A mitad del número 21, un botánico medio loco abre el cadáver de La Cosa del Pantano y encuentra un corazón que no ha bombeado nunca nada. Con esa autopsia, en 1984, Alan Moore desmontó a un personaje de once años y empezó a enseñar a los tebeos americanos a ser adultos. Esta es una lectura detenida de aquella etapa y de todo lo que salió de ella.
Un ensayo largo sobre la etapa que convirtió al tebeo de monstruos menos vendido de DC en el modelo del cómic adulto americano: la autopsia del número 21, el choque con el Comics Code, American Gothic, la filosofía y la política que hay dentro, lo que ha dicho la universidad y lo que vino después.

Hacia la mitad del número 21 de The Saga of the Swamp Thing, un botánico llamado Jason Woodrue abre un cadáver y encuentra un corazón que no ha bombeado nunca nada.
El cadáver es el de La Cosa del Pantano. Lo han acribillado en el número anterior y lo guardan en frío en un laboratorio privado de Washington, y a Woodrue, que es medio planta y bastante más que medio loco, le pagan para que averigüe cómo funcionaba aquello. Lo que encuentra no tiene sentido. Hay corazón, cerebro, hígado y riñones, todo de materia vegetal, y ninguno de esos órganos ha podido servir jamás para nada. Son copias: lo que construiría una planta que se esforzase mucho en recordar cómo es un hombre por dentro.
A partir de ahí deduce el resto. Alec Holland, el científico que en 1971 saltó por los aires en su laboratorio y se arrastró ardiendo y empapado de su propia fórmula hasta un pantano de Luisiana, no se convirtió en un monstruo. Murió. Las plantas del pantano absorbieron la fórmula y sus restos, y con ellos sus recuerdos, y de todo eso creció una criatura convencida de ser Alec Holland. Durante once años de tebeos, La Cosa del Pantano había estado llorando una humanidad que nunca tuvo.
El número tiene veintitrés páginas, salió a finales de 1983 con fecha de portada de febrero de 1984, y es seguramente la autopsia con más consecuencias de la historia del cómic americano. Este artículo va de ese número y de los cuarenta y tantos que vinieron detrás, los que escribió Alan Moore entre 1984 y 1987 con un equipo de dibujantes fuera de lo normal. Va también de lo que aquellos tebeos le hicieron a la industria, al propio Moore y a la gente que lleva cuarenta años escribiendo sobre ellos en revistas académicas, que es bastante más gente de la que uno esperaría tratándose de un tebeo de monstruos.
Aviso de que es largo, y de que esta vez el tono es otro. La etapa se ha leído como ecología, como teología, como filosofía de la mente, como teoría queer y como historia de Estados Unidos, y algunas de esas lecturas son lo bastante buenas como para que dejarlas fuera fuese hacerle un flaco favor al lector.
Antes de Moore: un monstruo del pantano entre muchos
La Cosa del Pantano no fue una idea original, y nadie de los que la crearon lo pretendió nunca.
El cadáver vegetal que camina existía desde 1942, cuando la editorial Hillman sacó en Air Fighters Comics a The Heap, un piloto alemán estrellado en un pantano de Polonia que volvía convertido en un montón de hojarasca. En 1971 la idea flotaba tanto en el ambiente que dos editoriales la usaron con dos meses de diferencia. El Hombre Cosa de Marvel apareció en Savage Tales 1, con fecha de mayo, creado por Stan Lee, Roy Thomas, Gerry Conway y Gray Morrow. La Cosa del Pantano de DC salió en House of Secrets 92, con fecha de julio, en una historia de ocho páginas de Len Wein y Bernie Wrightson. La coincidencia tiene una explicación doméstica mejor que cualquier teoría de la conspiración: Conway y Wein compartían piso.

El cadáver es el de La Cosa del Pantano. Lo han acribillado en el número anterior y lo guardan en frío en un laboratorio privado de Washington, y a Woodrue, que es medio planta y bastante más que medio loco, le pagan para que averigüe cómo funcionaba aquello. Lo que encuentra no tiene sentido. Hay corazón, cerebro, hígado y riñones, todo de materia vegetal, y ninguno de esos órganos ha podido servir jamás para nada. Son copias: lo que construiría una planta que se esforzase mucho en recordar cómo es un hombre por dentro.
A partir de ahí deduce el resto. Alec Holland, el científico que en 1971 saltó por los aires en su laboratorio y se arrastró ardiendo y empapado de su propia fórmula hasta un pantano de Luisiana, no se convirtió en un monstruo. Murió. Las plantas del pantano absorbieron la fórmula y sus restos, y con ellos sus recuerdos, y de todo eso creció una criatura convencida de ser Alec Holland. Durante once años de tebeos, La Cosa del Pantano había estado llorando una humanidad que nunca tuvo.
El número tiene veintitrés páginas, salió a finales de 1983 con fecha de portada de febrero de 1984, y es seguramente la autopsia con más consecuencias de la historia del cómic americano. Este artículo va de ese número y de los cuarenta y tantos que vinieron detrás, los que escribió Alan Moore entre 1984 y 1987 con un equipo de dibujantes fuera de lo normal. Va también de lo que aquellos tebeos le hicieron a la industria, al propio Moore y a la gente que lleva cuarenta años escribiendo sobre ellos en revistas académicas, que es bastante más gente de la que uno esperaría tratándose de un tebeo de monstruos.
Aviso de que es largo, y de que esta vez el tono es otro. La etapa se ha leído como ecología, como teología, como filosofía de la mente, como teoría queer y como historia de Estados Unidos, y algunas de esas lecturas son lo bastante buenas como para que dejarlas fuera fuese hacerle un flaco favor al lector.
Antes de Moore: un monstruo del pantano entre muchos
La Cosa del Pantano no fue una idea original, y nadie de los que la crearon lo pretendió nunca.
El cadáver vegetal que camina existía desde 1942, cuando la editorial Hillman sacó en Air Fighters Comics a The Heap, un piloto alemán estrellado en un pantano de Polonia que volvía convertido en un montón de hojarasca. En 1971 la idea flotaba tanto en el ambiente que dos editoriales la usaron con dos meses de diferencia. El Hombre Cosa de Marvel apareció en Savage Tales 1, con fecha de mayo, creado por Stan Lee, Roy Thomas, Gerry Conway y Gray Morrow. La Cosa del Pantano de DC salió en House of Secrets 92, con fecha de julio, en una historia de ocho páginas de Len Wein y Bernie Wrightson. La coincidencia tiene una explicación doméstica mejor que cualquier teoría de la conspiración: Conway y Wein compartían piso.
