" Alguien tiene que querer a Alemania ".
Hipnótica, magnética, inquietante. Un film libérrimo, que huye de todo canon, que demuestra un elaboradísimo control del lenguaje cinematográfico por parte del danés. Me gusta mucho cómo juega con el poder creativo : con la paleta cromática, con una narración habitualmente en blanco y negro, pero dotando de color en el momento preciso a los elementos de importancia ; también la manipulación a su antojo de la profundidad de campo ; la ausencia casi total de escenarios reales y naturales, desarrollado casi todo el film en interiores y permitiéndonos ver la desgracia alemana a través de falsas imágenes puestas de fondo, reflejos en los cristales del tren o las propias palabras de los protagonistas.
Luego, hay muchas referencias a autores como Hitchcock, no sólo en la utilización de la música de Vértigo, sino esencialmente en la última y agobiante media hora del film, que a ratos tiene una tensión casi insoportable.
La visión de una Europa destruida, corrompida, insalvable, llena de fuerzas incontrolables, casi divinas, que luchan por sobrevivir y emanciparse en un territorio hundido, me parece magnífica. La presencia de Leopold, un americano ingenuo e idealista, hace al film casi Kafkiano : es un pobre tipo que se encuentra en la corriente de cruce de diversas fuerzas, siendo utilizado una y otra vez por ellas, hasta caer en la misma locura y desesperación que el resto del país. El símbolo del tren, como una suerte de viaje a lo más oscuro de Alemania, como el vehículo que en su momento llevó a los judíos a los campos de concentración y ahora lleva a Leonard a la locura en medio de un caos, es de las cosas que más me gustan del film. Los últimos 30 minutos, como ya dije, desarrollados exclusivamente en el interior del tren, son agobiantes e insoportables como pocos.
Buena elección la de la voz en off y la imágen de las vías iluminadas por la luz del tren como McGuffin para la película. Me gustan mucho también los momentos sentimentales, con clarísima inspiración de los films americanos de los 40-50.
Esa mezcla de estilo clásico y reglas inventadas por el propio Trier para filmar, me resulta curiosísimo.
En resumen : un muy buen film, si no el mejor del autor, redondo y formalmente más que interesante y sobre todo libre, arriesgada, una reflexión inaudita sobre Europa y la fuerza de empuje divina. Muy recomendable.
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