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Esa marca en el cuello

Relatos Dreamers

     Lupe se acostó intranquila, una vez más. Su marido había salido, como la noche anterior, y la otra y la otra... así hasta seis noches antes, cuando apareció con aquella marca en el cuello. Le costaba creerlo, pero las pruebas eran rotundas: una marca en el cuello, salía por las noches y el día se lo pasaba prácticamente durmiendo... No había duda: su marido era un vampiro.Añadir Anotación
     Su marido siempre había sido un holgazán, haciendo trabajitos por aquí y trapicheos por allá para ganarse la vida más mal que bien. De hecho, era ella, Lupe Constanzo, quien aportaba el dinero a la casa para mantener a duras penas a sus dos pequeños retoños. Pero su marido no había sido un gran aficionado a la juerga y la noche. Simplemente era un vago. Antes, por el día apenas hacía nada de provecho pero, al menos, las noches las pasaba en casa. Ahora no. Ahora dormía prácticamente todo el día, y salía por la noche. Lupe tenía miedo de preguntarle a dónde iba.Añadir Anotación
     Y estaba la marca del cuello. La primera vez que Lupe la vio, seis noches antes, pensó que tal vez su marido se había buscado una amiguita pero, tras observarlo detenidamente, desechó esa idea. Su marido era un tipo más bien gordo, más bien feo y más bien guarro, al que Lupe aún no sabía por qué aguantaba (bueno, quizás era que a pesar de todo, estaba enamorada de él), pero que estaba claro que no iba a provocar ningún tipo de atracción sobre otra mujer. Además, si algo bueno tenía su marido, era que la quería con locura. Haría cualquier cosa –excepto, quizás, ponerse a trabajar– por ella. Así que, descartada la idea de la amante, sólo quedaba una posibilidad: su marido era un vampiro. Lupe lo sabía, pero no se atrevía a decírselo. Quizás se enfadara con ella, quizás la matara y le chupara la sangre. No, era mejor guardar silencio.Añadir Anotación
Lupe se acostó, sí, pero no podía dormir. Su cabeza daba vueltas y vueltas. Su marido era un vampiro. Un monstruo. Ella corría peligro. ¡Y sus hijos! No podía dejar que les hiciera daño. No, tenía que detenerle antes de que fuera demasiado tarde. Su marido llegaría dentro de unas horas, antes de despuntar el alba, y ella estaría preparada. Cogió una vieja silla del sótano y le partió una de las patas. Cogió uno de los machetes del sótano y afiló la pata por uno de los extremos, hasta conseguir una perfecta estaca.Añadir Anotación

     Aún era de noche cuando el marido llegó a casa. Apenas había comenzado a asomarse tímidamente el sol por el horizonte cuando notó cómo algo le atravesaba el pecho. Era una estaca de madera, empujada por su propia esposa. El marido cayó al suelo por el impacto, y Lupe se quedó paralizada, sin saber exactamente qué había hecho.Añadir Anotación
     —¿Qué me has hecho, Lupe? –preguntó él, en susurros entrecortados. La estaca sobresalía por su pecho ensangrentado. Le había atravesado el pulmón, rozando por apenas un par de milímetros el corazón.
     —Creo que te he matado –contestó ella, como en shock.
     —¿Por qué? –preguntó él, sintiendo cómo las fuerzas se le iban perdiendo.
     —Porque eres un vampiro –contestó ella, llorando.
     —No soy un vampiro –dijo finalmente él, justo antes de morir.

     Lupe lloró la muerte de su marido durante varios días. En aquel viejo pueblo de México la justicia era autóctona, por así decirlo, y no vino nadie a detener a la pobre viuda, que además tendría que cuidar ella sola de los dos pequeños retoños. Su marido fue enterrado y, a los pocos días, ya nadie hablaba sobre el tema. Pero Lupe siguió dándole vueltas al asunto. Una pequeña duda le estaba corroyendo. Estaba segura de que su marido era un vampiro, a pesar de que él lo hubiera negado en sus últimos instantes. Y estaba segura de que al final no había acertado plenamente en el corazón con la estaca, a pesar de que su marido había muerto. Lo que ella creía era que simplemente había malherido a su marido-vampiro, que ahora estaba recuperándose para volver cualquier día y vengarse de ella.Añadir Anotación
     Un día, al poco de anochecer, alguien llamó a la puerta. Lupe se levantó y fue a abrirla, con el convencimiento de que era su marido. Llevaba días sufriendo y esperando su llegada, y había decidido que lo mejor era no oponer resistencia. Lo que deseaba era que aquel sufrimiento e incertidumbre acabase cuanto antes. Además, quizás su marido se apiadase de ella. Abrió la puerta y al otro lado no estaba su marido, sino un tipo bajito y calvo, que le entregó un sobre. Lupe le reconoció. Era uno de los mafiosos del pueblo, que siempre andaban tramando algo.Añadir Anotación
     —¿Qué es esto? –preguntó ella, y del sobre sacó un fajo de billetes.
     —Su marido estuvo donando su sangre a nuestra organización durante unos días, pero murió antes de que le pagáramos. Somos mafiosos, sí. Somos criminales, sí. Pero honrados. Ese dinero se lo ganó su marido con el sudor de su fre... con su sangre, más correctamente. Creo que es justo que se lo demos a usted, señora.Añadir Anotación
     —¿Do... donante? –preguntó Lupe estupefacta.
     —Sí... Verá, acabamos de introducirnos en el mercado del tráfico de sangre. Ilegal, por supuesto. Y ofrecemos unas pequeñas cantidades de dinero por sangre. Eso sí, tenemos un método un tanto arcaico, y nos vemos obligados a extraer la sangre por el cuello, como si fuéramos vampiros... ¿Se imagina usted? ¡Vampiros! ¿Quién iba a creer en su existencia? Por cierto, que su marido estaba entusiasmado de colaborar con nosotros. Por lo visto, estaba contento de poder aportar un buen dinero a su familia. Y donaba tanta sangre que tardaba toda la noche en reponerse. Una lástima lo de su muerte. Le acompaño en el sentimiento, señora.Añadir Anotación



Igor Rodtem

Rodtem, 23 de Marzo de 2006
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