Guillermo del Toro arregla muchos defectos del primer Blade y comete los suyos propios. Las peleas empiezan con un estilo muy a lo kung fu y acaban siendo combates de lucha libre en plan Santo, el enmascarado de Plata. Se nos propone un brutal enfrentamiento entre vampiros ultramodernos (ultrahorteras, más bien) y unos vampiros horribles que parecen la siguiente generación de las cucarachas de Mimic. La estética ahora es más oscura y gótica, y los efectos le pegan mil vueltas a los de la primera. Supera claramente a la primera en lo visual, aunque los decorados siguen sin convencerme mucho. Los de la primera parecían quirófanos y éstos son a veces oscuros y a veces chillones, con ese rojo acaramelado que hace parecer la sangre sirope de fresa. Blade ha pasado de ser un Terminator afro-sobrenatural a ser el Clint Eastwood de El bueno, el feo y el malo. La música vuelve a ser una mierda, sólo se salva la ambiental. El guión es claramente peor. Los diálogos siguen siendo malillos, y ahora la historia no puede ser más incoherente. Blade se limitaría a dejar una bomba en casa de Damaskinos y repartir linternas ultravioleta entre los humanos, para sembrar el caos y acabar de una vez con el secreto. Ése es el gran fallo de los vampiros de David Goyer: todas esas instalaciones, esa genética, los siervos... no sólo frivolizan el mito (¡¿Curar el vampirismo con una inyección?!), sino que hacen increíble el que nadie conozca la existencia de los vampiros.
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