en Estados Unidos (A- en CinemaScore), primer puesto en taquilla en su estreno y un 59 en Metacritic que dice exactamente lo que es, una película que funciona más veces de las que falla. Son 108 minutos y se pasan rápido, que ya es más de lo que pueden decir otras del género.
Para quien le guste el terror y le dé igual el tebeo, vale la entrada. Para quien vaya buscando el DCU, que sepa que esto es un desvío, y que el último plano deja claro que el barro todavía no ha dicho su última palabra.
Imágenes: Warner Bros. Pictures / DC Studios.