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| RealWimper
-- Lunes, 21 de Febrero de 2005 a las 23:54.
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Los Farrelly, again. Difícil aportar algo que no se sepa sobre estos parientes. Buena parte de sus producciones, en mayor o menor medida, mantienen el mismo rumbo cómico. Humor a golpe de excesos, falto de finura, sin concesiones, a veces incluso escatológico, en donde la risa boba a golpe de mal gusto domina el escenario (semen en el pelo, anzuelos dolorosos, agentes de tráfico bebiendo orina, niños ciegos con canarios muertos, diarreas bestiales, etc). A ello hay que sumar ese deseo de crear "paradas de los monstruos" particulares y que parece dominar todos sus trabajos. En "Algo pasa con Mary" (1998), personajes traumatizados por una cremallera, obsesionados por una mujer y protagonistas de las situaciones más memas. En "Dos tontos muy tontos" (1994), dos tipos tan aberrantes, imbéciles y estúpidamente odiosos que dan una nueva definición a la expresión "bicho raro". En "Yo, yo mismo e Irene", un policía aquejado de doble personalidad, radical como él solo, tarado por los cuernos de su mujer con un enano y con hijos cebosos malhablados. En "Amor Ciego", gordas mórbidas, niñas quemadas, mujeres de dentadura horrible, personajes que andan a cuatro patas, colas en el culo y adefesios con psoriasis. Problemas de salud todos ellos reales pero en los que los Farrelly gustan de revolcarse. Y, por supuesto, esa contradicción que impregna toda la obra, pues si tanto interés tienen sus responsables en vendernos las delicias del amor verdadero, no tiene lógica recurrir a una alteración de la mente para que las mujeres horribles se muestren como bombones impecables a ojos del protagonista, pues se sigue recurriendo a la belleza física como gancho. De hecho, sólo al final del metraje se pone fin a ese recurso. Lo coherente hubiese sido ver desde el principio a una gorda simpática como lo que es: una gorda simpática.
En resumen: otro engendro para el circo de los Farrelly.
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