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Emitida en la AMC, una cadena de televisión pequeña que juega en una liga diferente al de otras grandes como la HBO, la serie creada por Matthew Weiner se está convirtiendo en la revelación de los últimos años. Su retrato de la norteamérica de la década de 1960 no ha dejado indiferente a nadie, mostrándonos sin concesiones los aspectos más sucios de la sociedad de aquella época.
Los personajes -aunque a veces pequen de resultar exagerados y casi caricaturescos- son un prodigio de la construcción y resultan refrendados por un elenco de actores que ya quisiera para sí cualquier director de cualquier película o serie. Pues pocas veces puede encontrarse en un mismo sitio a tanto buen actor por metro cuadrado. La crítica ha llegado a comparar Mad Men con El Ala Oeste de la Casablanca y no andan muy errados los críticos, ya que ambas series comparten numerosas características comunes, como una narrativa pausada que se fundamenta principalmente en los personajes y en unos trabajados y dinámicos diálogos. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre las dos series y es que, mientras que los protagonistas de la serie creada por Aaron Sorkin parecen sacados de cualquier película de Frank Capra y caen bien a todo el mundo; las creaciones de Weiner son, a priori, seres antipáticos que poco tienen de héroes. Y quizá esta sea la razón principal por la cual Mad Men sea una serie poco accesible para un público mayoritario. Eso sí, si uno hace el esfuerzo necesario para verla, seguro que no deja de perderse ni un solo episodio.
Mad Men está de moda y, si es ya hasta parodiada por Los Simpsons, por algo será.
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